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02 de julio de 2012 |
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Mercedes de Pablo Candón |
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La generación del bocadillo |
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La generación bocadillo, los que éramos demasiado jóvenes en la Era Épica del Gran Óbito y demasiado viejos ahora que vienen los niños del máster y veinte idiomas tuvimos ese año ochenta y tres un serio conflicto. Un estupendo (a la manera de Valle) problema, había que crecer. Los que se resistían se pintaron los pelos de rojo, los labios de negro y gozaron con el primer Almodóvar de Pepi, Luci Boom. Los que se resignaron aplaudieron el Óscar a Garci, que para qué engañarnos, fue le triunfo de nuestros hermanos mayores, los más modosos. Aquel año estalló la Movida Madrileña mientras en Andalucía las elecciones municipales daban mayorías absolutas en los ayuntamiento, todas a favor del PSOE menos el califato comunista de Córdoba. Se acabaron los alegres y frágiles Pactos de la Izquierda y al mismo tiempo, tal vez por casualidad Julio Iglesias recibió la Orden de Isabel al Católica, vaya pareja. La movida andaluza tenía patrocinio oficial y parió extraños maridajes, alcaldes y concejales con el mechero encendido y una lágrima mientras su hijos de cresta y chupa del Piojito intentaban evitarlos en el bar, Miguel Ríos nos daba rock para una noche de verano. Todavía clandestina, la nueva epste con nombre de proyecto espacial, el SIDA, comenzaba a servir de aduana siniestra para aquellos que no han sobrevivido para criticar la Ley de Parejas de Hecho, tan escuálida ella. De todas la pérdidas de aquel año, Antonio Marirena , Estrellita Castro, Joan Miró o José Sepúlveda, la que nos dejó un cierto regusto de culpabilidad fue la muerte de José Bergamín, residente enl la Sierra de Huelva que agobiado por la precariedad fue a expirar en los brazos de aquellos, los de HB, que ni entonces ni ahora lo entienden, lo han leído. Fue, el ochenta y tres, un año de bodas, no sólo de toreros, tonadilleras o hijas de, fue un año de bodas civiles, en juzgados todavía reacios a a hacer de vicarías, entre multas de tráfico y robos sin violenica, una año de divorcios y bodas, la legalidad haciendo posible la legitimidad, si es que estos términos tienen algo que ver con los azares del amor y el desamor. Se casó tanta gente, y tan discretamente, que algunos aseguramos el fin de los bodones de siete tenedores. Craso error. Las que entonces no se vistieron de organdí lucieron luego sedas de madrina de sus hijos. Y es que algunos crecieron y otros, se hicieron más mayores.
Mercedes de Pablo Candón es periodista |
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