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13 de marzo de 2012 |
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Emelina Fernández |
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Los años que vivimos peligrosamente |
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Cuando llegué a Málaga en 1970 tenía veinte años, una hija de meses y mucha ilusión por la vida que comenzaba fuera de Almería, mi ciudad natal. A los pocos meses me vine a vivir a la calle Eugenio Sellés. Era ésta una calle sin asfaltar del barrio de Pedregalejo donde habían construido un bloque de pisos y muchas parejas jóvenes encontramos la oportunidad de empezar a pagar nuestra primera hipoteca. El sentimiento de libertad individual que conlleva la creación del propio núcleo familiar sumado al hecho de haber cambiado de ciudad no coincidía con los momentos sociales por los que atravesaba España.
Esa inquietud personal por la libertad y la justicia me llevaron al conocimiento de las primeras personas que me pusieron en contacto con una ideología que encajaba con mis anhelos vitales. Con Pilar Guerrero, mi vecina, di los primeros pasos en política, primero en el movimiento vecinal, en la asociación de amas de casa. Juntas fuimos a los cursos de formación que impartía el PSOE. Se produjo, además, una coincidencia entre las madres y padres progresistas de Málaga que, compartiendo la necesidad de buscar un espacio de libertad donde se educaran nuestros hijos, hallamos el colegio público Gutiérrez Mata. Allí se encontraron, como ellos mismos dicen, los Sanjuán, los Peral, los Ballesteros, los Asenjo Mota, los García Arboleya, los Camps, Gutiérrez del Álamo, López Luna, Martínez Robles, González Andréu.... y muchos otros. En ese colegio pusimos la esperanza, el esfuerzo y el trabajo de elevar la calidad de la enseñanza pública y de muchas de las reformas que habrían de venir.
Muchas tardes y noches hablábamos de política. Nos preocupaban los últimos acontecimientos de una dictadura que duraba demasiado, nos inquietaba lo que podría pasar en un futuro que no terminábamos de adivinar. Los fusilamientos de los últimos meses de 1975 nos hacían presagiar lo peor. Entre esas zozobras formábamos nuestro pensamiento y nos comprometíamos cada vez más contra la larga dictadura que estábamos sufriendo los españoles. También teníamos miedo. Nos hicieron vivir con miedo, sobre todo, por algunos de nosotros que eran los dirigentes del Partido más conocidos. Y no había otro modo de combatirlo que la amistad, la solidaridad y el compromiso.
Ahora recuerdo una noche, pocos días antes del 20 de noviembre, cuando sonó el timbre de mi casa. Al abrir la puerta y ver las caras de Carlos Sanjuán y Rafael Ballesteros supe que algo grave pasaba. Les habían informado de que la muerte del dictador era inminente y les ordenaron que desaparecieran unos días. Por seguridad no quisieron decirme donde irían, pero me pidieron que escondiera una caja con los documentos del Partido que comprometía a militantes y simpatizantes.
No sabíamos qué podría ocurrir. Lo que teníamos claro era que los tiempos que se avecinaban no iban a ser fáciles, que tras la muerte de Franco se planteaba la difícil tarea de sustituir el régimen dictatorial por un sistema democrático. Comenzaba una Transición política que transcurriría no sólo en las instituciones sino en las vidas de todos y cada uno de los españoles y las españolas. En la mía también.
Es una misión imposible contar en unas líneas lo que sucedió en España y en Málaga en aquellos años, cómo vivimos los acontecimientos violentos del año 1977. El más dramático fue el asalto al despacho laboralista de Madrid, con el resultado de cinco muertos y siete heridos graves. O el 4 de diciembre, cuando el pueblo andaluz hizo la mayor demostración de su deseo de Autonomía plena y la fiesta se tornó en tragedia en Málaga cuando una bala penetró en la espalda y atravesó el pulmón de Manuel José García Caparrós. Y, mucho más, lo que iba madurando y cambiando dentro de cada uno de nosotros y nosotras.
Se formaron las Cortes Constituyentes y se celebraron las elecciones democráticas que nos permitieron votar a muchos de nosotros por primera vez. Fui una de las responsables de la campaña electoral del Senado democrático, un acuerdo de la izquierda para presentar una única lista de consenso donde figuraban García Duarte, Enrique Brickman y Braulio Muriel. Se aprobó la Constitución, elegimos los primeros alcaldes democráticos. En aquéllos tiempos de cambios continuos reivindicábamos derechos que ahora nos parecen sumamente básicos como el divorcio, el aborto, la incorporación de las mujeres a la vida pública, derechos iguales ante la ley, servicios públicos mínimos gratuitos, en fin, una sociedad democrática, justa e igualitaria.
En enero de 1981, Adolfo Suárez presentó su dimisión como presidente del Gobierno y del partido. Como consecuencia, el rey designó a Leopoldo Calvo Sotelo, que debía ser investido por el Congreso. En la primera votación no obtuvo la mayoría necesaria y, cuando se procedía a la segunda, el estupor sobrecogió a todos los diputados y a las pocas diputadas que, sentadas en sus escaños, seguían el debate y a los miles de ciudadanos que lo hacían por la radio o la televisión: un grupo de guardias civiles al mando del Teniente Coronel Tejero, irrumpió en la Cámara pistola en mano y secuestró al gobierno y a todos los diputados presentes. El golpe de Estado fracasó. La democracia estaba definitivamente instaurada en nuestro país. Pero casi todos nosotros aprendimos entonces el enorme valor de nuestra lucha anterior y procuramos mantenerla con más ahínco si cabe. Aquel golpe mostraba que las ideas extremistas y el desprecio a la democracia que soportaron al franquismo tardarían mucho tiempo en desaparecer.
*Emelina Fernández es profesora de la Universidad de Málaga y senadora por el PSOE |
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