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12 de marzo de 2012 |
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Antonio Maldonado Pérez |
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Los tiempos de la Gaceta Universitaria |
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A principios de los años setenta el ambiente estudiantil en Málaga era un semillero de jóvenes con ganas de cambiar las cosas. El lento inicio de una universidad incipiente en Málaga (más que un inicio, fue el parto de la burra) hacía que las movidas estudiantiles fueran menos masivas que las que se producían en Granada o en Sevilla, pero las reivindicaciones existían y sería injusto no reconocer el papel que La Gaceta Universitaria jugó en aquellos momentos en defensa del derecho a la educación, del derecho a una universidad libre y participativa, del derecho al ejercicio de tantas libertades vetadas en el anterior régimen. En aquellos años tuve la suerte de ser el corresponsal en Málaga de La Gaceta con un salario escaso y la mayoría de las veces ausente. Las continuas sanciones de la Dirección General de Prensa del famoso Ministerio de Información y Turismo (véase Fraga Iribarne) provocaban que, desde Miguel Ángel Matute hasta Juan de Dios Mellado, las cuentas estuvieran cuasi permanentemente embargadas. En aquellas frecuentes situaciones la mecánica de cobro era sencilla: recibíamos los paquetes de periódicos en la agencia de transportes, los llevábamos a los quioscos y, con el dinero de la venta, pagábamos la comisión al quiosquero e íbamos cobrando nuestro sueldo. Había quioscos que directamente no querían tener La Gaceta Universitaria para evitarse problemas, otros la aceptaban pero no la exponían, y una exigua minoría la colocaba como un periódico más. Esta situación nos obligaba a hacer octavillas reseñando los artículos que publicábamos y repartirlas por la Facultad de Económicas, por la Escuela de Peritos, Comercio o Magisterio, para que los estudiantes supieran donde podían pedir La Gaceta. La fotocopiadoras aún no se habían inventado, así que utilizaba a veces una multicopista viejísima que tenía mi padre guardada, hasta que mi amigo Alfredo Martinez Robles me prestó una vietnamita que tenía bastante más velocidad y podía hacer hasta veinte copias en un minuto. Había un problema, el despacho de Alfredo era asiduamente visitado por los policías de la Brigada Social por las reuniones del Partido Comunista que montaba Leopoldo del Prado, y pese a la ayuda que algún policía progresista nos prestaba, como Pedro Parrilla, el día menos pensado nos iban a coger a todos a la vez (como más de una vez ocurrió). Había que taladrar los clichés de la multicopista en una máquina distinta de las que había en casa de Alfredo. La solución la encontré en el Gobierno Militar. Sí, leen bien, en el Gobierno Militar, en el malagueño Paseo de la Farola. En aquella época yo hacía la mili en el Gobierno Militar y estaba permanentemente de suboficial de semana (había otros dos sargentos, uno que siempre estaba de baja pero que en realidad trabajaba como representante de muebles de cocina, y otro que vendía enciclopedias junto con un capitán que nunca apareció por allí). Por la noche, cubriéndome las espaldas un cabo furriel buena gente, hacía los clichés y me iba a pegarlos por las paredes de la Facultad, mientras oficialmente dormía en el sótano del Gobierno. Pero leer hoy los artículos que escribíamos hace más de treinta años causa cuanto menos rubor por la ingenuidad de nuestra agresividad. Escribir que toda la mitad sur de España, constituía un inmenso ghetto comparativamente cerrado a la enseñanza superior, o que hacer un plan de enseñanza para los peritos con 25 asignaturas en tres años era una barbaridad, e interpretar esos artículos en La Gaceta como conjuras judeo-masónicas, era la auténtica locura de un régimen que se encerraba en sus propios principios anquilosados para suprimir cualquier atisbo de discrepancia. Aún recuerdo cuando tuve la osadía de defender en La Gaceta las quejas de los estudiantes de económicas ante la ausencia de una facultad mínimamente digna donde poder cursar la carrera. Artículos como Incidentes en Económicas, Derecho: sede vacante o sálvese quien pueda, Vacaciones, sanciones y otras soledades o Quosusquetandem Catilina dieron al traste con un periódico que aportó aires de libertad en unos años que entreveían los últimos coletazos del régimen. El precintado de la sede del periódico en la madrileña calle García de Paredes, el requiso de todos los ejemplares en los almacenes de la imprenta de la calle Padre Damián y el paraguas de legalidad del expediente 33/72 de la Dirección General de Prensa, enterraron La Gaceta Universitaria. Fue hermoso mientras duró.
*Antonio Maldonado Pérez fue alcalde de Mijas y presidente de la Diputación de Málaga. |
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