Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  13 de marzo de 2012
  José Asenjo
  Reflexiones sobre la transición
  Ten siempre a Ítaca en la memoria
C. Kavafis

Esta evocación de los años de la Transición está hecha desde el subjetivismo de la experiencia personal y generacional. Ya que lo que arealmente me interesa, tres décadas después, es reflexionar sobre la dificultad de transmitir la experiencia, de trasladar a nuestros hijos el ya de por sí inasible valor moral que debemos rescatar de aquellos acontecimientos lejanos, el ejemplo ético que en muchos casos ha quedado oculto, cuando no olvidado, en los intersticios del relato de aquel tiempo.  No sólo el ejemplo colectivo del difícil tránsito sino, especialmente, el de quienes tuvieron el valor individual de hacer de la libertad su lucha y que, golpeados por la crueldad de aquellos años, fueron los sujetos indispensables de la historia y que la Historia se ha encargado de ignorar. Es urgente reflexionar sobre ello en estos tiempos, en los que la mentira goza de prestigio político y la contaminación informativa no sólo actúa como una nube que impide la limpia percepción del pasado, sino que lo deforma al servicio de la manipulación sectaria del presente. Por todo ello apelar a la memoria, aunque sólo sea con fines tan modestos como los que persiguen estas líneas, debería considerarse un ejercicio moral.
Los estudios sociológicos nos informan frecuentemente del desinterés de los jóvenes por las cuestiones públicas. Probablemente no sea más que una muestra poco alentadora de normalidad democrática, que incluso nos homologa a democracias más avanzadas. Pero los que vivimos las experiencias de aquellos años no debiéramos aceptar tal relativismo, ni tampoco juzgar con severidad democrática a las nuevas generaciones, sino al contrario, aceptar que es probable que este estado de opinión sobre la política proceda de errores que cometimos los que, en mayor o menor medida, protagonizamos aquella experiencia.

La Transición se edificó sobre la amnesia en torno al pasado reciente, esta es no sólo su mayor sombra, sino probablemente el mayor tributo de los que lucharon por la libertad. Probablemente ese muro de olvido es unas de las causas por las que resulta tan complejo transmitir a nuestros hijos, que nacieron en democracia, qué significó vivir la dictadura. O quizás, también, porque son acontecimientos que parecen demasiado lejanos tras los profundos cambios acaecidos en estos años y que, finalmente, permanezcan más en nuestros corazones que en la propia historia.

Pero para saber del valor de la libertad hay que saber del infortunio de su ausencia. Cómo contarles a nuestros hijos que algunos de mis amigos, con su edad, por defender derechos que hoy son tan normales que ellos mismos desdeñan ejercer, tuvieron que ser héroes en tiempos en los que el miedo formaba parte de las cosas. Cómo transmitir la soez prepotencia del poder autoritario. O la claustrofobia de una sociedad sometida a grises censores mezquinos e incompetentes. Y explicarles cómo la corroída moral del nacional-catolicismo marcaba nuestra educación e invadía nuestras confusas adolescencias. Cómo hacerles partícipes de la desolación y la humillación marcada en el rostro de aquellos que una injusticia de la historia convirtió en perdedores.
Sin embargo, sólo se comprende el sentimiento de alcanzar la libertad cuando previamente se ha vivido sin libertad, sea porque se ha perdido, o simplemente porque no se ha conocido. Quizás incluso sea necesario haber visto las lágrimas en los rostros curtidos de los veteranos que asistían conmovidos a los primeros actos de la recién recuperada democracia. Cómo tengo grabado en el recuerdo el primer mitin de la primera campaña electoral, en el 77 en Tebas:  la imagen desoladora del inmenso salón vacío donde debía celebrarse el acto, mientras la gente, aparentemente recelosa, se agolpaba en corros en la plaza, con la Guardia Civil vigilante, hasta que los más decididos empezaron a entrar precipitadamente. Más tarde, el local rebosaba de gente, el último orador fue Paco Román, veterano socialista y orador brillante, que habló del tiempo que comenzaba y del doloroso recuerdo del pasado. La emoción se  apoderó del espacio. La amarga memoria de la desolación y la derrota redimida en un irrepetible instante de libertad y esperanza.

Pero probablemente el recuerdo siniestro de la dictadura o el indescriptible júbilo de la libertad recién tocada no sean ya más que sentimientos flotando en el recuerdo de un tiempo concluido. Esta ciudad, este país, son hoy mucho mejor que en aquellos turbulentos setenta, en los que cambió el signo de nuestra historia. Y a pesar de ello nuestros hijos se deben preguntar de qué les hablamos. Porque ellos viven en una sociedad libre y democrática, pero han tenido que adaptarse demasiado pronto al agrio sabor de las renuncias. Se han acostumbrado a lo inevitable de las pequeñas o grandes injusticias que encuentran en el dificultoso camino de su democracia. La aceptación de empleos precarios, de títulos que no abren puertas, de la falta de expectativas, la dificultad para el acceso a algunos derechos básicos, o simplemente para iniciar una vida en pareja, la imposibilidad de la vivienda, etc., etc.
Y lo peor de todo, el naufragio de todo proyecto moral. En estos tiempos confusos, la política, que tanta esperanza despertó en nuestra juventud, ya no parece tener respuestas para sus preguntas. No estoy muy seguro de la percepción de nuestros hijos sobre aquellas lejanas experiencias, pero ellos sí nos han enseñado que la libertad, la que te permite vivir con dignidad, la que de verdad te hace libre, no es algo que se gane sólo con un golpe de timón de la historia.

Cuando miramos hacia atrás notamos la desolación de tantos sueños devorados. Nosotros, los de hoy, no somos sino deslucidas sombras de aquellos jóvenes sonrientes y fumadores, ataviados de la extraña moda de la época, tímido reflejo de lejanas revoluciones, de las que sólo nos llegaban los ecos de sus hermosas canciones de fuego. Los mismos que podemos hoy observar, entre provincianos e insolentes, en esas viejas imágenes en blanco y negro de la Transición en Málaga, sobre las que el tiempo ya ha establecido su inexorable distancia, disipando en ella el breve fulgor de aquellos años en los que nos creímos inmortales.


*José Asenjo ha sido secretario general del PSOE de Málaga y diputado
   
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