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17 de abril de 2012 |
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Miguel R. Aguilar Urbano |
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Doce años de Franco |
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Aquella mañana de noviembre mi mamá subía descalza las escalera arriba hasta el cuarto de la azotea donde dormíamos. Los demás no se percataron de nada, pero yo sabía que pasaba algo raro, porque además no traía la leche y se vino en silecio directa hacia mí para decirme algo al oído: "Miguel , hoy te pudes estar un ratico más en la cama; Franco se ha muerto". Aunque pronto experimenté un natural alivio por no tener que ir al colegio, el remordimiento terminó imponiéndome esa desolación qeu supuestamente uno debía sentir ante la muerte del hombre más importante de España. A media mañana mi mamá volvió con un plato sopero lleno de sopaipas emborrizadas con arrope, que devoramos como una camada de lobos antes de irnos al campo, a la huerta de mi vecino. Allí pasamos el tiempo jugando a la guerra y, cunado no aburrimos de eso, dedicamos el resto del día a desmontarle a los cazadores sus costillas para jilgueros y a recoger babosas. al caer la tarde regresamos al pueblo y nos juntamos con los chiquillos dela Escuchuela para echar un partido. Pero no habíamos hecho más que darle un boleón a la pelota cuando apareció un hombre chillando que si Franco se había muerto y que había que ver la poca verguenza que teníamos dando balonazos como si nada. Yo pensé para mis adentros que mi padre estaría celebrándolo allí en Suiza, pero sólo tuve valor para gritar que qué culpa teniámos nosotros; entonces él se vovió hacia su casa hecho una fiera. A ratose empezó a escuchar el escape de una moto grande acercándose: era el Pito, el policía municipal que te quitaba los balones. El Pito era un personaje terrible de Montilla, con el traje aquel de cuero negro que llevaba y la vara que usaba para dar paso a la autoridad en las procesiones. Nada más entrar en la plazaaa, empezó a dar vueltas husmeando con la mirada y, al llegar a mi altura, frenó en seco y me pidió la pelota. Como le dije con descaro que yo no la tenía, me preguntó el nombre y la edad y los apuntó en una libreta: Miguel Aguilar, doce años. Nos quedamos quietos y callados, pero con el oido atento hasta que dejó de oirse la moto. Y luego seguimos con el partido como si no hubiera pasado nada.
Miguel R. Aguilar Urbano es profesor de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Córdoba. |
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