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05 de marzo de 2012 |
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Miguel Naveros |
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Capuleto, el universo de un pintor |
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Hacía poco que me había quedado a vivir en Almería cuando le hice a Capuleto (Almería, 1929) una entrevista para el periódico poético Alfaix y, fuera ya de micrófono, empezó a hablar a fondo del ambiente artístico almeriense. Era muy crítico, en algunos casos hasta contundente: ¿Te acuerdas de la exposición de Picasso en Nueva York hace unos años? Pues un día me encontré a dos de estos pintorcillos que revolotean por ahí y, cuando les dije que me iba a Nueva York a ver la exposición, me dijeron que ya se notaba que soy rico. Pues se lo dije: me cuesta menos ir a ver esa exposición de lo que vosotros os gastáis en bares en un mes o dos, y me lo demostró con unas pequeñas cuentas que me hizo por encima.
No conocía yo mucho a Capuleto por aquel entonces, apenas un par de encuentros en Madrid y una inolvidable cena en el ático del Hotel Indálico, donde vivía: en los dos encuentros de Madrid me había parecido un hombre cargado de talento que dialogaba con el arte y con el mundo; en el de su ático de Almería se me había mostrado entre cuadro y cuadro que nos fue pasando como un espléndido pintor; y a lo largo de la entrevista de aquella mañana en la que también vimos cuadros me confirmó ambos extremos.
De cuantos artistas he conocido, es Capuleto uno de los que menos habla de sí mismo, o sea, que cuando habla de sí mismo lo hace en relación con el mundo, sin colocar su obra en el ombligo del Universo, y mucho menos del arte. Su conversación sobre el mundo está cargada de novela: el relato realista de aquella España sórdida de su primera juventud, cuando su padre penaba junto al mío en una cárcel por el simple hecho de ser de izquierdas y haber perdido la Guerra Civil; el relato onírico de la Italia a la que fue en 1945 en busca de la prehistoria del arte moderno y de la prehistoria de sus propios ancestros; el relato exuberante de esa América entre andina y caribeña en que la bondad y la maldad alcanzan rango de oceánica simplicidad, extremada pero limpia; el relato esperpéntico de la España que encontró a su vuelta en los sesenta, unida a la modernidad apenas por la cursilería. Y su conversación sobre el arte está cargada de diálogo, y no de autosatisfacción: diálogo embabiado con Cezanne, diálogo tenso con Picasso, diálogo de amores con Matisse, sobre el que siempre hemos coincidido: nadie ha logrado más grados de erotismo que él en esos indignantes por ferozmente sensuales al tiempo que etéreamente delicados collages que sí elevan el azul a los cielos, infinitamente más que los dioses.
Capuleto narrador cuando habla y Capuleto poeta cuando pinta: el perro de aquella esquina oscura llevaba en sus huesos la soledad del pajarillo solitario de Leopardi; la luz de aquella playa de Cabo de Gata, la mirada de Dante ante Beatriz deslumbrando en el Paraíso, y la exacta definición de la luz de Almería, elemento pagano que no sirve principalmente para alumbrar, sino para ser vista. Ante aquel cuadro de Cabo de Gata comprendí que ésa es la característica de la luz almeriense, que cuando está en plenitud se ve más que hace ver.
Es el gran pintor de Almería posterior a Castellón y Parra, universal como éstos porque universalidad no es creer que se ha captado el Universo un imposible, sino intentar que el Universo lo capte a uno.
*Miguel Naveros es periodista y escritor. |
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