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12 de marzo de 2012 |
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Juan de Dios Mellado |
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Listas de muerte |
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Días antes del tejerazo, en la revista Interviú, se publicaba la lista de veinte malagueños amenazados de muerte, entre ellos, a quien firma este artículo. Y todo ello por ser rojos, masones y delincuentes políticos, según sus promotores, la ultraderecha montaraz. Los minísculos pero activos grupos fascistas se movían en Málaga a sus anchas, hablaban sin recato de paseillos y eran especialmente violentos cuando se enfrentaban, y lo hacían con frecuencia, a quienes desde la izquierda más radical querían terminar con todos los vestigios franquistas.
Los maoistas, militantes del MCR (Movimiento Comunista Revolucionario), la joven guardia roja de Pina López Gay, los troskos y los de la liga (Liga Comunista Revolucionaria) estaban en su punto de mira, y a las juventudes comunistas y las incipientes socialistas, con Paco González. Pero sufrían amenazas quienes tenían el único pecado de ser demócratas y querer la libertad para España. Hoy en día pueden causar risa las amenazas de muerte, pero entonces nadie se lo tomaba a la ligera.
El alférez provisional, Enrique del Pino, era el delegado de prensa y propaganda del Frente Anticomunista Español (FAE), grupo de extrema derecha, que contaba con aguerridos y bien preparados camorristas como José Antonio Asiego, capaz de armar la de Troya y enfrentarse, como él decía, a todo un regimiento de rojos. Asiego y sus muchachos no dudaban en poner firmes a los rojos de mierda, obligarles a levantar la mano en saludo fascista, a cantar el Cara al sol y si era preciso sacaban pistolas, reales o de pacotilla; porras, bates de béisbol, matracas y otros elementos disuasorios. Tan es así que hubo grupos de izquierda, especialmente de la Liga y la Joven Guardia Roja, que montaron comités de vigilancia para poder pegar carteles por las noches sin miedo a ser apaleados. Eso sí, tenían zonas totalmente vedadas como las calles que dan a las espaldas de la Diputación.
La calle Sancha de Lara y el bar de la Hermandad de Alféreces Provisionales era su territorio comanche. Sucedía, a veces, que aguerridos militantes de la Joven Guardia Roja y de las Juventudes socialistas o comunistas les daba por tomarle el pulso (la temperatura fascista, decían) a quienes manejaban de forma virtuosa la cachiporra y se armaba, claro, la marimorena. Y siempre con un final esperado: la policía llegaba tarde y mal. Parte de la policía, en la comisaría central de La Aduana, eran alimentadores reales del espíritu fascista en que se movían estas bandas.
Años aquellos en los que sacar una pistola parecía ser un ejercicio de valientes y se recuerda aún como Enrique del Pino era amante de su pipa y en El perro andaluz, discoteca de gancho en aquellos años, la sacó por un quítame esas pajas-ideológicas. Del Pino, aquella noche, terminó en comisaría. Fascistas que como Carballo, con su parabellum siempre en sobaquera, no dudaban enfrentarse a los militantes de la Liga Comunista y al verse rodeado, disparar al aire y huir. Tenían irremediablemente sus fobias. A Braulio Muriel, senador independiente, le destrozaban, una noche sí y otra también, su tienda en Plaza Uncibay, los atentados a la librería Venus (les molestaba el nombre) y al Mono desnudo, por poner unos ejemplos. Largos atardeceres y peores amaneceres porque entonces no estaba el horno para bollos. La lista con la señal de la cruz en la frente no era una tontería. |
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