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12 de marzo de 2012 |
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Juan Antonio Lacomba |
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El sueño de un ideal |
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Al comenzar la Transición, Andalucía presentaba una configuración socioeconómica que era necesario transformar. Así lo entendían los andaluces, entre los que había una conciencia mayoritaria, avalada por los todavía escasos estudios al respecto, de que se encontraba en una situación de subdesarrollo y de subordinación a intereses externos. Ello permitía al escritor Antonio Burgos titular un temprano libro iluminador, de clara vocación divulgativa, que desplegaba una sucinta interpretación histórica, económica, social y antropológica, y, por consiguiente, plantear la cuestión de Andalucía, ¿tercer mundo? (1974). Era todo él, más que un interrogante, una lúcida reflexión sobre una compleja realidad inequívocamente atrasada. Allí escribía: Andalucía sigue siendo la zona más atrasada y menos favorecida del país, por lo que por su atraso, puede representar un caso aparte con respecto al país. Y concluía: El subdesarrollo del Sur está ahí, en sus tierras se cumplen todos los supuestos; incluso por añadidura si no se da una voluntad de diferenciación política, sí cierta predisposición a potenciar lo propio, lo autóctono, llámese cultura, llámese tradición, llámese fonética, llámese atraso mismo, sin otro interés que defenderlo frente a un mundo extraño y, por supuesto, considerado como colonizador. Gracias a este ensayo interpretativo quedaba explicitada y al alcance de todos la teoría del subdesarrollo y la dependencia andaluza.
Reivindicación andaluza. En esta misma perspectiva, en un tono más académico, se posicionaba el duro alegato y crítico análisis que, casi una década antes, en 1965, hacía Alfonso Carlos Comín en su densa obra España del Sur. En ella, tras un minucioso recorrido por los déficits y deficiencias andaluzas, por sus muy graves problemas sociales y económicos, afirmaba: Ha llegado la hora de terminar también con la explicación folclórica de Andalucía y de repudiar la literatura que los bien pensantes han elaborado para tranquilizar sus conciencias, exaltando la gloriosa y profunda adaptación del andaluz a su miseria. Prosiguiendo esta vía analítica, poco después, en 1970, aparecía su más divulgadora Noticia de Andalucía, que pretendía contribuir a una mejor penetración de Andalucía aquí y ahora, considerándola como realidad que nos interpela y nos incita a descubrir lo que pasa realmente en Andalucía. Y aseveraba: Hoy tenemos que enfrentarnos también con la nueva tecnocracia, hija fiel (...) de aquella misma ideología que pretende bajo nuevas formas, con nuevas técnicas desviar la atención de los problemas centrales, orientar los intereses de clase de la nueva hora, asegurar el nuevo triunfo de la clase dominante. A su vez, también en 1965, el profesor Cazorla, en su novedosa y clarividente tesis doctoral (Factores de la estructura socioeconómica de Andalucía Oriental) se enfrentaba con otro problema de la realidad andaluza el de sus desequilibrios y desigualdades internas y ponía de manifiesto la gran diferencia existente entre ambas Andalucías, así como de sus respectivas posiciones con relación a la media nacional. Y concluía: La realidad socio-económica actual de Andalucía Oriental es distinta a la de la zona occidental por la simple razón de que su subdesarrollo es mucho mayor. Estos y otros trabajos daban solvencia científica al subdesarrollo andaluz, destacando al tiempo sus gradaciones interiores, que en no poca medida perduran aún. Desde este escenario tan desfavorable iniciaba Andalucía su Transición democrática y, al poco, su andadura autonómica. Era preciso, por ello, el empeño en construir un nuevo ideal andaluz. En buena medida, se puede decir que se trataba de un cierto retorno a la poética concepción cernudiana de Andalucía: Un sueño que algunos andaluces llevamos dentro.
