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05 de marzo de 2012 |
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Javier Ayestarán Amunarriz |
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Despertar de los trabajadores |
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Cuando intento recordar aquellos años de la Transición me viene al pronto un sentimiento profundo de ilusión, generosidad y pelea, de unos pocos, contra un gigante que daba muestras de debilidad pero tenía muchos tentáculos. La justicia estaba al servicio de ellos, te metían en la cárcel y te sacaban si saber por qué. La iglesia oficial seguía pegada a ellos, mientras los movimientos de base le creaban grandes contradicciones al comprometerse con los mas débiles. Los empresarios vivían tranquilos con un sindicato vertical a su servicio.
Éramos pocos pero hacíamos mucho ruido, se nos notaba, aparentábamos más fuerza de la que nosotros nos creíamos. Estábamos dispuestos a todo, nadie nos pararía. Había una competencia sana entre los múltiples partidos clandestinos para ver quién hacía más por debilitar el régimen franquista. Llamaba la atención la solidaridad de las personas más comprometidas, venidas de un estatus social, más económico e intelectual. Era un altruismo por sacar adelante situaciones económicas de paro que llevaban a la emigración, como fue el caso de Pulpí. En otras ocasiones se trataba de trabajar por los barrios marginales potenciando las Asociaciones de Vecinos: Pescadería, la Colonia de los Angeles, Fuentecica, etc. Barrios como la Chanca, Los Almendros, Piedras Redondas, daban muestras de rebeldía, de formas de compromiso.
Fue el conflicto pesquero del año 1976, lo que hizo abrir los ojos a muchos almerienses cuando se dieron cuenta que un sector unido, un barrio unido, en este caso Pescadería, era capaz de poner en jaque a los poderes políticos (Gobernador Civil), judicial, militar (Comandancia de Marina), eclesiástico (obligando al obispo a dejar sus locales para reunirnos), sindical (sindicato vertical), autoridad laboral, a la prensa del movimiento, a los controladores del orden (policía, grises), a los personajes sostenedores del sistema... La ciudad vivió un aire de cambio, de libertad, de que era posible pensar en otra forma de vida, se podía vencer el miedo, teníamos la razón y una mayoría silenciosa de la sociedad veía con buenos ojos lo que estaba pasando. Esa simpatía que mostraba era la garantía del deseo por ver otra forma de hacer las cosas. No querían definirse pero sus rostros, sus comentarios, lo aclaraban todo. Era una manera de comprometerse sin significarse.
Pronto en el resto de los sectores económicos los trabajadores empezaron a salir a la calle, a reivindicar unas mejoras económicas que hasta el momento se les había negado. La construcción, la empresa de recogidas de basura de la capital, el comercio, la hostelería... darían muestra de que era el momento de reivindicar lo que tantos años atrás no había sido posible. La legalización de los sindicatos en el año 1977 permitió a Comisiones Obreras tener una sede en la Plaza Bendicho, y con ello empezar a coordinar los distintos sectores. Luego vendría la Asamblea de Barcelona y el primer Congreso. Recuerdo a la primera abogada María Luisa Jiménez Burkhardt junto con la colaboración del Juez Joaquín Navarro Esteban y de Pedro Antonio Torres Rollón, asesorando a los trabajadores fuera del Sindicato Vertical. Al poco tiempo reivindicaríamos la Autonomía para Andalucía.
Javier Ayestarán Amunarriz es ex secretario general de Comisiones Obreras de Almería |
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