| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > ARTÍCULOS |
| |
06 de marzo de 2012 |
| |
Antonio Checa |
| |
La transformación agraria almeriense |
| |
Los atlas económicos, las sofisticadas vistas aéreas desde satélites insisten en que pocos paisajes del mundo se han transformado más profundamente en el último cuarto del siglo XX que los del poniente almeriense, allí donde sólo existía secano improductivo o cultivos, como el almendro, de muy baja rentabilidad, surge una cultura agraria intensiva que ha sido luego la admiración del mundo y que en muchos aspectos supera a la antaño tan citada del desierto israelí. Una transformación con capacidad de arrastre y que convierte a la provincia tradicionalmente con menor renta de Andalucía y aún de España, en la más próspera cuando se inicia el siglo XXI. Hay unos años claves en esa transformación, y vienen a coincidir con los años de la Transición política en España. Durante casi dos siglos, Almería vive una tras otra diversas experiencias de transformación económica en distintas comarcas, siempre insuficientes y temporales, a la ilusión de la minería en la segunda XIX en torno sobre todo a Sierra Almagrera, sucederán otras esperanzas fallidas, como la uva en la la Alpujarra almeriense en las primeras décadas del siglo XX hasta llegar en los años sesenta del pasado siglo con el horizonte de convertir Almería en el Hollywood de España, lo que evidentemente no interesa ni en Madrid ni Barcelona, donde ya está asentada la industria cinematográfica española. La consecuencia de esos fracasos es lógica, la primera provincia emigrante de Andalucía en la edad contemporánea, lo mismo a Argelia que a Cataluña, la provincia del esparto y la agricultura de subsistencia, lejana y aislada. Todo comienza a cambiar muy a finales de los años sesenta del pasado siglo, cuando se introducen en el Campo de Dalías lo que entonces se llaman cultivos enarenados. Ahora sí va a consolidarse un proceso de renovación económica en la provincia. Solo en 1981, en plena Transición, la población almeriense supera por fin la de principios de siglo. Hoy es superior a la de cualquier otro momento histórico. En vísperas de la revolución agraria, a mediados de los sesenta, la renta almeriense es la mitad de la promedio española, a principios de los ochenta, menos de dos décadas después, bordea ya el 75%.
Iniciativa propia. De ese proceso, objetivamente bastante rápido, llaman la atención muchos aspectos, uno desde luego que se trata de una revolución que se inicia y se mantiene durante muchos años sin ayuda o impulso oficial relevante. Tampoco está presente en los primeros lustros el capital foráneo, de otras comunidades o del extranjero. Es, pues, iniciativa del propio agricultor almeriense y realizado con sus propios recursos. Es más, cuando España ingrese en la UE, ya pasada la Transición y consolidado el modelo intensivo, la horticultura almeriense era uno de los sectores que recibía menos ayuda comunitaria, acaso el que menos de todo el panorama agrario español. Se beneficia, eso sí, de la desaparición de barreras arancelarias. Si en 1980, en plena Transición, la exportación sólo representa un 10-12% de la producción, una década después ya bordea el 50 %. Otro aspecto clave es el agua. En la provincia con menor pluviometría de España y de todo el Mediterráneo norte, una provincia prácticamente sin pantanos, surge esa agricultura intensiva, que requiere mucha agua. Se recurre a los acuíferos, en exceso, pero también se desarrolla una tecnología que supone que Almería sea hoy la provincia española que menos agua desperdicia, que mejor aprovecha los recursos hídricos. No obstante, el déficit hídrico es relevante, y lo es el impacto medioambiental
Comercialización. El modelo almeriense aporta además la organización en pocos años un impresionante dispositivo distribuidor propio para facilitar la exportación. Es una agricultura volcada a productos tempranos, a varias cosechas anuales, que no producen, o producen más tardíamente la mayoría de los países centroeuropeos, y que necesita ese un rápido sistema distribuidor. Tiene más mérito incluso si consideramos que estamos ante una provincia muy mal comunicada, tradicionalmente, por ferrocarril y carretera con el resto de España, y obviamente con Centroeuropa. Hoy el agricultor almeriense controla la venta de sus productos, apenas dependen de terceros y conoce perfectamente los pros y contras de los mercados europeos. Hoy la agricultura almeriense es la más internacionalizada de Andalucía y aún de España. Otro aspecto relevante: aunque se habla mucho del individualismo del pequeño agricultor, es patente la rápida organización de los productores, muchos miles, en cooperativas y en alhóndigas, ésta una formula muy sui géneris, pero que se revela bastante útil. Y además son unos productores que continuamente están incorporando novedades tecnológicas. Hay, pues, desde los últimos años del franquismo una revolución económica de Almería paralela a la transformación política. Y un proceso que por sus características derriba muchos tópicos sobre Andalucía, es el trabajo y la iniciativa de los pequeños propietarios agrarios lo que pone en marcha el cambio. Un cambio, además, casi insólito en el panorama español contemporáneo, donde ha sido la industria, o a lo sumo el turismo, el impulsor del cambio. Aquí ha sido el olvidado campo. |
| |
|
|
|
|