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12 de marzo de 2012 |
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Antonio Maldonado Pérez |
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Hay que matar al cura |
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Prometí por mi honor cumplir fielmente con el cargo de alcalde. Se hizo un silencio. Se enterraban años de opresión y dictadura. Mis compañeros socialistas aplaudieron, como el único concejal comunista, los de la UCD se mantuvieron en silencio y los independientes aplaudieron discretamente. Ya era alcalde de Mijas. Había, aún, mucho miedo pese a que el dictador había muerto cuatro años atrás, en 1975. En Mijas, como en otros muchos pueblos, el recuerdo de la represión estaba en carne viva. La campaña había sido muy dura, los grupos fascistas dominaban la noche. Pegábamos carteles y a echar a correr. De aquellos años, algún dentista amigo podría escribir de mi maltratada boca. Estaba a punto de finalizar el acto, ya con el bastón de mando en la mano, cuando el secretario se me acercó y al oído me dijo: Señor alcalde, ahora debemos ir a la Patrona como manda la tradición. Y sin darme tiempo a decir nada, nos pusimos en marcha. Todo un espectáculo. Allí iban los rojos a postrarse ante Virgen. Yo tenía entonces 27 años, una barba poderosa y no pude evitar una mirada incrédula a mis compañeros. Pero lo más bueno estaba por llegar. Ya en la ermita, el secretario, cual maestro de ceremonias, me invitó a entonar la salve. Se hizo un silencio sepulcral, me temblaban hasta los fondillos de mi cuerpo. Y lo peor, es que no me salía nada. ¡Vamos, que la salve de mi niñez se había volatizado!. Y el pueblo esperando. Entonces le dije al secretario: Empiece usted, por favor. El secretario dijo que no; volví a insistir, pero volvió a negarse: Debe ser el alcalde, añadió con voz ronca y profunda. Y, entonces, tuve mi primer acto de autoridad y con voz aún más profunda, llena de energía y que no admitía alternativa alguna, le dije: ¡Señor secretario! ¡Comience usted ahora mismo la salve!. Años más tarde, el secretario me recordó el porqué de su empecinamiento: tampoco él recordaba la salve. Esta anécdota recorrió España entera y la revista Cambio 16 recordaba cómo la ultraderecha, que había corrido la voz de que los rojos del ayuntamiento iban a despeñar a la santa patrona, se la tuvieron que guardar, aunque bien es cierto que la salve no fue terminada porque la verdad es que de rezos sabíamos poco.
Patita de oro. Caí aquella noche rendido en la cama; demasiadas emociones, y cuando el sueño me llegaba una voz se puso a gritar en la calle a las tres de la mañana. Abrí la ventana y vi a un policía municipal bastante alterado. Señor alcalde, baje pronto, muy pronto, el Patita de oro quiere matar al cura. Me restregué los ojos. Mi primera noche de alcalde y ya querían matar al cura. No me llegaba la camisa al cuerpo. Joder, me dije, y ahora qué. El policía tampoco me parecía que podía ayudarme. Mire usted, el Patita está delante de la casa del cura con una pistola en la mano y le grita al cura que si tiene lo que tienen los hombres que salga que lo va a matar.
Explicaré a todo esto que el Patita era un fotógrafo, con un problema en la pierna de ahí el mote que se manejaba con soltura, sobre todo cuando alzaba el codo, algo habitual en él. El cura había decidido no dejarle hacer fotos de bodas, bautizos y primeras comuniones. De ahí a pegarle un tiro, el trecho era poco.
Acompañando al policía me fui a buscar al Patita. Le dije al agente que se quedara en el coche y me acerqué hasta él y, con no poco miedo, le eché el brazo por encima del hombro. ¿Qué te pasa, hombre? le dije, procurando no estar en la línea de tiro. ¡Que tengo que cargarme a este cura maricón que me ha buscado la ruina: yo me lo llevo palante!.
Me di cuenta que era difícil que pudiera razonar dado que podría haberse trasegado todas las bodegas del pueblo, pero aún así recuerdo que lo de Patita de oro tenía su porqué: era capaz de mantenerse en pie teniendo como eje la pierna enferma. Un artista que dominaba los vaivenes como nadie. Mira, ahora vas a despertar a todo el pueblo; venga, te llevo a casa y mañana hablas con el cura, los coges por la sotana y le cantas todo lo que quieras.
Y como si no me hubiera escuchado, blandiendo la pistola, gritó más fuerte: Le voy a pegar dos tiros al cura ese, que es un mariconazo. Y no me voy contigo ni con nadie. Luego añadió encarándose conmigo. Y te voy a decir una cosa, ni tú eres socialista, ni mierda que lo parezca porque lo primero que tenías que haber hecho al ser alcalde, era haberte cargado al cura. Como no había manera de convencerle, me sumé a su corriente. Mira, buscamos un bar abierto. Me tomo cuarenta copas, me pongo a tu nivel y quizás así entienda tu historia y después de tomárnoslas, volvemos aquí y le ajustamos las cuentas al cura. Parece que el argumento de tomarnos unas copas y abrir la historia en canal le gustó, me miró y echo a andar detrás mía, dando tumbos y con la pistola en la mano. Yo me dirigí al policía y le dije que buscara un bar que estuviera abierto. Señor alcalde, a estas horas, ninguno. Joder, llame al que sea; mire si Esteban está despierto y que abra su bar. El entrañable Esteban Moreno Gambero así lo hizo. Aún recuerdo su cara y la de su hermano Paco cuando me vieron llegar con el Patita. Le pregunté a mi acompañante qué había bebido. Cubalibre me dijo. Esteban, por favor, tres cubalibres. El primero cayó de un tirón. Como el patita bebía a sorbitos, ya con mi segundo cubalibre en la mano le dije que parecía que estaba bebiendo tila. Se enfadó: Yo bebo y aguanto más que tú, so desgraciao. Y fueron cayendo un cuba libre trasotro, hasta que el Patita se derrumbó como un fardo. Una historia que, contada veintiséis años después, puede sonar estrafalaria, pero significativa de las muchas que nos sucedieron a unos alcaldes que llegábamos al gobierno municipal henchidos de ilusiones, con la libertad y la democracia en vena, aunque no supiéramos rezar la salve.
*Antonio Maldonado fue alcalde de Mijas en 1979 |
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