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03 de julio de 2012 |
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Juan José Téllez |
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Del carnaval a la movida |
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"Hemos leído en la prensa / que a Suárez le van a regalar / un chaleco antibalas / para mayor seguridad. / Le cubre toda la espalda / y por delante tapa el esternón. / La cara descubierta / porque la tiene como el hormigón". Era una letra -impensable bajo la dictadura- del coro de "Los Camaleones" de Cádiz, en 1979. Los antidisturbios acababan de tomar las calles gaditanas para sofocar las revueltas del sector naval: "Pum, pum, pum -cantaba el coro-, las balas de goma / dan mal resultado / pelotas nos sobran / a los gaditanos".
Apenas había transcurrido un par de años desde que los carnavales volvieron a su fecha clásica del mes de febrero, después de que el franquismo hubiera disfrazado como Fiestas Típicas Gaditanas a las carnestolendas clásicas, que hicieron mudanza durante la dictadura hacia el soleado mes de mayo: Dedos aquí, dedos acá, entonaba en 1977 el legendario coro 'Los dedócratas', cuyo atuendo y repertorio reflejaban lo que había sido la estética del antiguo régimen. La recuperación de las libertades extendería este fenómeno por todo el mapa andaluz. las coplas, ya sin mordazas, volvieron a ser un termómetro del imaginario colectivo, no siempre progresista y a menudo reaccionario. La música puso banda sonora a la Transición en Andalucía. En el flamenco ocurrían cosas. Musicalmente Paco de Lucía había abierto ya todas las puertas posibles, incluyendo las del Teatro Real, en 1975, que hasta entonces habían estado cerradas al arte gitano-andaluz cuya esencia definieron Antonio de Mairena y Ricardo Molina, una década antes y cuyo rigor mantendría Antonio Fernández "Fosforito".
La libertad, por cuya causa perseguían a Manuel Gerena, quien siempre se definió como cantautor, un instinto que pondría en pie espectáculos como 'Camelamos naquerar' ('Queremos hablar'), en el que Mario Maya y José Heredia Maya denunciaban la sumisión del pueblo gitano que tendría que aguardar hasta la Constitución de 1978 para que se suprimieran algunas normas legales que todavía lo discriminaban. "Persecución", con libreto de Félix Grande, será el título de una cantata en la que se abunda en esa misma historia centenaria. La libertad, así se proclama en sus textos, es la patria profunda del gitano. Lo cierto es que llegaba el nuevo día, anunciado por Lole y Manuel y confirmado por la búsqueda incesante de Enrique Morente, un activo conocedor y divulgador de los cantes de Antonio Chacón que llevaría al flamenco la poesía de Miguel Hernández, Antonio Machado, Federico García Lorca, Al-Mutamid o Juan de la Cruz. Todo un proceso de decantación hacia la pureza y el riesgo que se veía coronado por la figura de José Monge -Camarón de la Isla-, capaz de bucear en las raices de los cantos de El Chaqueta, acompañar a Paco de Lucía en alguna de sus audaces aventuras flamencas y de impresionar un disco doblemente legendario. "La leyenda del tiempo", que a finales de los 70 supondría un imparable trallazo juvenil en la vieja piel de los cantes. José Luis Ortiz Nuevo promovía la convocatoria de la Bienal de Arte Flamenco de Sevilla, al tiempo que revisitaba el tópico auspiciando una recreación andaluza de "Carmen", en versión de José Tamayo, que tomó La Maestranza de Sevilla, con el libreto de Bizet y Merimé, vertido al andaluz por Fernando Quiñones y José Ramón Ripoll.
El flamenco se incorporaría a un nuevo teatro andaluz, cuya cabeza visible sería 'La Cuadra' de Salvador Távora. Su Quejío (1972) dio, desde Sevilla, un nuevo acento y tono del sur en medio del mundo. Un compromiso que se vería inmediatamente confirmado por Los palos y Herramientas, hasta coronar con Don Juan, en el año 2000 una historia de 28 años sobre las tablas. Era el mismo camino de la fusión por el que se habían atrevido ya otras compañías, como 'Tatro Lebrijano' de Juan Bernabé, que en 1971, presentaron "Oratorio", en el Festival de Nacy. Y por el que seguirían los pasos jerezanos de 'La Zaranda. Teatro inestable de Andalucía La Baja', de Juan Lazaranda, a partir de 1978, con "Evocación", "Casablanca" o "Los tinglaos de Mari Castaña", entre otras producciones.
