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12 de marzo de 2012 |
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Enrique Linde Cirujano |
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Inauguramos un nuevo tiempo |
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Pasaron veinticinco años de aquella mañana (la recuerdo cálida y luminosa del mes de abril de 1979 en que se constituyó la primera Diputación democrática, después del largo paréntesis de los cuarenta años del régimen autoritario. Durante este tiempo, los ciudadanos han incorporado al comportamiento cotidiano los hábitos y formalidades democráticos y nada ahora constituye novedad. Elecciones, corporaciones democráticas, partidos políticos, oposición, crítica, debate
son vocablos de uso común, conceptos asumidos con naturalidad, ideas que si bien siguen interesando (y más en estos días en los que parece haber estallado una nueva primavera democrática) han perdido inevitablemente, como los libros ya leídos, el olor a nuevo.
A la vuelta de esos más de 27 años, todo parece los mismo, pero
no es igual. En aquellos días inauguramos un tiempo nuevo, estrenamos nuevas formas, inventamos una nueva liturgia, introdujimos nuevas ideas y nuevas maneras de actuación y comportamiento. El proceso democrático, iniciado con las elecciones del 15 de junio de 1977, se culminaba en la expresión más próxima y cercana a los ciudadanos: las corporaciones locales.
La Diputación era en el régimen anterior un organismo condenado a la grisura de la distancia y el ocultismo, una institución si vida y sin pálpito que era conocida por la mayoría de los malagueños como aquel balcón que nos negó la bandera de Andalucía el 4 de diciembre ce 1977. Era, por tanto, prioritario abrir las puertas y ventanas del Palacio Provincial, contagiarlo de la marea democrática de esos días y encontrar a esencia y raíz de una institución que cuando no era desconocida era denostada. Y descubrimos pronto que el alma y la misión de la Diputación está en los pueblos, en los ciudadanos de los municipios medianos y pequeños y en sus ayuntamientos, donde ningún organismo oficia llegaba, y que necesitaban colaboración técnica, económica, asesoramiento, cultura
Y así intentamos hacerlo, con limitaciones y errores, sin duda, pero con el entusiasmo que daba el ser conscientes de que estábamos inaugurando un tiempo nuevo. Y nuestro humilde esfuerzo fue recompensado con un reconocimiento generoso de ciudadanos y ayuntamientos. Eran tiempos en los que no sólo había interés por la política sino que en viajes, reuniones y actos por los pueblos de la provincia se respiraba la emoción de la política. Y de la mano de esa emoción se recorrieron cuatro años de ebullición y cambios cargados de intensidad. Por eso, cuando tuve que dar el relevo a mi sucesor, el recordado y querido Luis Pagán, sabía que había cubierto una etapa inolvidable e irrepetible. Ahora todo parece los mismo, sin duda es mejor, pero..no es igual.**
*Enrique Linde fue presidente de la Diputación Provincial de Málaga (1979-1983) **Artículo publicado en La Opinión de Málaga el 27-04-2004 |
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