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13 de marzo de 2012 |
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Teresa Santos |
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El peor de los infiernos |
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Málaga, lunes 13 de septiembre de 1982. Era uno de esos calurosos días en los que el viento de levante lo inunda todo de humedad. En el aeropuerto, el trasiego de pasajeros reflejaba cómo la Costa del Sol apuraba la temporada de verano. Entre las operaciones de salida, un avión Mc Donnell Douglas DC 10, de la compañía Spantax, tomaba la pista de salida para despegar en dirección al mar con 381 pasajeros y 13 tripulantes. Era un vuelo chárter entre Málaga y Nueva York. Al frente del aparato, el comandante Juan Pérez Pérez, con 17.000 horas de vuelo en su haber. Pasaban las doce del mediodía. Según su relato, en el momento en el que tenía que iniciar el despegue notó una vibración excesiva desde dentro de la nave. Tuvo la sensación de que algo golpeaba el avión y pensó que se estaba produciendo un fallo de controles. El piloto tomo una decisión rápida y optó por abortar la maniobra de despegue, retener el avión en tierra y tratar de salvar al pasaje. El DC 10 se salió de la pista, cruzó la carretera nacional 340 y según contó un testigo que presenció el accidente desde la base aérea situada junto al aeropuerto, arrolló a una furgoneta y a tres turismos y después de atravesar un almacén, se paró en pleno campo. El lado izquierdo del avión comenzó a arder y se abrieron las puertas de emergencia en el lateral contrario. Del avión algunos pasajeros saltaban y corrían despavoridos mientras continuaban las explosiones.
En aquel accidente murieron 50 personas, 47 pasajeros y 3 tripulantes. El resto, 343, sobrevivieron al siniestro. Tras las investigaciones se supo que la causa del accidente fue el desprendimiento de fragmentos de caucho de la rueda delantera derecha. En la crónica del recuerdo queda la imagen de muchos pasajeros y miembros de la tripulación que después de conseguir salir del avión en llamas, volvían a él para rescatar a otros pasajeros que pedían ayuda desde dentro, donde vivían el peor de los infiernos: el techo se había caído sobre ellos, las puertas traseras de emergencia se habían bloqueado y algunos no podían ni desprender el cinturón de seguridad.
Al cuarto de hora del accidente, de Málaga al aeropuerto, se había organizado un cordón de tráfico para poder llegar al lugar del accidente y rescatar a los heridos. Los hospitales hicieron una llamada a los donantes de sangre. Dos horas después la demanda se había cubierto. El incendio del avión no pudo ser sofocado hasta las cuatro de la tarde. Era entonces ministro de Transportes el centrista Luis Gamir, y Manuel Núñez ministro de Sanidad. Ambos improvisaban una rápida rueda de prensa para hablar del siniestro. Poco después llegaba a Málaga el presidente del Gobierno, Leopoldo Calvo Sotelo. En las emisoras de radio, el alcalde de la ciudad, Pedro Aparicio, felicitaba a los servicios de socorro y a los ciudadanos malagueños por la rápida respuesta. Dos días más tarde, mientras en algunos medios de comunicación se seguía especulando con las causas del accidentes, en el hangar de la base aérea de Málaga se iban colocando los féretros con los cuerpos de los fallecidos. Alguien explicó que no habían muerto calcinados, sino como consecuencia de la tremenda ola de calor que se produjo en la cola del avión.
Lo ocurrido aquel 13 de septiembre de 1982 en el aeropuerto de Málaga figura como una más en la lista de las tragedias aéreas en España. No es comparable con el accidente ocurrido dos años antes, en marzo de 1977, en Los Rodeos de Tenerife, donde murieron 612 personas al chocar dos aviones jumbo. Sin embargo, en la memoria histórica de Málaga, aquel lunes de septiembre es mucho más que un apunte estadístico. La ciudad no permaneció ajena al suceso, simplemente se volcó para ayudar a los supervivientes y a los familiares de las víctimas. Damos fe los periodistas que allí estuvimos.
*Teresa Santos es periodista |
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