| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > ARTÍCULOS |
| |
06 de marzo de 2012 |
| |
Andrés Sánchez Picón |
| |
Del furgón de cola a los riesgos de la locomotora |
| |
La mayoría de los almerienses, los de mediana y avanzada edad, que por el perfil de la pirámide demográfica somos mayoría, nacimos y crecimos en una tierra que era la quintaesencia del atraso y de la marginación. Los más jóvenes, nacidos después de la muerte de Franco, crecen y maduran, por el contrario, en un entorno social donde se ha producido uno de los más fulgurantes éxitos de la economía española del último tercio del siglo XX: el milagro económico almeriense. Los datos macroeconómicos al respecto ofrecen unos resultados que no cabe por menos que calificar de espectaculares.
El gran salto adelante. El progreso de la convergencia de la economía almeriense con los promedios español y europeo resulta incontestable y se ha acelerado en la última década. Comencemos, sin embargo, muy atrás, en los años en que la provincia permanecía hundida en el pozo del subdesarrollo. Las estimaciones más antiguas, que acaba de presentarnos Julio Alcaide, sitúan el Producto Interior Bruto (PIB) por habitante de la provincia de Almería en los tiempos de la proclamación de la II República, hacia 1931, en torno al 48% de la media nacional. En una España en la que todavía faltaban décadas para que se asentase la modernización y el progreso, a pesar de las dos décadas de fuerte crecimiento económico con las que había comenzado el siglo XX, los almerienses de la época, unos 350.000, sobrevivían con menos de la mitad de la escuálida renta de que disponía cada habitante del Estado español. Los más pobres de un país de pobres eran, sin duda alguna, los habitantes de la provincia de Almería: la última de las 50 provincias en el indicador señalado, a bastante distancia incluso del resto de las andaluzas que en algunos casos llegaban a exhibir porcentajes del 93%, como Cádiz, u otros que superaban la media española como el de Sevilla, con un 111%.
El nuevo régimen político republicano llegaba en un momento con perspectivas sombrías para las economías española y mundial después del desplome de la Bolsa neoyorquina en octubre de 1929, pero en el caso de la provincia almeriense las malas noticias no hacían más que acentuar el panorama de catástrofe que se había empezado a dibujar en los años de la Primera Guerra Mundial. En efecto, la década de 1920 ostenta el dudoso honor de haber sido la testigo de la más intensa emigración de almerienses hacia Cataluña y Argentina, de tal modo que los censos registran un retroceso en las cifras de la población provincial de casi 50.000 efectivos entre 1910 y 1930. Además, este extraordinario latigazo emigratorio resalta poderosamente en el panorama andaluz del momento, en donde cabe anotar un periodo de fuerte crecimiento económico e incluso demográfico. Son los años del derrumbe de un modelo de crecimiento económico que hundía sus raíces en la primera mitad del siglo XIX. Un crecimiento basado en las exportaciones de materias primas minerales y productos agrícolas de no muy elevado valor añadido.
Desaparecida la minería del plomo, apagadas las fundiciones, propiedad en su mayor parte, como las minas, de sociedades montadas por la burguesía local, la minería del hierro en manos foráneas había dominado el panorama extractivo provincial a partir de 1890. A la vez, se vivió el apogeo de la exportación de uva de embarque, un fruto obtenido de los parrales cultivados con esmero en diferentes comarcas de la provincia por unos 8.000 agricultores. El hierro y la uva, responsables directa o indirectamente (a través de actividades auxiliares relacionadas con la preparación para la exportación, el transporte o el embarque de estas mercancías) de la mayor parte del empleo en Almería, se dirigían a mercados internacionales, fundamentalmente europeos, donde descollaba el mercado británico. Tras la Primera Guerra Mundial el ciclo expansivo de estos productos de exportación se detuvo e inició un profundo declive. Nuevas zonas productoras de mineral y la aparición de insumos sustitutivos en los altos hornos ingleses, o la aparición de competidores en el comercio internacional de uva, junto con la exacerbación de comportamientos proteccionistas por parte de algunos de los principales clientes (como el mercado norteamericano, cerrado a cal y canto desde 1924 hasta 1934), pusieron de relieve la vulnerabilidad del modelo de desarrollo de base exportadora. La diáspora de los años veinte fue la respuesta a una situación de presión demográfica sobre unas oportunidades de empleo cada vez más precarias, que vio, no obstante, como las opciones de la emigración exterior se restringirían con el estallido de la Depresión de 1929.