Ésa del sueño y del ideal era, sin embargo, un vieja cuestión a la que un malagueño de Casares, Blas Infante Pérez (1885-1936), se había enfrentado lúcidamente en su primer libro, Ideal Andaluz (1915), matriz fundamental de sus escritos posteriores. Se refería en él a la postración de la Andalucía de su época, en una España también postrada, y señalaba: Es una aspiración, es un Ideal, para los Andaluces, la Andalucía de alma robusta, fuerte y prepotente, la Andalucía culta, industriosa, feliz, que ha de imponer el encanto de su genio en la realización del Ideal Español; pero la Andalucía debilitada, de alma postrada y expandida, saturada de tristezas, mustia, sin sangre ni calor, la Andalucía a la cual apenas se le encuentra el pulso, como decía Silvela de España, esa Andalucía existe. Su realidad es indudable. En consecuencia, proponía: En esta empresa de afirmar las conciencias de todos para la gran obra que a todos nos aguarda, ponga cada cual su grano de arena, como yo lo pretendo ahora. Así pues, de nuevo Andalucía, en el arranque de la Transición, como sucedió en tiempos anteriores, volvía a encontrarse con sus viejos problemas y en la urgencia de recuperar su pulso, y los andaluces con la obligación de aportar su grano de arena a esta tarea de renacimiento necesario, por lo que era preciso que, otra vez más, se afanasen en recuperar el sueño de un ideal para Andalucía. Pero Blas Infante y su amplia obra, su incansable actividad de movilización sociopolítica para tratar de acabar con el sometimiento de los andaluces y por conseguir devolver a Andalucía su identidad de pueblo su conciencia de tal y su orgullo de serlo, eran entonces prácticamente desconocidas. No obstante, en 1974 y 1975 algunos trabajos irán recuperando, aunque aún sumariamente, la memoria perdida sobre Blas Infante, el significado del andalucismo histórico y su incitante proyecto de un ideal andaluz. Prosiguiendo en esta línea, entre 1976 y 1980 se producen avances sustanciales: de un lado, se reeditan dos libros fundamentales de Blas Infante (Ideal Andaluz, 1976, incompleto; reedición completa en 1982; La verdad sobre el complot de Tablada y El Estado libre de Andalucía, 1979); de otro lado, junto a este reencuentro con el pasado, aparecen estudios sobre Andalucía, su identidad y cultura, y el andalucismo y sus postulados básicos (J. Acosta Sánchez, Andalucía. Reconstrucción de una identidad y lucha contra el centralismo, 1978; Id., Historia y cultura del pueblo andaluz, 1979; J. A. Lacomba, Pequeña burguesía y revolución regional: el despliegue del regionalismo andaluz, Revista de Estudios Regionales, nº1, 1978, pp.65-85), y, además, se publican los primeros esbozos biográficos de Blas Infante (J. L. Ortiz de Lanzagorta, Blas Infante. Vida y muerte de un hombre andaluz, 1979; J. A. Lacomba, Blas Infante. La forja de un ideal andaluz, 1979; E. Iniesta Collaut-Valera, voz Infante Pérez, Blas, en Gran Enciclopedia de Andalucía, t.5, 1979, pp.2045-2071). Por último, en estos años ven también la luz los primeros intentos de acercamiento a una historia de Andalucía, tras el largo silencio desde la lejana obra de J. Guichot (1869) (J. A. Lacomba y otros, Aproximación a la historia de Andalucía, 1979; M. Moreno Alonso, Historia general de Andalucía, 1980; A. Domínguez Ortiz (Dir.), Historia de Andalucía, 8 vols., 1980-81).
Se va de esta manera avanzando en el conocimiento de un pretérito, no muy alejado, en el que los viejos andalucistas se esforzaron por levantar Andalucía y sacarla de su atonía, atraso y subordinación, y, en este proyecto, entendieron que un paso necesario, prioritario, era devolver a los andaluces su conciencia de pueblo. Ellos plantearon los parámetros que debían configurar el ideal andaluz, fijando la concepción de Andalucía como un ideal a construir. Así lo resumía Blas Infante, su máximo teorizador: Su ideal como región de España no puede ser otro que engrandecerse por la virtud de su ideal privativo, como realidad distinta ordenada al progreso de la especie, para hacerle triunfar en el progreso español, y dirigir este progreso (...). Los pueblos, como los individuos, para cumplir el ideal peculiar, derivado de su cualidad o carácter privativo, es decir, de su distinta personalidad necesitan de estas tres condiciones inmediatas: fortaleza de su genio; una sola y gran voluntad que, en éste, inspire sus determinaciones, y libertad para realizar estas determinaciones de su voluntad. Éste fue el programa a llevar a cabo ante el envite con el que, en su momento, se encontraron los viejos andalucistas, y este envite aparecía de nuevo y a él debían atender ahora los andaluces. Volvía, pues, otra vez más, el sueño del Ideal para Andalucía.
