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06 de marzo de 2012 |
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Pedro Manuel de la Cruz |
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El gobernador del cambio |
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Oye, ¿tú que opinas de Carlos Sanjuán? Que si me pide que abra la puerta y me tire, no lo dudo ni un segundo. La respuesta de Tomás Azorín Muñoz, entonces gobernador civil, a su compañero de asiento tuvo lugar en los primeros ochenta y se desarrolló a más de nueve mil metros de altitud en el avión que hacía el trayecto Madrid-Almería. Fue toda una definición. Tomás Azorín Tomás para los amigos, Azorín para los adversarios ha sido uno de los políticos con más influencia en la política almeriense durante los últimos 25 años.
Dotado de una férrea autodisciplina, sólo sucumbió al vicio del tabaco y a las pasiones de obedecer y mandar. Pero como toda regla tiene su excepción, hasta en estas pasiones supo romper su propia trayectoria. Un día decidió dejar de fumar uno sólo uno de los más de sesenta Ducados diarios con que consumía su ansiedad y, como fue capaz de hacerlo, se puso el reto de no fumar tampoco el cigarrillo siguiente; lo consiguió y utilizó la misma estrategia durante horas. Al llegar la noche se dio cuenta de que había sido capaz de no haber fumado durante todo el día y fue entonces cuando se dijo: Si no he fumado ni un solo cigarro en todo el día, por qué no voy a ser capaz de dejarlo. Y hasta el día. Desde entonces no ha vuelto a encender un solo cigarro. Mucho antes, mientras habitaba aislado por la hostilidad sevillana en la residencia oficial de la Plaza de España, llegó a la conclusión de que las actividades de Juan Guerra traspasaban los límites de lo fraternalmente tolerable para adentrarse en lo jurídicamente dudoso y abandonarse a lo éticamente insoportable. Lo dudó. Hubo noches en los que el sueño fue derrotado por la ansiedad de la incertidumbre, pero al final cuentan quienes mejor conocen aquella época trasladó su opinión al entonces vicepresidente Alfonso Guerra. Quizá fue el destino o a la caducidad de los cargos políticos pero, a los pocos meses, cesaba como delegado del Gobierno en Andalucía y regresaba a Almería para ser candidato a la presidencia de la Diputación.
Durante más de diez años Tomás Azorín ejerció un poder casi omnímodo en la provincia. Nada escapó a su control. Escudriñó cada uno de los rincones de la provincia, sometió diariamente a cada uno de los dirigentes altos o medios de su partido al filtro de la lealtad y estudió hasta la obsesión las necesidades de agua y carreteras que laceraban una geografía provincial marcada por el olvido más insultante. Dotado de una voluntad de trabajo incontestable, leyó todos y cada uno de los informes que llegaron a su mesa y atendió a todos y cada uno de los militantes que le solicitaron una entrevista. El tiempo no existía. El cansancio tampoco. Durante las interminables horas que tuvo que soportar las conversaciones domésticas de militantes sólo en algunas situaciones extremas cedió a la tentación de coger a su interlocutor del brazo y cambiarlo de posición situándolo a su derecha. Entonces respiraba aliviado. Una incipiente sordera la impedía escuchar y le permitía una cierta abstracción. |
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