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12 de marzo de 2012 |
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Salvador Pérez Bueno |
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Una oportunidad perdida para Andalucía |
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El Partido Socialista de Andalucía (PSA) nace en 1975, en un congreso celebrado en Málaga. Era la transformación de grupos de compromiso político, socialistas, que desde los años sesenta primero, y bajo la denominación de Alianza Socialista de Andalucía desde 1973, venían luchando contra la dictadura franquista. La decisión de constituirse en partido político se venía posponiendo porque no se sabía qué hacer hasta la proximidad de la llegada de la democracia en España. De esta manera, al constituirse el PSA, éste se adentraba en la lucha por el espacio socialista que más tarde sería ocupado en su totalidad por el PSOE. Junto al carácter socialista de la formación política, sobre el que se ponía el acento y su identificación ideológica, destaca su ámbito exclusivamente regional, y consecuentemente una forma de nacionalismo andaluz como elemento diferenciador del resto de los partidos políticos en Andalucía. Es lo que se ha venido en llamar Andalucismo.
Las primeras elecciones democráticas de 1977 se encargarían de depurar la sopa de siglas de partidos que habían emergidos al final de la dictadura franquista. El espacio socialista era ocupado por el PSOE, formación histórica del socialismo español que, además, había tejido la red de apoyos internacionales del socialismo, sobre todo el europeo. En consonancia con esos apoyos, el PSOE adapta y modera su proyecto político para España a la de sus homólogos de las democracias europeas. La derrota del PSA en esas elecciones hacían evidente, no sólo la inviabilidad de su proyecto socialista radical y rupturista, sino también la inviabilidad de cualquier proyecto socialista al margen del PSOE. Como consecuencia de ello el PSA inicia un proceso de reconversión de su ideario político, en la búsqueda de un espacio político propio y diferenciado del PSOE. Es entonces cuando se pondrá el acento en su carácter andalucista, marginando primero y abandonando después su carácter socialista. El éxito de este planteamiento fue evidente en las siguientes elecciones generales de 1979, al irrumpir el Partido Andalucista en el Parlamento de España con cinco diputados y grupo parlamentario propio. Sin embargo, el nuevo proceso que se iniciaba con tanto éxito no tuvo un desarrollo adecuado y se apagó, quedando reducido prácticamente a la testimonialidad política. Fueron varias las causas que determinaron esa situación, principalmente dos, entre otras. Por un lado, la prolongada conflictividad interna que se inicia después de las primeras elecciones democráticas y que ha durado hasta nuestros días. La transformación que iniciaba el Partido Andalucista no era asumida por gran parte de las bases y cuadros dirigentes de una organización que se reclamaba socialista, más radicalizadas que las de otras formaciones homólogas. De otra parte, la ausencia de un proyecto político para Andalucía concreto, claro, y atrayente. El aislamiento del PA, su falta de articulación internacional, sobre todo europea, la persistente conflictividad interna que bloqueaba el tránsito del proyecto socialista a otro nuevo, han sido factores que han contribuido a esta indefinición. Junto a ello operaciones electorales continuadas unas tras otras, tan efímeras como las campañas electorales, han hecho percibir a la opinión pública andaluza la existencia de un partido ambiguo, plagado de contradicciones, con permanentes disputas internas por el control del mismo y de escasa utilidad práctica para Andalucía. Sin embargo, el PA ha prestado algún que otro servicio importante a Andalucía. El primero sería la recuperación de los símbolos de Andalucía y el reconocimiento de su personalidad política. Tal hecho se extendió al conjunto de los partidos políticos con implantación en Andalucía, tras las elecciones del 1979, como reacción de los mismos ante el éxito del PA, que veían peligroso para sus intereses dejarle esa bandera exclusivamente en sus manos.
El segundo y más importante, sería su contribución a la equiparación constitucional de Andalucía a las nacionalidades históricas. Se superó la discriminación que la Constitución española de 1978 hizo de Andalucía con respecto a Cataluña, País Vasco y Galicia, equiparándolas a todas. Sin embargo, por las razones antes mencionadas, el PA no pudo recoger el fruto de este esfuerzo, y en las primeras elecciones autonómicas de 1982 sólo pudo obtener una representación de tres diputados en el Parlamento andaluz. Con el declinar del PA languidece la autonomía andaluza. La oportunidad de configurar un motor político de la misma se ha esfumado. De las simpatías que despertaba el Partido Andalucista en la década de los setenta, se pasó al rechazo de los ochenta, una tímida y fugaz recuperación de inicio de los noventa y de ahí a la indiferencia actual. Y sin embargo sigue siendo necesaria para el sistema político andaluz una opción andalucista. Con la Transición se dotaba España de unas instituciones para su gobierno en la libertad y, también, de una arquitectura institucional acorde a la nueva realidad social y económica en la que ya se desenvolvía. Se adaptó a los importantes cambios políticos sociales y económicos de su entorno. Por eso en la Transición, entre otros, desaparecieron los partidos políticos que no advirtieron estas nuevas circunstancias. El PA entre ellos no entendió del todo estas nuevas realidades, quizás porque estaba enfrascado en sus luchas intestinas. En cualquier caso le ha costado, si no, casi su desaparición.
*Salvador Pérez Bueno fue secretario general del PSA |
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