Andalucía libre... Quienes al comenzar la Transición democrática, en alguna medida, tomaron el relevo de los postulados andalucistas y asumieron la necesidad de encontrar un nuevo ideal para Andalucía, lo hicieron con una decidida voluntad de cambio. Su pasión en este empeño proporcionaba la esperanza de que el objetivo perseguido era, además de necesario, factible, y que se podría alcanzar una Andalucía diferente, desarrollada, justa, culta y libre. Desarrollo equilibrado, justicia social, cultura generalizada y libertad ciudadana fueron, en consecuencia, los ejes de articulación del nuevo ideal para Andalucía. A ellos se unió poco después, una vez que la Constitución de 1978 fijaba el diseño del Estado Autonómico, la convicción de que la autonomía plena constituía la vía para alcanzar esas metas. En esta perspectiva se comprende la multitudinaria manifestación que irrumpió en las calles de toda Andalucía el 4 de diciembre de 1977, que en Málaga dejó el luctuoso rastro de la muerte por bala del joven J. M. García Caparrós, y que se desarrolló como un acto de unidad política y de voluntad autonómica. Era la voz de un pueblo que pedía ser oído y atendido en su demanda. Ello se confirmaba un año después, en el llamado Pacto de Antequera (o Pacto Autonómico Andaluz, 4 de diciembre de 1978), en donde los partidos acordaron un texto en el que, entre otras cosas, se decía: Primero. Los partidos políticos abajo firmantes se comprometen a impulsar y desarrollar los esfuerzos unitarios encaminados a conseguir para Andalucía, dentro del plazo más breve posible, la Autonomía más eficaz en el marco de la Constitución. (...). Tercero. La Junta de Andalucía exigirá y los partidos políticos apoyarán el más rápido proceso de transferencias de competencias que haga posible, en el marco de la Constitución, una actuación eficaz del gobierno preautonómico para la resolución de cuantos asuntos afecten a los intereses generales del pueblo andaluz. Así quedaba acuñado el eslogan expresivo de cara al futuro: Andalucía, Autonomía. Se pensaba que éste era el camino a emprender para poder superar las condiciones existentes y, mediante ella, levantar una Andalucía mejor, más justa, igualitaria y equilibrada, más democrática y libre, más de todos y para todos. Surgía, de esta forma, una propuesta de nuevo ideal.
Desde estas raíces, desde esta conciencia generalizada, se entiende la lucha de los andaluces por alcanzar la Autonomía plena por el artículo 151 de la Constitución. Se pensaba que ésta constituía la vía de recuperación de Andalucía. Las inquietudes regionalistas y los planteamientos autonomistas venían de antes, lo que se plasmará en 1976 y 1977 en los diferentes anteproyectos de Estatuto para Andalucía redactados por los partidos, mediante los cuales definían las líneas maestras de sus concepciones autonómicas. Había significativas diferencias entre ellos, producto de su distinto entendimiento de la autonomía. Eran expresión de las expectativas autonomistas existentes en Andalucía, que los partidos, cada uno a su manera, trataban de asumir y canalizar cuando aún no existía una Constitución. Una vez promulgada ésta, el proceso se aceleró. Y en 1978 (R.D. Ley de 27 de abril de 1978, BOE de 28 de abril) se aprobaba el régimen preautonómico para Andalucía, arrancando así la Transición andaluza hacia la Autonomía, que debería alcanzarse por la vía del 151.
Fue éste un arduo camino, plagado de enormes dificultades que hubo que ir superando. Para iniciarlo era preciso que todas las diputaciones y las tres cuartas partes de los municipios de cada una de las provincias, que representasen al menos la mayoría del censo electoral de cada una de ellas, aceptasen esta iniciativa en el plazo de seis meses desde el primer acuerdo adoptado al respecto por alguna de las corporaciones, y que luego dicha iniciativa sea ratificada mediante referéndum por el voto afirmativo de la mayoría absoluta de los electores de cada provincia en los términos que establezca una ley orgánica. La historia siguiente es bien conocida y sus hitos cruciales son: el Referéndum autonómico del 28 de febrero de 1980, que, de acuerdo con los votos, políticamente se había ganado, pero jurídicamente por los resultados de Almería se había perdido; el desbloqueo del proceso autonómico mediante la Proposición de ley en este sentido, presentada el 23 de octubre de 1980 por los partidos con implantación política en Andalucía (PSOE, UCD, PCE y PSA-PA); el Referéndum de aprobación del Estatuto de Autonomía, de 20 de octubre de 1981; las elecciones autonómicas, de 23 de mayo de 1982, mediante las que se constituía el primer Parlamento de Andalucía y el consiguiente Gobierno autonómico andaluz, formado en agosto.
La lucha por la autonomía andaluza, empeño máximo de los últimos años de Blas Infante, había concluido. Era el paso previo, e imprescindible, para poder transformar Andalucía, para construir el nuevo sueño de un ideal. Frente a la deprimida realidad de la nacionalidad andaluza, emergía la capacidad de cambiarla. Esa voluntad quedaba constatada en el Estatuto: El Estatuto de Autonomía aspira a hacer realidad los principios de libertad, igualdad y justicia para todos los andaluces, en el marco de igualdad y solidaridad con las demás nacionalidades y regiones de España (art. 1º,2); La Comunidad Autónoma de Andalucía promoverá las condiciones para que la libertad y la igualdad del individuo y de los grupos en que se integran sean reales y efectivas; removerá los obstáculos que impidan o dificulten su plenitud y facilitará la participación de todos los andaluces en la vida política, económica, cultural y social (art. 12º, 1). Se plasmaban estatutariamente los núcleos vertebradores del nuevo ideal para Andalucía. ¿Se habría alcanzado por fin el sueño que tantos andaluces tuvieron?
*Juan Antonio Lacomba es catedrático de la Universidad de Málaga |
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