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12 de marzo de 2012 |
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Rafael Contreras Ojeda |
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Transición con olor a inciencso y cera |
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Cuando el 14 de abril de 1973 Monseñor Ramón Buxarrais Ventura fue nombrado obispo de Málaga por el Papa Pablo VI nadie podía sospechar la importancia que tendría para la sociedad malagueña, en particular, y para la andaluza, en general, el talante y la actitud de este obispo. Buxarrais presidió durante 18 años la Iglesia de Málaga, unos años que, según el canónigo Francisco Parrilla, fueron de especiales características al coincidir la recepción del Vaticano II, su progresiva aplicación y la transformación política de España con el cambio de régimen de gobierno. Tuvo que enfrentarse con crisis vocacionales, secularización de sacerdotes y fuertes tensiones sociales, que incluso motivaron la detención gubernativa de algunos sacerdotes.
La Agrupación de Cofradías. En esas fechas, el nuevo presidente de la Agrupación de Cofradías de Semana Santa, José Atencia García, había accedido a este puesto en circunstancias muy especiales. Recorría un nuevo camino que se había iniciado en 1971 con un grupo de cofrades reclamando de la Agrupación un mayor protagonismo de las juntas de gobierno y no sólo de los hermanos mayores como había sucedido hasta el momento, al tiempo que exigían un cambio de los estatutos. La actitud de estos jóvenes conocidos como contestatarios habían conseguido iniciar ese nuevo camino. Por un lado, ponía el punto final a una etapa, por otro, daba paso a una nueva forma de ver y entender el funcionamiento de la Agrupación de Cofradías y de cada una de las hermandades y cofradías de la ciudad. En 1973 no habían llegado sólo las inquietudes de los jóvenes en sus relaciones intercofrades, sino que había una necesidad de búsqueda de autenticidades en el conjunto de los movimientos de la comunidad católica malagueña. Ángel Suquía, predecesor de Buxarrais, ya había puesto el dedo en la llaga cuando llevaba tres años al frente de la Diócesis con el documento titulado Comunicado y Normas del Obispo de la Diócesis sobre Cofradías y procesiones de Semana Santa. Lamentaba que las cofradías se habían quedado prácticamente solas sin la asistencia jerárquica que les era indispensable, es decir, sin el sacerdote, que debía ser el alma de las reuniones, acuerdos y criterios. También buscaban autenticidad desde dentro de la Iglesia pero desde fuera de las cofradías los Misioneros de la Esperanza, conocidos por sus siglas como los MIES, una organización seglar fundada por el padre Ernesto Wilson. Llegaron a procesionar en 1973 una Dolorosa en lo que más que una procesión fue una manifestación con textos evangélicos en pancartas denunciando la falta de autenticidad de las expresiones religiosas tradicionales. Estaba claro que se estaba viendo venir un cambio y que de golpe se quería borrar la mezcla de lo político y de lo religioso que se había hecho a lo largo de mucho tiempo. Pero esta necesidad de cambio chocaba con las contradicciones que se daban en ese momento.
El cambio. No obstante, mientras en 1974 la tendencia de la juventud seguía siendo la búsqueda de autenticidad, las manifestaciones externas de las hermandades malagueñas volvieron a ser motivo de una gran preocupación por parte de la Iglesia, que también estaba viendo venir el cambio y que quería ser cada vez más independiente de cualquier poder. También le preocupaba a la Iglesia con gran olfato por su parte que las expresiones de la religiosidad popular pudieran ser objeto de manipulación por grupos religiosos o sociopolíticos. La muerte de Franco cerró una etapa de la historia de España y las cofradías acusaron la dureza de la incertidumbre. Ahora más que nunca había que dejar bien claro que, a pesar de todas sus vinculaciones políticas anteriores, las hermandades y cofradías eran asociaciones de fieles católicos, fruto de una forma de ver y entender de un pueblo. La jerarquía eclesiástica se encontró con momentos de tensión donde se mezclaban las posiciones políticas con las denuncias a los enormes problemas sociales. En este año, Ramón Buxarrais ya había iniciado su propia transición con su actitud primero hacia la Real Hermandad del Santo Sepulcro, cofradía oficial de la Semana Santa, y hacia el Santísimo Cristo Mutilado, después. En el caso del Santo Sepulcro, el nuevo obispo se planteó a la luz de la nueva orientación litúrgica de la Semana Santa, que resaltaba especialmente el momento de la Resurrección, su presencia en la procesión del Santo Sepulcro. Desde 1974 reforzó pastoralmente con su presencia el paso por las calles de Málaga del Santísimo Cristo Resucitado y dejó de acompañar al Santo Sepulcro. Por otra parte, la tradicional representación real en la hermandad había sido asumida durante el régimen de Franco por la figura del Jefe de Estado, que delegaba siempre en los sucesivos gobernadores civiles o superior autoridad que existiera en la ciudad. También este elemento protocolario sufrió profundos cambios desde 1976, ya que el príncipe Juan Carlos, hermano mayor honorario, siendo ya rey, delegó su representación en el cortejo en los sucesivos gobernadores militares de la plaza.