Tras la guerra y la posguerra, en los años de la autarquía franquista, la posición de Almería no mejoró: se mantuvo a la cola de las provincias españolas en producto por habitante y cuando estaba a punto de aprobarse el Plan de Estabilización en 1959, apenas suponía el 58% del español. Las inversiones estatales, enfocadas hacia el mantenimiento de una residual minería, de la que es un ejemplo palmario la empresa estatal ADARO que mantuvo hasta los años sesenta en explotación las minas de oro de Rodalquilar, no conseguían acelerar la convergencia con la economía nacional. Así, en los años cincuenta Almería era una especie de Hurdes del sur. Los viajes de Goytisolo por los Campos de Níjar o por la barriada de La Chanca son el testimonio de una conciencia violentada por la profundidad y la injusticia del atraso. A pesar de la relativa mejora experimentada en los años sesenta, que se relaciona con una elevada tasa de crecimiento en la provincia, como reflejo de las que se anotan en toda España en los años del desarrollismo, y que se concreta en Almería en un avance de la convergencia hasta el 71% de 1975, preparando ya la mejora de los primeros años ochenta en los que el producto per cápita almeriense ya se sitúa por encima del promedio andaluz y se mantiene en torno al 75% del español. Un hecho histórico reseñable en los primeros años de la Transición y del que da fe el censo de población de 1981, es que la población de la provincia de Almería por fin supera, 70 años después, la cifra de 380.000 habitantes que ya anotara el censo de 1910. Al comenzar los ochenta se taponan los saldos migratorios negativos y, por primera vez desde la primera mitad del siglo XIX, se manifiestan saldos positivos que, aunque muy modestos, anuncian que una provincia definida históricamente como tierra de emigración, pasaba a ser receptora neta de inmigrantes.
Tras la inversión del signo migratorio, la aceleración de los noventa, en especial en su segunda mitad, resulta espectacular y parece continuarse en los primeros años del siglo XXI. Almería se sitúa, según datos de la Contabilidad Regional, como la primera provincia andaluza en producto y renta por habitante, con un nivel de convergencia que se aproxima al 90% del promedio nacional (mientras que desde otros observatorios se sostiene que en 2002 ya estaba en el 93%). Puede resultar sorprendente para el lector no avisado situar este progreso en un contexto más general. En 2002 el PIB por habitante de Almería era el más elevado de todas las provincias costeras desde Huelva hasta Alicante (ésta incluida, así como la Comunidad murciana), con lo que comenzaba a aproximarse a los niveles de las zonas más avanzadas del arco mediterráneo peninsular (Valencia y Cataluña). El éxito de la convergencia almeriense en el plano nacional es de extraordinario relieve ya que se ha producido acompañando el intenso proceso de desarrollo económico español iniciado en los años sesenta. El superávit de la balanza comercial de Almería actúa como locomotora del resto de Andalucía. Pero además, aparte de la incontestable magnitud de este progreso, una aproximación a sus protagonistas nos depara una sorpresa.
