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21 de mayo de 2012 |
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Pedro Aparicio |
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No sabíamos que era imposible |
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En 1979 comenzó el más modesto (y tardío) trabajo político de la Transición. El más modesto, he dicho, pero también el más inmediato y el más transformador. Me refiero al gobierno de los ayuntamientos. Ni más ni menos, la representación de nuestros ciudadanos y la defensa de sus intereses generales. En aquellas primeras elecciones y en aquellos primeros ayuntamientos de la democracia comenzó una de las conquistas más queridas de nuestra Constitución. Miles de concejales y alcaldes de toda España y de todos los partidos democráticos, con toda la bisoñez del mundo, son algún desánimo de vez en cuando, pero con un gran coraje y una gran precisión escribieron, sin saberlo, una de la páginas más importantes de la democracia española. Nos hacíamos cargo del más destartalado, arruinado y desprestigiado barco de los que fletó la democracia. Las ciudades eran, además, el mejor exponente del desastre físico del país. Porque si el desastre moral de la dictadura impregnaba todo, el físico casi se limitaba a nuestras ciudades y pueblos, la mayoría de los cuales habían sido víctimas del mal gusto y la fealdad, de voracidad de los propietarios del suelo y, en definitiva, del menosprecio a sus habitantes.
Pues bien, desde los ayuntamientos conseguimos mostrar a los ciudadanos que la democracia, además de un valor moral insustituible, servía para mejorar su calidad de vida y para administrar mejor sus recursos públicos. Se recuperó el suelo, se combatió sin tregua el enriquecimiento a costa del patrimonio público, se dio un gran impulso a las actividades culturales, a las fiestas y a la participación ciudadana, se consideraron los servicios urbanos como derechos de cada ciudadano, y se realizaron obras públicas y equipamientos sin precedentes en lo que iba de siglo, que transformaron las ciudades. Por ejemplo, la mía. ¿Alguien con menos de treinta años sería hoy capaz de imaginar una Málaga sin saneamiento, o con un tercio de sus habitantes sin agua potable, o con más de la mitad de las calles sin pavimento ni alumbrado público?. ¿una Málaga que, bajo la lluvia, se quedaba sin abastecimiento de agua durante varios días?, ¿una Málaga sin Parque Tecnológico, sin archivo Histórico, sin paseos marítimos, ni plauas, sin aparcamientos públicos ni autovías, sin bibliotecas de Distrito, sin el parque-cementerio, sin asistencia social?, ¿una Málaga con la Concepción o el Teatro Cervantes, o la casa natal de Picasso cerrados, abandonados y en manos privadas?, ¿una Málaga sin suelo público, sin estación de autobuses, o sin servicios en los Distritos?, ¿una Málaga sin apenas ópera, ni teatro ni Orquesta Sinfónica, sin apenas feria, ni verdiales, ni...? Bueno, pues hablo de la Málaga de hace apenas veintidós años. Y este ejercicio de evocación imposible sería también aplicable a cada uno de los municipios andaluces, en cuya historia aquel abril de 1979 marcó un antes y un después. Aquella primeras corporaciones democráticas, cosntiutidas por regla general por políticos de "segundo nivel" (los primeros eran ya diputados, o senadores o miembros de un gobierno, o...) lograron cambiar de tal modo sus ciudades que, como hubiera dicho el historiador romano, "lo consiguieron porque no sabían que era imposible".
Por otra parte, los trabajos para construir la Federación Española de Municipios y Provincias comenzaron a los pocos meses de aquellas elecciones. Por primera vez en la historia de España, organizamos una asociación, con el ámbito de todo el Estado, para que las corporaciones locales tuvieran una voz única, para asociarnos con los ayuntamientos de toda Europa y para crear un cuerpo de conocimientos municipales. No podíamos abandonar a las corporaciones, sobre todo a las más modestas, a la fragilidad individual de los recién nacidos. Habíamos comprobado que el trabajo para la igualación entre los seres humanos y el rescate de la dignidad de muchos de ellos, tenía el mecanismo más rápido en la acción sobre la ciudad, que actuábamos sobre el territorio vital de los hombres y sobre los servicios que forman parte de su vida cotidiana, y también que, como en toda democracia, la política local era aquella en que el ciudadano se sentía más partícipe y controlador de los intereses públicos.
Sobre estos grandes principios se basó nuestro proyecto municipalista. Sentimos la obligación histórica y constituicional de desarrollar, defender e institucionalizar una concepción municipalista del Estado. Y lo hicimos ente muchos compañeros y compañeras que para mí son inolvidables y que hoy son historia del municipalismo español. Trabajé con ellos, aprendí de ellos, y tuve el honor de representarles en la génesis, en la constitución y en la primera presidencia de la Federación Española de Municipios y Provincias. A todos les quiero recordar aquí, los nombres de Enrique Tierno, Ramón Sainz de Baranda y Juan Rodríguez doreste, tan temprano desaparecidos.
Pedro Aparicio fue alcalde de Málaga y eurodiputado socialista.
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