Las bambalinas andaluzas de la Transición fueron especialmente ricas, de el grupo "Esperpento" de Sevilla, que nace en 1968 con un alcance multidisciplinar, donde cupieron desde montajes teatrales a recitales poéticos y organización de conciertos. En sus filas figuraba un tal Alfonso Guerra, que luego daría que hablar en otras tarimas de la escena española. Pero a partir del 73, 'Esperpento' se decanta exclusivamente hacia el teatro, como compañía profesional, en un repertorio que incluye la "Farsa y licencia de la reina castiza", en colaboración con el gurpo 'Smash'. La farándula gaditana era extensa y vaia: desde el grupo 'Quimera' -su director José María Sánchez Casas sería detenido como miembro del GRAPO., 'Gris Pequeño Teatro', 'Valle-Inclán',, 'Cámara' -excelentes mimos-, 'Carrusel' -los ahijados meridionales de Lindsay Kemp- al 'Teatro del Mentidero'. En Sevilla nace también el 'Teatro del Mediodía', en 1973, así como el posterior, kistch y corrosivo 'Teatro de la Alameda'. En Málaga del dramaturgo Carlos Muñiz Romero 'Tespis', de Luis Jaime Cortés, pone en escena al granadino Martín Recuerda quien ya en plena democracica sería declarado "persona non grata" por el Ayuntamiento de La Línea tras reponerse en televisión su obra Las salvajes, en Puente San Gil. Del compromiso a la subvención cien años más tarde, el talento y el ingenio del teatro independiente sería lastimeramente malogrado por las vacas locas de los pesebres. En Cádiz, teatro y literatura se reconciliaban a bordo del grupo 'Marejada', de Jesús Fenández Palacios. José Ramón Ripoll y, entre otros, Rafael de Cózar. Pero por lo común, los literatos de la Transición andaban en otras trincheras. Comercialmente, había fracasado el llamado "boom" de la narrativa andaluza, pero quedaban nombres serios pero controvertidos como los de Francisco Ayala, Fernando Quiñones, José Manuel Caballero Bonald, Alfonso Grosso, Luis Berenguer, Manuel Ferrand, Manuel Barrios, Manuel Halcón, Antonio Burgos, Antonio Hernández y Enrique Montiel, a los que se sumarían Eduardo Castro, Francisco López Barrios, Antonio Martín Menchén, Juan Eslava Galán o el bisoño gacetillero funcionario en el Ayuntamiento de Granada, Antonio Muñoz Molina cuya primera y espléndida novela Beatus Ille pasaría prácticamente desapercibida en su momento. Pero mientras, Manuel Alvar y José María Vaz de Soto reivindicaban el habla andaluza, aquella fue una larga cosecha de poetas. Regresaba Alberti, se reivindicaba a Federico García Lorca y a Juan Rejano. Vicente Aleixandre recibía el Premio Nóbel de Literatura en 1977. Granada daba techo a Elena Martín Vivaldi y a Rafael Guillén. Málaga acogía a Jorge Guillén y cultivaba la palabra de Pablo García Baena y de María Victoria Atencia. En Sevilla, Fernando Ortiz reivindicaba la estirpe de Bécquer. Incluyendo -en años propensos al izquierdismo fácil- a poetas como Manuel Machado y Fernando Villalón. Y, en el Cádiz plateresco de Pilar Paz Pasamar, se enarbolaba el postismo de Carlos Edmundo de Ory, como una bandera. Cuentan que cuanto detuvieron al viejo bardo durante una caída de varias células del PCE, le acusaron de ser comunista: "Yo no soy comunista, se dice que gritó ante la policía, yo soy el arcángel San Miguel".
