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08 de mayo de 2012 |
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Juvenal Soto |
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Los años del desparpajo |
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¿Por qué desparpajo? Durante el transcurso de la década 1973-1983 -personalmente prefiero remontarme a 1971, y explicaré la causa- los andaluces, como todos los españoles, conseguimos expresar un sentimiento que será difícil, por fortuna para todos, volver a manifestar tanto como individuos como colectividad: La esperanza de ser libres.
Hoy somos ciudadanos, con los derechos y obligaciones -libertades en definitiva- que el término comporta, pero entonces comenzábamos a dejar de ser súbditos, y esa actuación de media penumbra era por aquellos años como un baño de luz fluorescente para quienes jamás habíamos conocido la libertad pero sabíamos que existía y que era posible tenerla aquí con nosotros como compañera y amiga y amante y hermana y madre. Cuando tuvimos la certeza que de hecho ya éramos libre y, como ocurre con las intuicions que preceden al razonamiento sosegado, fue entonces, coincidiendo con la decrepitud física del general Franco y el asesinato del almirante Carrero, cuando se cebó en nosotros el desparpajo, y comimos y bebimos de él hasta hartarnos. Desparpajo para decir y escribir lo que pensábamos, para pintar lo que queríamos incluso en las paredes de los edificios públicos, desparpajo para amar y ser amado, desparpajo, en fin, para vivir un sentimiento que sólo sería un derecho cuando en 1978 la mayoría de los españoles y de los andaluces tomamos la decisión de otorgarnos la vigente Constitución y, más tarde, el actual Estatuto de Autonomía.
Para quienes en 1973 no teníamos aún 20 años, ni siquiera pensar libremente nos estaba permitido. ¿Cómo íbamos a ser libres ni de pensamiento, sí numerosas lecturas nos estaban rotundamente prohibidas y el acceso a ellas constituía una peripecia digna hoy de protagonizar un sainete, o, mejor todavía, un drama esperpéntico? En 1971 -era el curso escolar 70-71, y apuesto a que la fecha exacta es ésa- mi mejor profesor de literatura en el Instituto de Enseñanza Media Sierra Bemeja de Málaga me recomendó la lectura de La Celestina en la edición de Alianza Editorial prologadapor Stephen Guilman. En las páginas de ese libro leí, entre atonito y entusiasmado, que Calixto, al ser preguntado por su adscripción a las ideas cristianas, se confesaba más melibeo que seguidor de Cristo, más adorador de Melibea que de la cruz de Cristo, más creyente en su amada que en el mismísimo Dios. Más tarde, mi profesor de literatura aceptó asumir la dirección del centro para resolver un problema concreto -los interinos no cobraban su sueldo desde hacía meses- y luego, ya resuelto el conflicto reincorporarse, sin más, a su cátedra. Los alumnos decidimos colaborar con la causa declarándonos durante un día lectivo completo en huelga, algo cuyo nombre estaba absolutamente prohibido y condenado por el franquismo y los tribunales de justicia franquista -la justicia, le guste o no a quien sea, también era franquista-, de modo que 1971 fue famoso para nuestro instituto y para nosotros. Aquel pasó a la historia como el primer instituto que en Andalucía se atrevió a declararse en huelga, éstos nos consideramos a partir de esa fecha herederos directos de Ernesto Che Guevara y casi más héroes que el argentino mártir de la revolución cubana. Cuando en el curso 72-73 comencé en Granada la licenciatura de Derecho, yo estaba, gracias a Ballesteros y a Gracia, en plena transición. O sea, que dedicaba un día si y otro también a convencerme de que el Derecho era pura puta superestructura, y a comprobar que, además, no me gustaba estudiarlo. Los años que viví en Granada los pasé, en realidad, en Málaga. Frecuentaba el Ateneo, y allí disfruté durante muchas tardes de la compañía y el magisterio de personas y personajes de tan extraordinaria relevancia cultural como Rafael Pérez Estrada, Modesto Laza Palacios, Fernando Álamos de los Ríos, Ramón Ramos, Miguel Ángel Arredonda, José María González Ruiz, Joaquín Martínez Borman, Juan Antonio Lacomba, Bernabé Fernández Canivell, Ángel Caffarena y un etcétera -¡coño, vaya también esta mención honorífica para un miembro que la entonces brigada político-social, cuyo verdadero nombre nunca supimos!