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06 de marzo de 2012 |
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Martirio Tesoro |
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Las mujeres en la Transición |
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En la última etapa del franquismo y en los primeros años del cambio hacia un país democrático décadas de los setenta y ochenta a las mujeres nos correspondió y así lo asumimos una doble lucha, un doble compromiso: por una parte, la lucha por las libertades, contra la dictadura, por la amnistía... y, por otra parte, nuestra particular batalla contra la discriminación secular que veníamos padeciendo y a favor de la igualdad de derechos entre hombres y mujeres. Ello tuvo como consecuencia, para muchas de nosotras con conciencia política y decencia ciudadana, que asumiéramos una doble militancia: en los partidos políticos de izquierdas y en las organizaciones feministas. Y así, en la calle, en la universidad o en el trabajo, donde quiera que cada una nos encontráramos, se mezclaron las exigencias de pluralismo, derechos de asociación, reunión o manifestación, elecciones libres o libertad de prensa y expresión con las reivindicaciones que nos eran propias a las mujeres, como legalización del aborto y el divorcio, patria potestad compartida o igualdad de derechos laborales y profesionales.
Y con la misma fuerza, con idéntica contundencia protestamos y solicitamos las mujeres, condenadas desde hacía siglos a ser ciudadanas de segunda categoría, eternas menores de edad, que se nos reconocieran todos nuestros derechos. Era preciso que las leyes (civiles, penales, laborales, mercantiles, etc.) variaran. Que cambiase la legalidad y la realidad también.
Los partidos políticos tradicionales (me refiero a los de izquierdas, por supuesto) tardaron bastante tiempo en hacer suyas nuestras reivindicaciones. Quizá entendían que las prioridades eran otras el restablecimiento de la democracia plena y que una vez que viviésemos en un régimen de libertad sería la ocasión de ocuparse de los derechos de las mujeres.
Las feministas no lo entendíamos así, la democracia no puede ser plena ni reconocida como tal con algo más del 50% de la población sufriendo toda clase de discriminaciones por el simple hecho de ser mujeres. Para nosotras era igual de prioritario el poder votar en libertad o afiliarse al partido que cada uno deseara, por ejemplo, que poder acceder en igualdad de condiciones a toda clase de puestos de trabajo, oficios, profesiones o cargos. O como el derecho a tener presencia real en las listas electorales para ayuntamientos, parlamentos autonómicos o cortes generales.
En Almería, mediada la década de los setenta, un grupo de mujeres heterogéneo provenientes de partidos políticos, de movimientos ciudadanos o sindicales, otras independientes, pero todas con el mismo afán de conseguir todos nuestros derechos, nos empezamos a reunir, a darle forma a nuestras reivindicaciones y a salir a la calle: charlas, pintadas, escritos a la Administración, presencia en los medios de comunicación, participación en mesas redondas, etc. Cualquier forma era buena. El nombre de esa asociación feminista de Almería fue Asociación para la Promoción de la Mujer. Elaboramos documentos minuciosamente debatidos en nuestro seno y nuestro propósito era salir a la calle, que se nos conociera, que se oyera nuestra voz, que cada vez más gente tomara conciencia de la situación legal, social, familiar y laboral tan injusta que padecíamos las mujeres.
Cuesta trabajo creer que fuimos legalizadas e inscritas como Asociación algo más tarde que el Partido Comunista de España. Nos encontramos con indiferencia, ignorancia, estereotipos, tópicos y desinformación y contra ello también fue nuestro trabajo. El primer núcleo lo formamos mujeres provenientes del PT, PC, MC-OIC, PSA, PSOE, USO e independientes.
Y cuando se repasan nuestros documentos produce sorpresa encontrarnos con las exigencias tales como a igual trabajo igual salario o aborto libre y gratuito. Fue largo el camino recorrido, con luces y sombras. Nadie nos ha regalado nada de lo mucho conseguido con esfuerzo y a veces con incomprensión y rechazo. Lo que en un principio era sentido como propio por las minorías y las vanguardias de las mujeres feministas fue calando poco a poco en la sociedad, en sus organizaciones e instituciones.
En las primeras ocasiones que pudimos elegir a nuestros representantes políticos (elecciones del 77, 79 y 82), la presencia de las mujeres en las listas electorales era escasa, casi simbólica. Esa fue también una reivindicación nuestra: no solo el derecho al voto, que como ciudadanos nos correspondía, sino el derecho de participar en pie de igualdad, a estar donde se decidían las cosas, los temas que afectaban a la totalidad de los ciudadanos, ya que la res publica también es un derecho y un deber de las mujeres. Como dice la profesora Cándida Martínez, era preciso que pasáramos del patio a la plaza, es decir, del ámbito privado a lo público. Y del dicho al hecho. Muchas de nosotras, sin abandonar las organizaciones de mujeres, nos incorporamos al quehacer político, formando parte de candidaturas a los ayuntamientos o parlamentos.
En la etapa democrática tuve el honor de ser la primera mujer que ocupa una concejalía en la corporación del 83 del Ayuntamiento de Almería. Y de nuevo doble jornada (en la Asociación de Mujeres y en la Institución Municipal) y doble militancia, en un partido político (PSOE) y en una organización feminista (llamada ya Asamblea de Mujeres). Carecíamos de experiencia pero nos sobraban ganas y voluntad para hacer bien nuestro cometido. Las áreas encomendadas en ese primer momento fueron, mayoritariamente, Cultura, Asuntos Sociales o Juventud. Se tardaron años en asumir Hacienda o Urbanismo, por ejemplo.
Fue el momento de llevar a la práctica lo que tantas veces habíamos dicho: apertura de guarderías, participación vecinal, fiestas populares, atención a colectivos desfavorecidos, cultura en los barrios y un sinfin de cosas más. Por primera vez tuvimos una mujer concejala delegada y teniente alcalde. Pusimos las bases para que hoy la ciudadanía vea como normalidad democrática gobiernos paritarios, mujeres presidentes del Tribunal Constitucional o de parlamentos (autonómicos o de la Nación).
La memoria es selectiva, los malos ratos tendemos a olvidarlos, los esfuerzos, las incomprensiones, las críticas, los ataques a nuestras justas reivindicaciones, los intentos de manipulación, tergiversación o incluso de ridiculizaciones pasaron a la papelera de reciclaje. El ejercicio de la política no estaba en nuestros sueños ni en nuestras prioridades, pero sí lo estaba en nuestros derechos, deberes y responsabilidades. Fue una etapa dura, llena de esfuerzos, de abrir caminos, pero el balance ha sido positivo, el sentar unas bases y unos principios que en el 2005 están totalmente asumidos y normalizados pero que a los principios de los ochenta tuvo algo de sueño, algo de aventura, algo de realidad.
*Martirio Tesoro es senadora y concejala socialista. |
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