Un modelo original. Tradicionalmente, la imagen de la modernización económica y del desarrollo ha ido unida al triunfo de la industrialización. El cambio estructural en las economías capitalistas avanzadas ha significado la relegación de la agricultura a una posición modesta en su participación en el desarrollo económico. Si el sector primario antes del siglo XIX aportaba las tres cuartas partes de la riqueza y del empleo, ahora contribuye con menos del 5% al valor de la producción de bienes y servicios frente al 30% o el 60% de la industria o los servicios, respectivamente, a la vez que apenas proporciona empleo a menos del 10% de la población activa de esos países. Con esta perspectiva, la estructura económica actual de la provincia de Almería produce una sensación inicial de atraso ya que las aportaciones de la agricultura a la economía provincial y el porcentaje de empleos que ocupa están muy por encima de lo que es propio en las economías desarrolladas. El valor añadido bruto de la producción agraria de Almería equivale a casi la cuarta parte del VAB total, frente al escaso 5 por 100 que supone la aportación del sector agrario a la renta española. Del lado del empleo destaca la distancia que separa a los 11 ocupados en la agricultura de cada 100 empleos en España, de los 28 empleos de cada 100 que genera, de forma directa, el sector en Almería. La recuperación económica de la provincia se ha realizado, en consecuencia, en ausencia de un proceso de industrialización, en el sentido clásico del término, utilizando una vía de crecimiento basada, fundamentalmente, en el impresionante desarrollo de una agricultura comercial, intensiva y de altos rendimientos. Este peso, proporcionalmente mayor, ya nos pone sobre la pista de una de las características destacadas de esta nueva agricultura: su elevado valor añadido, como consecuencia de la incorporación de una tecnología de vanguardia y por el amplio consumo de insumos industriales, muy superior al de las agriculturas tradicionales. Además, este sector productivo demanda un gran número de servicios en los ámbitos de la comercialización (mercados de origen, almacenamiento y confección de las producciones, fabricación de envases, suministros de semillas, fertilizantes, servicios de mantenimiento, transportes, etc.), el crédito y la financiación (red bancaria), aparte del estímulo que ha inducido en el sector de la construcción con el extraordinario desarrollo urbano que ha tenido lugar en los municipios de la provincia, especialmente el Poniente, que han sido el escenario de este milagro agrícola, o sin olvidar, también el despliegue y el crecimiento de las oficinas de las distintas Administraciones Públicas, entre otros efectos indirectos. Todos ellos constituyen economías externas que hacen finalmente responsable al sector agrícola, de una manera directa o indirecta, de alrededor del 40 por 100 del PIB de la provincia.
De hecho, por estas dos características, elevado valor añadido e importantes externalidades, la agricultura intensiva almeriense ha venido a cumplir la misma función modernizadora si por tal se entiende el crecimiento sostenido de la productividad general de una economía que en otras zonas o países ha asumido el desarrollo de las industrias básicas o de bienes de consumo. Asimismo, por algunos de sus rasgos productivos como el carácter forzado de la producción, la dependencia externa del suministro de semillas, las necesidades energéticas y la dotación tecnológica, o la utilización de la tierra como un mero sustrato, entre otros en los cultivos intensivos se está más próximo a un concepto de fábrica agrícola que los aleja de la tradicional crianza de hortalizas, más sujeta a los condicionamientos naturales (calidad y disponibilidad de tierra y simiente, o dotaciones hídricas para riegos de inundación) que era característica de los policultivos de los viejos huertos de las vegas mediterráneas.
No es de extrañarse, pues, que desde distintos órganos e instituciones se haya solicitado de la Administración el que se facilite toda una logística de infraestructuras para las zonas de agricultura intensiva que debía de concretarse en la mejora de la red de caminos de servicio, en la optimización de la canalización del agua, en el incremento de la calidad del suministro eléctrico, o en la creación de plantas de procesado y tratamiento de los residuos de todo tipo (plásticos y vegetales), y que nos recuerdan, en alguna medida, las dotaciones imprescindibles de los modernos polígonos o polos industriales.
La historia de este éxito económico, que ya va camino del medio siglo, se remonta a los años cincuenta, cuando el Instituto Nacional de Colonización iniciara las primeras inversiones para transformar el amplio erial que se extendía entre la Sierra de Gádor y el Mediterráneo en una nueva zona regable. A pesar de tratarse de un proyecto modesto, en los años sesenta la colonización oficial y privada fue capaz de poner en valor un recurso hasta entonces inexplotado (el agua embalsada en ese pantano subterráneo y natural que es el acuífero del Poniente) mediante el empleo de la moderna tecnología de bombeo. A la llamada colonizadora acudieron centenares de pioneros desde las poblaciones montañosas cercanas de las Alpujarras granadina y almeriense. Junto con emigrantes retornados, estos colonos de los años sesenta y setenta que desertaron de emigrar a las zonas industriales de Barcelona y Europa, constituyeron el embrión de una nueva agricultura