- que es tan extenso como lujoso para la más reciente historia de la cultura hecha en Andalucía y por los andaluces. A mediodía del 21 de septiembre de 1974, me sumé a algunos de los antes citados para almorzar con Enrique Tierno Galván, que venía a Málaga tras pronunciar unas conferencias por varias capitales andaluzas. Pocas fechas más tarde nacería el por entonces clandestino Centro de Estudios Andaluces, una especie de menjunje político-cultural en el que encontramos refugio intelectual, varios de los escritores que habíamos sido bautizados por Carlos Muñiz Romero como Narraluces (Vaz Soto, Caballeo Bonald, Pérez Estrada, Grosso, Ortiz de Lanzagorta, Manuell Barrios, Manuel Ferrán, Pedro Tede de Lorca, Fernando Quiñones, Julio Manuel de la Rosa, Ruiz Copete, Carlos Muñiz y yo mismo) en un famoso número. "Los andaluces cuentan", del Litoral de José María Amado, amén de otras personas (profesores, pintores, abogados, etc.) que habíamos leído dos, al menos, míticos textos del no menos mítico Alfonso Carlos Comín. España del Sur (1965) y Noticias de Andalucía (1970), y que apostábamos -no todos. por un futuro de federalismo para España, un futuro, digo, republicano y federal. El tiempo habría de conformarnos sólo en parte.
De vez en cuando iba a Granada por algún examen y allí, más que a los exámenes, dedicaba mi atención a seguir las andanzas prodigiosamente poéticas de Poesía 70 y Juan de Loxa, a oir aceradas insinuaciones estéticas y políticas de Juan Carlos Rodríguez, a leer, en fin, lo mejor de la joven poesía andaluza -es decir, granadina- de aquellos años en los que Álvaro Salvador publicaba su primer poemario, ganaba el premio de poesía instituido por la Universidad de Granada, elaboraba el corpus teórico de lo que más tarde sería La nueva sentimentalidad.
Muerto Franco y a punto de que Suárez sustituyese en la Presidencia del Gobierno a Arias Navarro, Pérez Estrada, Rafael Ballesteros y José María Amado acometieron un nuevo e importante número de la revista Litoral. "La poesía en la cárcel", para el que yo preparé, casi inconsciente de la trascendencia que luego tendría, un extenso artículo titulado "La poesía española durante el franquismo". Todos fuimos a parar al Tribunal de Orden Público, pero en tanto se sobreseían nuestros procesamientos pergueñamos otro incómodo monográfico sobre Luis Martín Santos -¿qué fue de aquel número?- y la amnistía llega conforme transcurrían unas jornadas de desparpajo, libérrimo hasta lo libertario, día a día y mas vertiginosas. Por fin, Vicente Aleixandre, simepre postrado y vigilante siempre, dio la voz de entrada a una España del exilio que habría hecho de la libertad no una dádiva y si un modo de vida: Jorge Guillén, Rafael Alberti, Adolfo Sánchez Vázquez, Claudio Sánchez Albornoz, Tomás García, y tantos más -Juan Rejano se fue al otro mundo con las maletas listas para venir a su tierra- volvían de Estados Unidos, Italia, México...y las Cortes Constituyentes terminaban de elaborar unt texto constitucional que reinstalaba aquí las libertades como manera de entendernos, comunicarnos y resolver nuestros conflictos: es decir, como hábito cultural. El homenaje que la totalidad de los artistas españoles tributó desde Málaga a Pablo Picasso, el Congreso de Cultura Andaluza -"¡Viva Andalucía viva!" gritó, vivales, Antonio Gala en la Córdoba de la jornada inaugural- y un grupo de pintores. Palmo (Enrique Brinkmann, Manuel Barbadillo, Francisco Peinado...), decididos a ejercitarse en la interdisciplinidad de las artes pusieron de manifiesto que la cultura -¿escribo, mejor inteligencia?- ya era tan libre como la España constitucional y la Andalucía estatutaria. Comenzaba la década de los 80, constituidos los ayuntamientos democráticos y tocado de ala un Adolfo Suárez sabedor de que las elecciones tenían el nombre de Felipe González, yo me ocmpre un libro: Contra el método. Para una teoría anarquista del conocimiento. Desde que lo leyera sé que para mí y para muchos otros la cultura y su infinita transición es el ámbito único para el desparpajo.
Juvenal Soto es escritor y poeta
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