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13 de marzo de 2012 |
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Leopoldo del Prado |
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La noche de los tricornios |
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Ni estaban bien las cosas en España, ni estaban tampoco bien en el PCE de Málaga. Los rumores sobre conspiraciones militares lo llenaban todo y, en Málaga, la posición de los obreristas del PCE movilizar a la gente chocaba con la dirección, cuya postura era la de templar gaitas y ceder en todo.
Aquella tarde del 23 de febrero estaba en la antigua sede de CC OO en Carretería, ya que la mayoría de la dirección provincial del sindicato se alineaba con las tesis que compartíamos en la batalla que los eurocomunistas de entonces estaban dando para liquidarnos de los órganos de dirección, e incluso del partido. Bajábamos a tomar café al bar Cadete, en la calle Postigo de Arance, Antonio Camaño y yo, cuando le dicen que lo llama su mujer. Cuelga el teléfono y me dice: Yeyes me ha dicho que la Guardia Civil ha entrado en el Congreso de los Diputados. Bajamos al café y pudimos comprobar en la televisión que, efectivamente, la Benemérita mantenía tirados en el suelo a punta de fusil a la casi totalidad de los diputados que estaban votando la investidura de Calvo Sotelo (¡lo que le hubiese gustado a su pariente haberlo hecho con las Cortes republicanas!). Subimos al sindicato, tuvimos una reunión, se acordaron las medidas que se estimaban necesarias sin que se recibiese ninguna llamada de la dirección provincial del PCE, a pesar de que en el sindicato había al menos seis miembros del Comité Provincial y a eso de las nueve de la noche me dispuse a acudir a una cita que teníamos los concejales del Consejo de Administración de Mercamálaga con los directivos de Mercasa y el gerente para discutir la posibilidad de que la segunda hiciese un préstamo a la primera. Me llevó mi compañera Emma y nos acompañó Antonio Herrera, entonces responsable del sindicato de Sanidad. La cita era en el restaurante Skorpios, en la subida de Gibralfaro, y cuando llegamos sólo había tres camareros. Mientras esperábamos a ver si llegaba el personal, llamé por teléfono a casa de mis padres para decirles que estaba bien. Llegó el gerente, Juan Denis, llegó Paco Rodríguez, concejal del PSOE, y llegaron los de Mercasa, que venían de Granada. Los camareros nos invitaron a la cerveza y nos dijeron que no estaba la noche para cenas, por lo que decidimos irnos a casa de Juan Denis, ya que según él, persona de orden, nadie iba a buscarnos allí. Intenté volver a hablar con casa de mis padres pero ya no tenía línea. Rafael García Cervantes, entonces el de más peso en el Consejo de Administracíón junto a Pedro Aparicio, no apareció. Con cena improvisada y los hijos de Juan viendo la televisión, por si había novedades, no conseguimos ponernos de acuerdo en el tipo de interés del préstamo, y cuando nos avisaron que el Rey hablaba en la televisión, fuimos a ver de qué iba. Confieso que cuando lo vi de uniforme militar sí que entendí que en el golpe estaban pringados muchos, y que podía ser grave. Pedí a Juan Denis que me llevase al Ayuntamiento, a eso de las dos de la mañana, y allí lo primero de lo que me dí cuenta es de que la mayoría de los municipales de servicio no eran lo que se dice progres. En la alcaldía estaban Pedro Aparicio, Paco Sánchez Paso-Pargas, Curro Flores, creo, y Pedro García Bárcenas. Conseguí avisar a algunos municipales que militaban en el PCE para que se llegaran al Ayuntamiento.
En un coche de la policía municipal, con dos guardias de confianza, sobre las tres de la mañana me di un paseo por Málaga, que estaba absolutamente desierta. No había movimiento fuera de los cuarteles de la Guardia Civil ni de la Policía Nacional, y los de Fuerza Nueva estaban dentro de su sede, en Tejón y Rodríguez. A las cuatro, y cuando decían que los tanques se habían retirado de las calles de Valencia, Ricardo Pérez Casado, su alcalde, le decía a Pedro que tenía uno apuntando a la ventana de su despacho en el Ayuntamiento. Después de la larga noche, me fui a tomar un café al Riviera, que es donde paraban los polis de la secreta, y uno de los de información me preguntó si venía del colegio Cerro Coronado, que al parecer es donde se había metido parte del Comité Provincial del PCE, mientras los militantes acudían a las sedes y las encontraban cerradas. ¡Los únicos que sabían donde estaban los jefes eran los policías!. Si la tarde del 24 de febrero se hubiesen renovado los carnets del PCE y del PSOE entregando los antiguos, probablemente nos hubiéramos quedado en cuadro, sobre todo de dirigentes. ¡Como si no los conocieran! Y en honor a la verdad, muchos amigos de orden intentaron localizarme para ofrecerme un escondrijo, e incluso uno, ya muerto, abogado y ex oficial de la Legión, sabiendo que estaba en las listas, estaba dispuesto a dar un salvoconducto al único comunista a quien, según él, respetaba.
* Leopoldo del Prado fue secretario general del PCE de Málaga |
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