El mutilado. No es de extrañar tampoco que 1976 fuese el último año en que procesionó el Cristo Mutilado, pues su enorme carga político-religiosa le hacía estar fuera de lugar en una situación donde la separación de la Iglesia y del Estado se propugnaba por doquier y donde la reconciliación y la separación del pasado se hacía cada vez mas necesaria. También fue el último año en que salió en procesión la Soledad de Ávalos, cuya incorporación en el panorama iconográfico había sido tan polémica. El año 1976 fue también muy especial porque, además de figurar el Mutilado en el cartel oficial de la Semana Santa, el pregón de ese año terminó con sorpresa para el mundo cofrade, un pregón que le correspondió pronunciar al periodista Francisco Fadón Huertas y que remató el obispo Buxarrais con la lectura de unas cuartillas fuera de programa. Buxarrais se sentía molesto porque no le dejaban decidir quién debía pronunciar el pregón de cada año, hasta el punto de que el año anterior propuso sin éxito los nombres de dos sacerdotes. De ningún modo quería que el pregonero fuese un político. A Fadón lo aceptó porque, además de su vinculación a Radio Popular, era un reconocido cofrade. El año anterior, la Coordinadora de Pastoral Popular, que aunó firmas de 80 sacerdotes, criticó abiertamente las celebraciones pasionistas calificándolas de masoquismo religioso, pues pensaba que esas expresiones pasionales dejaban al descubierto una patología de nuestra fe, al considerarlas lejanas al camino resurreccional, esencia de la teología cristiana. A estas críticas se sumaron en 1976 distintos grupos de creyentes que bajo denominaciones más o menos ambiguas también lanzaron sus pensamientos, como fue el caso del Manifiesto de Semana Santa de Grupos de Juventud Cristiana Malagueña, en el que se reflexionaba sobre el procesionismo imbricándolo en coordenadas de tipo socioeconómico y religioso. Con la llegada de la democracia y los nuevos tiempos al territorio nacional, los mutilados republicanos intentaron integrarse en el seno de la Cofradía del Cristo que, según ellos, también debía ampararlos. Ante esta denominada iniciativa roja, los gritos de algunos miembros de la junta rectora, sobrepasando al propio Cristo, llegaron hasta el cielo. La situación se complicó por culpa de los ideales políticos contrapuestos y frases como si sale uno de los que cortaron a hachazos la imagen, yo me introduzco bajo el trono se quedaron en el recuerdo y en el ambiente de una primavera de 1977 que estrenaba la democracia, pero que dividía en dos bandos a una hermandad religiosa.
Seña de identidad. Los años finales de los setenta vinieron a confirmar que la Semana Santa era algo que pertenecía al pueblo de Málaga y que además era, sin duda, su mejor seña de identidad. En 1977, aún pendiente la renovación estatutaria y con una difícil situación económica, dimite el presidente Atencia en la Agrupación de Cofradías. Le sucede en el cargo Federico del Alcázar García, hermano mayor de la hermandad de Zamarrilla. Las relaciones con el Obispado siguen atravesando un periodo difícil debido fundamentalmente a la exigencia episcopal de que las cofradías renovasen sus estatutos para adaptarlos a lo dispuesto en las Bases de estatutos de las cofradías de Semana Santa y hermandades de culto y procesión de la diócesis de Málaga que fueron elaboradas por Buxarrais. Entre otras cosas, se prohíbe la ocupación de un cargo político al tiempo que se ocupa uno en una junta de gobierno cofrade. El Viernes Santo de 1978 sale la Archicofradía de los Dolores de San Juan, cambiando formas y modelos de comportamiento, entroncando sin embargo con un estilo andaluz y austero. Al día siguiente, por los alrededores de San Felipe, es la Virgen de las Angustias la que sale y con ella una cofradía, el Descendimiento, echa a andar; en 1979 fue la del Calvario la que inició el deambular penitente por el barrio de la Victoria y ambas, Descendimiento y Calvario, se integran definitivamente en la Agrupación haciendo su itinerario oficial en 1982. El Ecce-Homo comenzó a reorganizarse en el último año de los setenta de la mano del inolvidable Juan Casielles y tras cinco años de andadura logró procesional por primera vez al Cristo de la Humildad en 1984 y dos años más tarde ingresó en la Agrupación. Otro tanto sucede con la Cofradía de la Virgen de los Dolores del Puente, que organizada a partir de 1982 se integró en 1987. Y así sucesivamente.
Las relaciones con el Ayuntamiento sufren profundos cambios. Tras las primeras elecciones municipales, en abril de 1979, la izquierda alcanza la Alcaldía de Málaga y, pese a una amplia tradición anticlerical y antiprocesional a sus espaldas, los nuevos ediles de izquierda actuaron con prudencia. No obstante, dos cambios, más testimoniales que trascendentes, vinieron a marcar distancias con la etapa anterior: durante los años 1980-1982 se suprimió la tradicional subvención municipal a la Agrupación de Cofradías. También la corporación municipal dejó de estar presente en el cortejo procesional del Santo Sepulcro. Pervivió, no obstante, como símbolo de la ciudad el pendón de la misma, portado por el concejal más joven de la corporación y, naturalmente, bajo mazas. El año 1981 trajo una gran sorpresa al mundo cofrade cuando el Gobierno de Leopoldo Calvo Sotelo dio a conocer el calendario festivo para los próximos dos años, del que se excluía el Jueves Santo y se incorporaba el Lunes de Pascua.
La reacción negativa del Gobierno central contrastaba con la respuesta de la Junta de Andalucía que, en reunión celebrada el 30 de noviembre por su Consejo Permanente, acordó declarar festivo el Jueves Santo para toda la región.
*Rafael Contreras Ojeda es periodista |
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