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29 de mayo de 2012 |
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Antonio Ramos Espejo |
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El caso Almería |
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El llamado caso Almería pasa por ser uno de los episodios más negro de la Transición, entrada ya la Democracia. La madrugada del 10 de mayo de 1981 -tres meses después del golpe del 23-F- los cuerpos calcinados de tres jóvenes aparecen en un barranco de la carretera de Gérgal (Almería). Allí estaban las víctimas de una acción justiciera de la Guardia Civil. Sus cuerpos fueron identificados como A.B. y C.A. A tal anonimato se les quería reducir. En realidad se trataba de Luis Montero García, Luis Cobo Mier y Juan Mañas Morales, que viajaron desde Santander, donde residían, hasta Pechina (Almería), donde iban a celebrar la comunión del hermano menor del último de ellos. Habían hecho el viaje en un Ford Fiesta. Dos días antes, ETA había matado en Madrid al general Joaquín Valenzuela. Las fotos de los asesinos -Mazusta, Bereciartúa y Goyonechea Fradúa- aparecieron al día siguiente en la prensa. En Alcázar de San Juan, un joven del lugar creyó reconocer a uno de los terroristas. Ahí se desató la confusión. El coche en que viajaban se les avería y alquila otro en Manzanares para poder llegar a tiempo a su destino. La Guardia Civil alerta al cierre de puertos y fronteras. Pero los viajeros llegan a casa de los Mañas, duermen en Pechina, y al día siguiente salen a recorrer la zona turística de Roquetas. Allí son detenidos. las familias se preocupan por su desaparición: los Mañas recorren infructuosamente las comisarías y hospitales de Almería. la familia Cobo consigue aclarar con la policía de Santander que su hermano no es un etara, que se trata de una confusión. Pero quizás ya era demasiado tarde. Cuando un alto mando de Granada llega a Almería a apuntarse la medalla del éxito y se encuentra con el resultado, sale inmediatamente de regreso. no eran medallas lo que aquel cuartel se podía llevar. Era ya la muerte. Fue entonces cuando al responsable de la comandancia. el teniente coronel Castillo Higueras, se le ocurrió organizar la caravana de la muerte para dar la versión de que los pesos eran trasladados a Madrid en una caravana de cuatro coches; en el último de los vehículos, viajaban los tres presos, esposados Mañas, Cobo y Montero -sus auténticas identidades, como ya se sabía- que, siempre la versión oficial, intentaron fugarse. Fue entonces cuando se inventaron la historia del barranco y los cuerpos calcinados.
Pero así no podía quedar la historia. Gracias al esfuerzo de las familias, que les habían matado brutalmente a sus hijos; gracias al trabajo titánico del abogado de la defensa, Darío Fernández, que resistió todo tipo de zarpazos y amenazas para abandonar el caso, y gracias a que un sector importante de la prensa, que no se dejó intoxicar por la campaña que la Guardia Civil, con el consentimiento del Ministerio del Interior, que pretendía, para más crueldad, insistir en que si Mañas, Cobo y Montero no eran terroristas, serían colaboradores o podían tener algún pasado oscuro que justificara los crímenes que se habían perpetrado. Esta vez, el caso no quedó, como se pretendía, en un "trágico error". En ese contexto realicé el viaje, desde Santander a Pechina, con detenimiento en los lugares en los que se habían producido las confusiones iniciales, para escribir El caso Almería (Mil kilómetros al sur). Aún antes del juicio, mantuvimos la tesis de que algó ocurrió dentro del cuartel, que uno de los tres resultaría gravemente herido en el interrogatorio, o quizá ya muerto, para que se organizara aquel espectáculo macabro. Pero esta vez, al menos, si hubo juicio y sentencia condenatoria en el verano de 1982: 24 años de prisión mayor al coronel Carlos Castillo Quero, 15 años de prisión menor al teniente ayudante Manuel Gómez Torres; y 12 años de prisión menor al guardia Manuel Fernández Llamas. Los cadáveres A.B. y C. recobraron, qué menos, su identidad y su dignidad: Luis Montero García, Luis Cobo Mier y Juan Mañas Morales. Castillo Quero estuvo en la prisión de Córdoba, donde se quedó a vivir hasta su muerte. Los otros dos condenados salieron pronto de la cárcel. Sólo ellos y los demás guardias civiles que componían la supuesta caravana conocen la verdad: unos porque estaban directamente relacionados con los hechos que ocurrieron en el cuartel y los otros, los que no fueron condenados, porque prestaron sus nombres para oculatar los tres asesinatos. Años más tarde, fue llevado al cine y al conocimiento del gran público. Y una vez más, en Andalucía, la realidad resultó ser aún más dura que la ficción.
Antonio Ramos Espejo es periodista y autor del libro El caso Almería (Mil kilómetros al sur)
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