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12 de marzo de 2012 |
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Gonzalo Fausto |
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De la ciudad del paraiso al caos |
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En pocos e inesperados minutos, la luz radiante y alegre característica de la ciudad de Málaga, se tornó negra. Una tromba de agua se adueñó de la ciudad. El frente lluvioso, que procedía de los Montes, era como un frente de guerra sin barricadas, pero con mucho barro. Los rostros de los malacitanos con los que me cruzaba eran tristes y presagiaban confusión, desbarajuste y desorden.
Era, recuerdo, un viernes día 10 de noviembre de 1978. Todo comenzó a las cinco de la madrugada. Les sorprendió a los malagueños en plácido sueño, sueño que se convertiría en trágica pesadilla, real y auténtica. Málaga quedó paralizada. Aquella cortina de agua nos impedía ver el perfil de nuestra catedral. A las siete de la tarde se habían medido 140 litros por metro cuadrado de un agua embarrada que todo lo anegaba. Arreciaba el aguacero. Los malagueños, calados hasta los huesos. Un horizonte urbano de paraguas y unas siluetas fantasmales envueltas en impermeables. La ventolera de aquel diluvio arrasó con los paraguas, que rodaban por las esquinas rotos e inservibles. Relámpagos y truenos presagiaban riadas, desbordamientos e impresionantes crecidas.
Y es que Málaga nació, creció, vivió y está hecha para que reine sólo el sol. Málaga de cielos azules, intensos y despejados. No estamos preparados para lluvias desencadenadas. Todo hay que decirlo: en España no se suele invertir en infraestructuras. Por el contrario, resulta más rentable gastar grandes partidas de los presupuestos en obras sobre la tierra, a la vista de todos. Los fuegos artificiales, las ferias, los jardines, el jolgorio, canalizan las papeletas hacia las urnas de los comicios. Las inundaciones son molestas e indeseables. Llegan de repente. Irrumpen y conmueven la cotidianidad alegre y confiada de los pueblos.
Aquellas espantosas precipitaciones parecían no tener fin. A las siete de la tarde se originaron los primeros apagones del tendido eléctrico tanto de las viviendas como del alumbrado público. La Compañía Sevillana de Electricidad se declaró impotente para poder atender a la cantidad de llamadas de emergencia que bloqueaban las centrales telefónicas. Oscuridad fantasmagórica. Silencio solo roto por las sirenas de los vehículos de bomberos, policías y ambulancias. Las aguas abrazaban las cinturas de los malagueños que osaban lanzarse a las calles. Cerraron todos los centros de enseñanza y nadie pudo acudir a sus lugares de trabajos. Málaga paralizada.
Las fuerzas de la naturaleza desencadenadas nos hacen ver lo poco, lo mínimo, que es el hombre. Increíblemente el vendaval, las inundaciones, eran como barreras que nos aprisionaban. Una inmensa laguna inundó la Carretera de Cádiz, Campanillas, Cártama, Ciudad Jardín y todo el casco urbano. Todo falto de una infraestructura capaz de absorber los torrentes de agua embarrada. Paradójicamente, lo primero que se inundaron fueron los bajos del parque de bomberos, policía, Hospital Civil y Carlos Haya. Nunca Málaga ha olido tanto a tierra mojada. Los canalones de las casas vomitaban chorros de agua. Parecía que jamás iba a escampar. El severo temporal unió la noche con el día siguiente. ¡Qué noche más larga! El tremendo temporal de 1978, que estamos evocando, sólo fue comparable a la riada de 1907.
Málaga, en aquel triste noviembre de 1978, era como una ciudad fantasmal. Paralizada. En aquélla Málaga proliferaban, por todo el extrarradio, infinidad de chabolas como una corona de espinas del calvario de los ciudadanos pobres. Los menesterosos chabolistas empapados fueron los más damnificados por las inundaciones y corrieron a refugiarse en los templos. Parecía que jamás iba a cesar el continuado aguacero. Pero se cumplió el refrán: Siempre que llueve, escampa. ¡Aleluya! Un niño, rubio, miembro de una humilde familia de chabolistas, extendió su mano por una ventana de la iglesia en que se hallaba acogido y exclamó: Ya no llueve. Ha escampado. Suspiro hondo de satisfacción y una alegría generalizada epilogó la escena. Gracias a Dios no hubo desgracias personales, pero las pérdidas materiales fueron muy cuantiosas.
Al día siguiente, Málaga se enfrentó con la cruda realidad. Unánime petición de todos los estamentos para solicitar la declaración de zona catastrófica. La Junta de Andalucía envió urgentemente a su director general de Urbanismo, Damián Quero Castanys, quien recorrió las zonas azotadas por las inundaciones. El gobernador civil, Rafael Hurtado Ortega, y el alcalde de la ciudad, Luis Merino Bayona, junto a otras primeras autoridades, aunaron sus voces de urgente petición de ayuda. Gobernador y alcalde emprendieron viaje a Madrid para exponer ante el Gobierno la grave situación en que se encontraba Málaga. Luis Merino se entrevistó con el ministro de Obras Públicas, al que le pidió 5.000 millones de pesetas para afrontar las primeras ayudas y dotar a Málaga de las necesarias infraestructuras. Adolfo Suárez, presidente del Gobierno, se interesó por las graves inundaciones acaecidas en Málaga. Inmediatamente se puso en marcha la gran operación de limpieza. Horas y horas de trabajo de todo el personal disponible y muchos voluntarios. Poco a poco Málaga fue recobrando su normal y bello aspecto. Lo malo pronto se olvida. Y salió el sol, como heraldo de que la pesadilla había terminado. Los malagueños, como los caracoles, salieron con el sol. El sol, al que llamó Dante el primer ministro de la Naturaleza, volvió a llenar de vida y alegría a la ciudad de Málaga.
*Gonzalo Fausto es periodista |
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