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12 de marzo de 2012 |
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José María González Ruiz |
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Entre la angustia y la esperanza* |
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Las lecturas bíblicas de este domingo se debaten entre la luz y las tinieblas, entre la angustia y la esperanza, entre el dolor por la derrota y el entusiasmo por la lucha. En la primera lectura (Crónicas 11, 36, 16-14) se recuerda a los responsables del nacionalismo judío, que precisamente eran sacerdotes, su obstinada actitud negativa ante los avisos duros y tajantes de los profetas. Desgraciadamente, el pequeño pueblo de Israel perdió su propia identidad y se vio convertido en un pueblo deportado a tierra extraña, y sometido a la más degradante esclavitud. Sin embargo, todavía se entrevé la luz de una esperanza y el entusiasmo por una lucha de liberación.
En la segunda lectura (Efes. 2, 4-10) San Pablo recuerda a los efesios que Dios no puede ser el simple producto de la imaginación de una clase dominante que ha pretendido sacrílegamente achicar la imagen divina para que cupiera en sus moldes opresores. No, Dios es anterior a los hombres: Dios es una sorpresa, es un proyecto previo a la construcción de las estructuras sociales. Y, sobre todo, es un Dios que siempre inspira a sus creyentes sentimientos de dignidad propia y de entusiasmo por la liberación. En El Evangelio (Juan 3, 14-21) se nos dice que Cristo vino al mundo no para condenar sino para salvar. Por eso, la Iglesia no debería aparecer a los ojos humanos como una institución de mal agüero, sino como una reserva de esperanza y optimismo.
Partiendo de estos sólidos presupuestos bíblicos, ¿qué de extraño tiene que nuestros templos se vayan convirtiendo en lo que siempre debieron ser: espacios de liberación, de optimismo y esperanza? (A nuestro pueblo andaluz, a pesar de sus inverosímiles reservas de optimismo, se le va acabando lo más elemental de su esperanza y de las razones para vivir. Andalucía tiene hambre y sed. Nuestra provincia de Málaga alberga en su seno una cifra considerable de hombres sin trabajo: y, lo que es peor, sin muchas posibilidades de gritar hacia fuera su indigencia. Se quiere bloquear la difusión de esta triste realidad para que esta bella prostituta del Occidente Capitalista, que es nuestra Costa del Sol, pueda todavía atraer la atención de los señoritos de dentro y de fuera, que a la pobre prostituta apenas le dejan caer desdeñosamente algunas monedas de infamante limosna. De vez en cuando se nos susurra al oído noticias como ésta: Un jornalero en paro desde hace varios meses, de 52 años, salió al campo para ahorcarse en un olivo. Su hijo, maestro nacional, fue quien descubrió el cadáver. La prensa local ni siquiera registró la noticia, probablemente por irrelevante y rutinaria.
Y es que es tanta nuestra humillación, que hasta en las mismas víctimas hay una extraña discriminación: la prensa hace un fabuloso despliegue para informar sobre los avatares del secuestro de un señorito vasco y, sin embargo, silencia constantemente la muerte cotidiana de nuestros hambrientos y sedientos andaluces. Y lo que es peor; cuando alguna vez estos hombres despojados de lo más elemental que es el derecho al trabajo, se lanza a la calle para gritar su desespero, pedir auxilio para su indigencia, son considerados como ciudadanos subversivos. Son castigados, son reprimidos y parece inverosímil son sancionados económicamente.
Nuestros parados tienen que pagar con su propio dinero (que no tienen) la simple búsqueda angustiosa de una solución para esta vital necesidad de sobrevivir. Hermanos: los cristianos debemos recordar la parábola del Juicio Final (Mat. 25, 31-46). Sólo los que hayan servido a Cristo en los hambrientos sedientos, prisioneros, obtendrán la entrada en el Reino de los Cielos. Hoy por hoy no podemos aspirar al Reino de Dios en nuestra provincia de Málaga si no vemos a Cristo en esos 60.000 parados. Nuestra fe, por lo tanto, nos obliga a luchar con ellos y por ellos, aún asumiendo riesgos y compartiendo su triste tragedia.
*Homilía pronunciada por el canónigo José María González Ruiz en la catedral de Málaga el 28 de marzo de 1976. |
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