de carácter familiar, estructurada en explotaciones de una a dos hectáreas, de las que se obtenían varias cosechas de hortalizas al año, con el concurso casi exclusivo de la propia mano de obra familiar. La otra columna en la que se apoya el éxito económico almeriense es el turismo. Su desarrollo tuvo que esperar a la inauguración del aeropuerto en 1968. Desde entonces, una oferta turística concentrada en unos pocos núcleos (entre los que descollaba el municipio de Roquetas, con las dos terceras partes de las plazas hoteleras a mucha distancia de Mojácar) ha dejado margen para un desarrollo del sector que se está viviendo en los últimos años. La opción de la calidad, apoyada en algunas perlas como la costa de Cabo de Gata-Níjar, preservada por su declaración como Parque Natural, o la existencia de parajes únicos en el interior, debe marcar el camino a seguir. El tercer pilar del desarrollo almeriense, el distrito industrial del mármol en torno a las canteras de Macael, es el ejemplo exitoso de una profunda reordenación del sector auspiciada por la administración en los años ochenta, respondida por un activo y entusiasta empresariado local. Un modelo de desarrollo endógeno que ha dado el salto a la internacionalización. Hace ya más de un cuarto de siglo que se viene hablando de milagro almeriense. Al empezar el siglo XXI podíamos esperar que este modelo empezara a mostrar signos de madurez, una cierta ralentización vegetativa, por ejemplo. Pero al contrario, los datos, testarudos, se empinan, y nos sitúan en una etapa de aceleración sin parangón en la historia almeriense. Casi sin darnos cuenta, se ha sobrepasado el medio millón de habitantes (roza los 570.000 en 2003) y la provincia se encamina firme y rápidamente hacia la siguiente centena de millar. Para situarnos les propongo que reparen en el hecho de que mientras que pasar desde los 300.000 a los 400.000 habitantes costó más de 130 años (desde 1850 a 1980), recorrer el trayecto que va desde los 400.000 a los 500.000, se ha hecho en menos de 20 años. Y el ritmo no para, ya que en apenas 10 años (entre 1991 y 2002), los 100.000 almerienses más que aparecen en los padrones, suponen un incremento del 21%: casi tres veces más que el aumento de las poblaciones andaluza y española en ese periodo que ha oscilado en torno al 8%.
Las transformaciones operadas en el último medio siglo han alterado profundamente el balance demográfico y territorial de la provincia. A los pies de Sierra de Gádor, en la depresión litoral que va desde el río Adra hasta Aguadulce, el mar de plástico (al decir de algunos, una de las pocas obras humanas visibles desde el espacio) está salpicado de poblaciones que albergan ya a más de 150.000 personas. En una franja estrecha de no más de 20 kilómetros de profundidad, junto al litoral, viven hoy 75 de cada 100 almerienses. A principios del siglo XX la población costera era minoritaria, pero ahora, la despoblación del interior, visible en el drástico salto que se da en pocos kilómetros, ha sido expuesta por algunos observadores hasta hace muy poco tiempo como uno de los grandes problemas para el desarrollo equilibrado de la provincia.
Nuevos ricos, nuevos retos. Pero el éxito paga un precio, sobre todo si se produce en un lapso tan corto en términos históricos. El crecimiento impacta sobre el territorio, sobre la estructura social y política, sobre la capacidad de las infraestructuras y, en general, sobre todas aquellas facetas de la realidad económica, social y cultural que se modifican con un tempo más lento, o que corren, como el medio ambiente, el riesgo de la irreversibilidad. No podemos evitar una sensación, mezcla de temor y esperanza, de que el mundo se mueve muy deprisa bajo nuestros pies y a nuestro alrededor. La burbuja inmobiliaria de los primeros años del siglo XXI está alterando, por ejemplo, los senderos de laboriosidad por donde ha transitado la conquista de la prosperidad para muchas familias almerienses.
El atajo del pelotazo especulativo, aparte de tener un efecto deletéreo sobre la iniciativa emprendedora, altera el mercado del suelo y presiona sobre el patrimonio colectivo (natural o cultural) como ya ocurriera en otras ocasiones de la historia almeriense. La presión ha llegado a las zonas del interior, donde ha llegado el frente roturador inmobiliario de la mano de las urgencias de los ayuntamientos y de la demanda del llamado, en flagrante contradicción en sus términos, turismo residencial. Pero sobre todo lo que molesta es que se difunda por ahí esa imagen de una sociedad de nuevos ricos carente todavía del espesor social y cultural imprescindible para dotarse de equipamientos y actitudes colectivas propias de la modernidad. A la vez, se teme la rapidez con la que puede dilapidarse el capital social nacido del impulso de aquel antiguo campesino o agricultor que protagonizara el milagro de la recuperación, educado en una incansable tradición del trabajo duro que exigía la pugna con las limitaciones de un medio físico extremo, pero que supo, al fin, hacer de la necesidad virtud. En febrero de 2000 en uno de los escenarios protagonistas del milagro, esta nueva sociedad se vio sometida a una dura prueba que ha dejado heridas aún sin cicatrizar. La sombra de unos acontecimientos desgraciados cayó sobre los otrora héroes. La gestión de la inmigración se convierte desde entonces en asunto de importancia estratégica para la reproducción del modelo de desarrollo bajo unos mínimos requisitos de calidad social.
