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13 de marzo de 2012 |
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José García Pérez |
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18 horas con Tejero |
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Mi padre enriqueció mi infancia contándome batallitas de la incivil guerra española. La verdad, dicho sea de paso, es que me encantaba oír las mil y una historias de los famosos paseíllos. Cuando terminaba de transmitir su herencia ideológica, la de un combativo linotipista de UGT, siempre decía lo mismo: Tú, sobre lo que te cuento, chitón. Por ello, gusto definirme como perteneciente a la generación del silencio. Mi padre murió meses antes de que lo hiciera el general Franco aguardando la llegada de unas nuevas Brigadas Internacionales. Sin embargo, yo había quedado empollado en toda la jerga de checas y ricinos, azules y rojos, y cotejaba la gran diferencia que existía entre lo que mi padre contaba y la doctrina que impartían los Hermanos de la Salle de Melilla, donde por cierto también estudió el golpista Antonio Tejero. Pues bien, estaba empantanado el golpe en el Congreso, cuando apareció un capitán de la Benemérita con una ristra de comunicados de agencias. Entre aquel mar de papeles encontró el bando militar de Miláns del Bosch y nos leyó todo aquello de tanques, supresión de partidos y sindicatos, etc. Fue en aquellos momentos cuando tomé conciencia del lío en que estábamos metidos. Tantos puntos y apartes me recordaron las historias narradas alrededor de una mesa en la que limpiábamos lentejas.
¿Qué estaría pasando en España?, me pregunté. Todos aquellos fantasmas adormecidos en la niñez, tomaron vida. Los vi subiendo escaleras, aporreando puertas, agolpándose en el descansillo, entrando en casa con izar de banderas y gritos de ¡arriba España!, marchitando rosas, cortando hermosas cabelleras. Vi el lustre de sus correajes, el brillo de sus pistolones, muecas de odio en sus rostros. Vi yugos y flechas, oí himnos y exclamaciones al dios de los ejércitos.
Miré a Blas Piñar, impasible el ademán. Tuve ganas de gritar, de levantarme, de ir a la Ciudad del Paraíso, Málaga. Dos lágrimas de impotencia, también de miedo, surcaron mi rostro. Repasé mi pequeña biblioteca. Vi los libros apilados, su holocausto, el crepitar de sus páginas, los subrayados de las mismas. Oí el gemido de los libros prohibidos y fotocopiados en tiempos del franquismo. Di una vuelta por toda España. Percibí el miedo de sus gentes, la publicación de las listas peligrosas. Escuché el pisar de botas negras por calles de nuestros pueblos, el rezo del rosario silencioso y el abrir del baúl donde el viejo campesino guardaba la escopeta de caza. ¿Por qué?, me preguntaba. Ni encontraba ni existía respuesta, pero comprendí, en un instante, toda la teoría de los salvadores y redentores de patrias y mundos. Un ambiente de impotencia marcaba el tiempo que habíamos pasado ante tanta ansia redentora no sé de qué.
El tricornio de Tejero blasfemó de nuevo en el hemiciclo. El teniente coronel posó sus reales su pistola en el centro de la sagrada bóveda democrática. Alzando la voz, comenzó a hablar de la luz y la tiniebla. Relucieron navajas asesinas del Arte. Un gramo de historia relinchó. Unas sillas isabelinas fueron torturadas sin piedad, su sangre amontonada, los hachones preparados. ¡Hay que estar atentos!, gritó el amo. Puse atención. Una silla se resiste. Dos navajas, al unísono, la penetran. Un desgarro de tapiz rojo encarnado claman en mis oídos. Una rancia borra, como intestinos de un pueblo, derrama su drama. A medida que el denso ramaje verde y negro iba diluyéndose, percibía más claramente la tenue luz.
Iba dejando sobre mis propios pasos el peso del odio y del miedo, del grito y del disparo, de la orden y la esclavitud, del secuestro y las cadenas, de la tortura y la redención. Abrí la puerta que da al patio del Congreso y la libertad posó su vuelo de febrero invernal. Un auténtico cielo vino a adentrarse en mí. Descubrí, en ese instante, el gozo infinito de sentirme libre. Todos los tratados que sobre libertad había leído y todas las charlas sobre ella habían quedado obsoletos. La libertad es una vivencia que sólo puede ser comprendida por los que alguna vez han sentido, físicamente, cercenada su humanidad. Lo demás, son teorías.
Un nuevo pasillo se abría ante mí. Cada color y cada persona tenían intensidades distintas. Se había perdido la uniformidad. Los uniformes, con el alcanfor del odio, quedaron en el interior. Una mujer besó mi cara y clamó el aleluya más maravilloso jamás oído y vivido: ¡Viva la libertad! Horas después, España gritó libertad. La vida sigue, pero dejémonos de más historias. O sea.
* José García Pérez fue diputado por UCD |
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