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12 de marzo de 2012 |
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Rafael Salas Gallego |
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Cuando teníamos la edad cargada de futuro |
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Un sujeto indeterminado, una hora imprecisa, una voz que dice y nadie escucha, una mezcla de sonidos; la sirena de la policía, los gritos de ánimo y los de pánico, las carreras, el miedo de los que no decían nada y lo decían todo con su rostro y su mirada. La mañana nueva de esperanzas nuevas, el sol que iba y venía hasta ocultarse por completo tras una llovizna de diciembre, un concierto de voces en todas direcciones, un vocerío de gente caminando a ninguna parte y en medio de aquel torbellino de pelotas de goma, de botes de humo, de cascos grises y cinturones negros sobre casacas insípidas, estábamos nosotros apuntando en nuestra libreta, que ahora es la del recuerdo del tiempo, aquellas notas de un futuro que con el tiempo se nos haría pluscuamperfecto. Se estaba desatando el huracán de nuestra historia cercana y apenas si nos dábamos cuenta. Entonces parece que éramos felices en la batalla, la nuestra.
Y lo éramos porque sobre todo éramos jóvenes, ese estado transitorio y pasajero que dura tan poco tiempo y que nos acompaña toda la vida como recuerdo. La juventud de mirar en todas direcciones, de ver el suelo y el cielo como algo pasajero que vaticina otro tiempo y otro mundo. No nos equivocábamos. Creo hoy que entonces fuimos una juventud afortunada porque a la inquietud lógica de ese estado, se nos añadía la de la encrucijada histórica e irrepetible que estábamos viviendo. Y más afortunados aún los que vivíamos a pie de trinchera lo que estaba pasando, desde nuestro periodismo de bandera, de vocación y de gloria incandescente.
Las balas que mataron a Caparrós eran las mismas que mataron en Atocha, las mismas que siguen matando a inocentes de cualquier parte de la geografía humana. Eran las balas de la intolerancia y del miedo, del miedo de quien las dispara a la vida, al futuro, al cambio, a la libertad; de aquellos que quieren meter el nueve parabelum en los radios de la rueda de la Historia para detenerla o para que se gire hacia atrás. La bala que mató a Caparrós iba contra todos nosotros en aquella esquina de la Alameda de Colón donde desde la muerte emprendió su carrera la vida de una Andalucía que ansiaba libertad y ser dueña de su propio destino.
Málaga, muy a pesar de los cuatreros del pasado, de los que soñaban con los nuevos paredones, no volvió a estar en llamas. Nadie encendió ninguna antorcha que no fuera la de la luz cegadora de la esperanza por un tiempo nuevo. Nosotros tuvimos la suerte de estar ahí saboreando aquel proyecto común de toda nuestra generación y las que nos acompañaban o la acompañábamos nosotros, da igual. Alguien dijo que la juventud es tener salud y un proyecto. Por aquellos años creo que teníamos la salud y desde luego un proyecto, una gran proyecto de ilusión. Visto hoy fue como un regalo que las próximas generaciones de jóvenes no han tenido. Luchar en la calle, en la redacción del periódico donde había que hacer encajes de bolillo para contar lo que estaba pasando sin que te costara algo más que tu empleo, fue una tarea ingente que ahora se nos antoja como un lujo, un privilegio que no han tenido los que no lo vivieron. No fue una epopeya ni una odisea, solo fue una cuestión de suerte, de estar ahí, justo en el momento de verlo, vivirlo y contarlo. A pesar de los sucesos del 4 de diciembre de 1977, la Transición en Málaga saldó con paz y tolerancia la deuda histórica que tenía por los tiempos del 36 y de la posguerra.
Entonces teníamos la edad cargada de futuro y nuestra historia estaba empezando a cambiar el blanco y negro por el color, ese color de la primavera soñada que mucha de nuestra gente no pudo llegar a tiempo para ver. Teníamos la sensibilidad tan a flor de piel que todo llamaba nuestra atención y nuestra curiosidad. Éramos jóvenes y éramos periodistas en pleno huracán de la Transición histórica que condujo a esta país desde una dictadura a una democracia. Porque hay una memoria de sonidos tan fuerte para el recuerdo como la de perfumes, aquella historia de gritos desgarrados, de ruidos de sables, de silencios, de palabras llenas de esperanza siguen sonando en nuestros oídos como aquellos días. Nuestros cinco sentidos fueron las puertas por las que entraron aquellas sensaciones de la Málaga del cambio, de aquella primavera en diciembre.
Un olor o un hedor, un sonido o un ruido, una caricia o un guantazo, una mirada de amor o de odio, un buen vino o un veneno. Vivirlo y sentirlo para contarlo. Ése fue nuestro regalo.
*Rafael Salas Gallego es periodista |
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