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28 de junio de 2012 |
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Antonio Jara |
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Nosotros los de entonces |
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Democracia, audacia y eficacia. Pronuncié estas palabras la noche del 8 de mayo de 1983, solemnizando con ellos un compromiso político, después de que la candidatura municipal socialista al Ayuntamiento de Granada, que yo encabezaba, recibiera un aval electoral sin precedentes y, por ahora, sin consecuentes en la Ciudad. Hoy, diecisiete años después, la mismas ideas pueden servir de guía para entender algo que pasó en aquellos años de pensamiento recio, sensaciones fuertes temores compartidos y políticamente librada "cuerpo a cuerpo". Aceptando, con poética resignación que "nosotros los de entonces, ya no somos los mismos", es posible, sin embargo, que aquellas ideas mantengan algo de frescura y, a lo peor, que sigan siendo necesarias. En todo caso, resulta obligado aceptar que el recuerso al pasado suele tener, casi siempre, un sentido instrumental para el presente. Los ochenta constituyeron un pasado demasiado próximo para el olvido, demasiado intenso para darlo por definitivamente muerto y suficientemente digno en términos políticos, como para poder salvarlo de la desconsideración o del desprecio.
La política buscó, y encontró, complicidad social, democracia cimentada en el apasionado disfrute de la libertad y alimentada por la firme voluntad de cambiar las cosas, avivó una nueva actitud moral ante lo público colectivo. Muchas trincheras de pasividad, inmovilismo y estéril melancolía política, fueron abandonadas para engrosar frentes de lucha contra la injusticia social, contra la mercantilización del espacio urbano, contra el empobrecimiento cultural y contra cualquier práctica de dominaicón social. Muchos hombros hicieron piña y muchos escépticos se hicieron aliados de la causa de la libertad y el cambio. Quienes tuvimos el privilegio de ser simbólicamente "aupados" a alguna posición de liderazgo en aquel empeño difícilmente podremos olvidar el apoyo, la sintonía y el aliento cercano y efectivo, de la gente. La democracia tenía mucho de comunicativa y la política local asumió la centralidad social que suele ocupar en las democracias avanzadas. Los ayuntamientos desplazaron y sustituyeron viejos protagonismos, indebidamente usurpados por gobiernos civiles, catedrales o consejos de administración. Quizá por eso fue posible la audacia. El choque con sectores sociales insolidarios, larga y generosamente alimentados por el autoritarismo, depredadores de lo público o detentadores de supuestas esencias culturales, eran tan frecuente como inevitable. Un plan general de ordenación urbana, una intervención pública en el tejido productivo local, una exposición de pintura, una obra de teatro no convencional o una atrevida reivindicación insitutcional podían evidenciar poderosas resistencias sociales o graves manifestaciones de intolerancia y rechazo. La legitimidad democrárica engendró, sin embargo, valentía política. Se actuaba administrando las concesiones con inteligencia, dosificando prudentemente el miedo, con la generosidad del neófito, sin red de protección política y sin reservas estratégicas personales. Un alcalde se sentía tan legitimado para apelar a la mediación de la Corona, como para llamar a las Fuerzas Armadas a la senda de la Constitución, o para rectificar a un prelado de la Iglesia y solicitar de los empresarios del metal la firma de un convenio. No era infrecuente que un mandato representativo llegase a rivalizar con la disciplina de partido, y quizá hayan de buscarse en este momento las raíces de ciertas rebeldías e indocilidades políticas, mal digeridas entonces y, para bien o para mal, definitivamente impensables en la actualidad.
Y la democracia, siempre asociada a la idea de libertad, acabó dando beneficios y conectando con viejas exigencias de eficacia y cambio real. La política fue también administración y gestión. Se actuó, por pimera vez en mucho tiemo, con un espíritu reformista sin complejos. A golpe de reivindicación el sector público local logró una cierta musculatura económico-financiera. Las administraciones locales funcionaron razonablemente y el cambio se hizo efectivo en las ciudades y en los pueblos. El trigo acompañó a la prédica. El ciudadano pudo percibir el cambio en la titularidad y el uso del espacio urbano, el suelo dejó de ser de pocos y las calles fueron de todos. El reequipamiento social, cultural y deportivo, rectificó déficits históricos. El fomento cultural, abierto y plural, propició nuevos espacios de libertad. Es verdad que Aldous Huxley no se hizo presente en el momento y tampoco puede situarse allí el fin de la historia del municipalismo español, pero es difícil negar que la política local llegó a pesar notablemente en la marcha general de nuestro país, influyó decisivamente en al evolución de la cosa pública, se ganó el respeto social y ocupó un lugar digno del entramado institucional del Estado. Personalmente, no estoy seguro que hoy podamos repetir esta valoración. Y es que después, en lo noventa, soplaron otros vientos, ocurrieron otras coass y aparecieron nuevos agentes. No obstante, un análisis riguroso de ese momento político autoriza a preguntarse si la consolidación en nuestro país de un municipalismo política y financieramente fuerte no habría abierto las puertas a una democracia más sólida y de mayor calidad y, sobre todo, si con ello no se habría cerrado el paso a una nacionalismo excluyente y corrosivo, sobre cuyas consecuencias en el futuro no es posible ni prudente hacer conjeturas.
Antonio Jara fue alcalde y es profesor de la Universidad de Granada. |
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