Algunas de las claves del conflicto se esconden en su genealogía. Esto nos obliga a volver de nuevo atrás. A principios de los ochenta, en núcleos nuevos o en antiguas aldeas fulminantemente expandidas del antiguo Campo de Dalías (hoy Poniente almeriense) se concentraba una población pionera que desplegaba su extraordinaria capacidad de trabajo, como suele ocurrir en las agriculturas familiares, con un alto grado de autoexplotación. Y ello porque el cultivo forzado, a pesar de incorporar una alto nivel de desarrollo tecnológico, resulta intensivo en mano de obra. Determinadas tareas, como la recolección y la plantación, requieren el empleo abundante de fuerza de trabajo, que hasta los años ochenta fue aportada por el núcleo familiar más o menos amplio, con el recurso a determinados sistemas (tornapeón) de origen alpujarreño. Sin embargo, conforme pasó el tiempo y se aproximaba la última década del siglo XX, la situación del mercado de trabajo cambió. Los hijos de los pioneros comenzaron a trabajar fuera del invernadero, muchos en el complejo agroindustrial y de servicios auxiliares y financieros surgido alrededor; mientras que la escolarización a todos los niveles (con una proporción creciente de universitarios) alejaba a otros miembros del grupo familiar del invernadero. Además, desde la entrada en la Comunidad europea, las bonancibles perspectivas del mercado, junto con el intento de contrarrestar el estancamiento de los rendimientos con la ampliación de las superficies invernadas, habían hecho que empezaran a darse la mano dos nuevas situaciones: una disponibilidad menor de la mano de obra familiar, de un lado, y un incremento del tamaño medio de las explotaciones (por encima de las 3 hectáreas), de otro.
En estas circunstancias se produce la llegada de los primeros inmigrantes a la comarca del Poniente, bien avanzada la década de los ochenta. Desde entonces el crecimiento de las cifras estimadas para un flujo que no conocemos con precisión, ha sido explosivo: en 1988 se calculaba que vivían en la zona unos 1.000 extranjeros; en 1993 la cifra había subido hasta unos 3.000, en 1998 se han computado unos 15.000 y ahora las cifras deben de superar los 25.000. Si los legales se triplicaron al principio cada cinco años, no se sabe qué decir respecto al ritmo de crecimiento de los sin papeles. Alguna estimación adjudica a la comarca una cifra similar a la de los registrados. Para retener un mínimo orden de magnitud de lo que supone esto, hay que detenerse en el dato de que esa cifra equivale a más del 25% de la población total de la zona (unos 150.000): a una distancia estratosférica de los porcentajes de población inmi grante que presentan las cifras españolas (se evalúa en un 1,6% el número de extracomunitarios que viven en el país). Imaginen por un momento, que en los últimos cinco o diez años, se hubiera producido a escala española una avalancha como la del Poniente almeriense.
¿Cómo se las arreglaría el país con un 25% de inmigrantes más de 10 millones de personas arribados en un lapso temporal tan corto? ¿Qué grado de madurez social y política, qué nivel de desarrollo de nuestras infraestructuras sociales, qué cultura cívica haría falta para absorber un choque de esa magnitud? Pero la gigantesca magnitud del envite no debe exonerarnos del cumplimiento del compromiso que tienen esta comunidad y sus líderes en el buen manejo del tema migratorio. Si Almería no quiere permanecer condenada a ser un mero trampolín para los que tratan de encontrar un futuro mejor dentro de Europa, se deben crear las condiciones para que el proyecto migratorio de los que vienen convierta a esta tierra en estación de destino y no en mera estación de paso. La integración, la seguridad y la justicia, en primer lugar, nos van en ello.
Andrés Sánchez Picón es profesor titular de Historia Económica de la Universidad de Almería |
| |
|
|
|
|