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12 de marzo de 2012 |
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Juan de Dios Mellado |
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Sofico, el Matesa del turismo |
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Sofico era como el cuento de la lechera y atrajo a miles de inversores. Estalló como una burbuja y se llevó los ahorros de todos ellos. La Costa del Sol se estremeció y tardó años en recuperarse. El caballito de mar, emblema de Sofico, era la imagen más extendida en esta zona turística. En poco tiempo se convirtió en un poderoso imán para quienes buscaban rentabilidad a sus ahorros, en tiempos de galopante inflacción. Los compradores de los pisos, que nunca perdían su propiedad, recibían además un 12% en intereses; una fórmula mágica que atrajo a casi 20.000 inversores, de los que 5.000 eran extranjeros. El escándalo salta a finales de 1974 y Sofico se hunde en pocas semanas, arrastrando el ahorro de miles de inversores. Los problemas económicos de la empresa fueron detectados por los economistas mucho antes, pero algunos directivos consiguieron detener la intervención del Gobierno. Cuando actúa Hacienda ya es tarde y los accionistas quedaron totalmente desprotegidos. Más tarde, en el juicio, los abogados de los afectados demostraron que la crisis de Sofico era ya conocida desde los tiempos de Monreal Luque como ministro de Hacienda, en el año 1972. El presidente Peydró se había rodeado de directivos y personalidades con influencia en los medios oficiales: el general Cabanillas, que fue su vicepresidente; el general Losada, que formó parte del consejo de administración, junto a Luis Nieto Antúnez, Navarro Daunic y otros. Con el crack económico de Sofico se hundía uno de los mitos del desarrollismo de los años sesenta unido al incontrolable crecimiento del turismo. Los aires de grandeza y la promesa de ganancias, con fuertes rendimientos al capital muy a corto plazo habían atraído miles de millones de pesetas, tanto dentro como fuera de España.
Mirar a otro lado. Pero cuando salta el affaire el Gobierno no quiso saber nada. Hacienda, pese a las promesas dadas a los accionistas por el presidente de Sofico, Eugenio Peydró, ni paró el funcionamiento de la empresa ni ayudó a los afectados. El Banco de España miró a otro lado y los bancos y cajas le negaron cualquier tipo de crédito; todos eran conscientes de que la fórmula Sofico había llegado a su final y quien se metiera en ella saldría escaldado. La mejor solución era dejarla morir de forma definitiva. Sin embargo, la fórmula había funcionado en los últimos trece años, había conseguido miles de accionistas en toda Europa, lo que le había convertido en líder del sector turístico. Y para demostrarlo, ahí estaban los edificios con el caballito de mar en las fachadas de la plaza de El Remo, en La Carihuela, en otros puntos de Torremolinos, Benalmádena y Fuengirola. La fórmula era muy sencilla: los accionistas compraban apartamentos que eran gestionados por Sofico, preocupándose del alquiler y abonaba unos intereses de, al menos, el 12% al inversor que, además, conservaba la propiedad del apartamento. Sofico, pues, se convierte en el mayor promotor turístico, controla los precios de alquiler, hace dumping en el mercado y es una máquina de hacer dinero, asegurándose que podía captar cerca de 200 millones de pesetas al mes de nuevos accionistas. A juicio de un directivo, el dinero entraba como un cañón en Sofico, pero no fueron capaces de prever los riesgos en un sector tan incierto y fluctuante como el turismo. Sofico estaba obligado, cuanto menos, a obtener un 20% en todas sus operaciones para así poder pagar tan altos intereses, que, cuando empezaron a verle las orejas al lobo, subieron hasta el 16%. Con el escaso margen que tenía Sofico tenía que pagar las promociones, las intensas campañas de imagen, prensa y publicidad; los agentes comerciales que cobraban sueldos millonarios y el amplio staff de directivos, algunos de ellos para aportar sólo caché, y que vivían con lujos propios de príncipes del petrodólar, amén de las comisiones que habían de pagar a los tours operators para controlar y dominar el mercado emisor. Ante las crecientes dificultades, Eugenio Peydró puso en marcha Sofico Renta para captar nuevos fondos, pero luego se supo que se destinaban a tapar agujeros y a pagar el importante volumen de intereses que se habían devengado. Cuando los rumores de una posible quiebra saltan a la prensa, los directivos de Sofico, Peydró y el general Cabanillas, en octubre de 1974, convocan a los medios de comunicación y hacen balance de las propiedades de la empresa: 5.129 apartamentos, 16.489 camas en zonas turísticas, 100 millones de capital y fondos de reserva de 400 millones. Aunque el balance, en prinicipio, podía garantizar la subsistencia de la compañía, lo cierto es que era poca cosa para afrontar sus compromisos a corto plazo y, sobre todo, porque la banca y las cajas decidieron dejarla caer, según la acusación hecha por Peydró, y ante la negativa del Gobierno a insuflar 600 millones de pesetas. Lo cierto es que aún permanecen en los archivos de Hacienda algunos documentos redactados por los inspectores y en los que se podría demostrar, primero, cómo durante dos años se paralizó la intervención del Gobierno a la espera de un milagro y de los agujeros que nunca llegaron a salir a la luz. Mientras Sofico daba los ultimos coletazos, algunos hombres del presidente Peydró, como Juan Sevillano, huyeron de España con maletines llenos de millones de pesetas. Una historia que dejó a miles de ciudadanos sin sus ahorros, cerca de 2.000 trabajadores en la calle, hundió la imagen turística de España y causó graves perjucios a la Costa del Sol, que tardaría años en recuperarse.
*Juan de Dios Mellado es periodista. |
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