En Madrid, proseguían su obra poetas veteranos como el granadino Luis Rosales, Premio Cervantes en 1982, y el sevillano Rafael Montesinos. Desde Barcelona, el crítico andaluz Enrique Molina Campos distinguía entre poesía histórica y poesía ahistórica, en función de su compromiso cívico con la realidad. Claro que las fronteras nunca estuvieron claras, pero entre el olvido de Julio Mariscal y la reivindicación del grupo 'Cántico', con Pablo García Baena, Vicente Núñez, Ricardo Molina y Juan Bernier, entre otros, hasta la obtención del premio "Adonais" por El jardín extranjero, de Luis García Montero, en 1982, la poesía andaluza de la transición ve nacer -al margen de algunos de los citados- la obra de Antonio Abad, Pablo del Águila, Francisco Bejarano, Felipe Benítez Reyes, José Julio Cabanillas, Antonio Carvajal, Juana Castro, Javier Egea, Antonio Enrique, José Gutiérrez, José Infante, Rafael Juárez, Sálvador López Becerra, José Lupiáñez, Aurora Luque, Ángeles Mora, José Antonio Morente Jurado, Rafael Pérez Estrada, José María Prieto, Ana Rosetti, Fanny Rubio, María Sanz, Javier Salvago, Juvenal Soto y Vicente Tortajada, en un largo etcétera. Era un tiempo de revistas 'Marejada', en Cádiz; 'El despeñaperro andaluz' y 'Letras del Sur', en Granada; la resurrección malgueña de 'Litoral'; 'Gallo de vidrio' y 'Calle del Aire' en Sevilla; 'Bahía', de Algeciras; 'Andarax', en Almería o 'Zubia' 'Kábila' y 'Antorcha de paja', en Córdoba. Y de grupos de acción cultural desde 'El olivo', en Jaén con Manuel Urbano o Domingo F. Failde: 'Tragaluz' y 'Colectivo 77' de Granada, donde velaron armas Álvaro Salvador y Antonio Jiménez Millán y 'Jaramago' en Cádiz, sin descuidar a los jóvenes malagueños que rindieron un antihimenaje a Vicente Aleixandre, recitando sus mejores versos mientas devoraban bocadillos de salchichón. Era un espíritu que había sido inaugurado, con aquella década, por 'Poesía 70' de Juan de Loxa, a cuya sombra nació el Manifiesto Canción del Sur, que pretendía "acercar nuesto espíritu al resto del mundo, con la intención de enriquecerlo y, en consecuencia, universalizarlo". Entre los impulsores de esta intentona, figuraron el malogrado Ángel Luis Luque, Enrique Moratalla, Miguel Ángel González, Salvador Morales y, sobre todo, Antonio Mata. Entre la lumbre y el frío, Raúl Alcover, Del laberinto al 30, y Carlos Cano. Este último, desde la profundización de las raices, no excluyó nunca la reivindicación y la renovación de la copla andaluza, o coqueteos de ida y vuelta con ritmos americanos y portugueses. Pero dejó de cantar en público Verde, blanca y verde, todo un himno para su generación, porque dejó de creer que la sociedad andaluza asumiera ya el horizonte utópico que proponía su letra. En su misma Granada, ya había existido una experiencia musical de enorme interés llamada 'Aguaviva', cuyo disco Poetas andaluces de ahora supuso un revulsivo en la Transición cultural del sur. La década de los 70, propició la aparición de grupos folk: desde 'Jarcha' a 'Almadraba', que compaginaron la reinterpretación del pasado con aportaciones propias en su música y letra o investigadoras como la granadina Aurora Moreno que rastreó las raices sefardíes de estos pagos.
Aparecieron numerosos cantautores, en su mayoría de indudable calidad pero alejados por lo común de los principales focos de decisión musical del país. Fueron los casos de Benito Moreno, Paco Revuelta, José María Alonso, Pepe Suero, Juan Antonio Muriel, Paco Ortega, Isabel Montero, sin descuidar a los bohemios de larga duración como el sevillano Silvio. Pero, sobre todo, Javier Ruibal y Joaquín Sabina, cuyos primeros discos 'Duna' e 'Inventario', respectivamente, abrirán y cerrarán dos décadas y nuevas expectativas. En la Andalucía de Miguel Ríos, el rock con denominación de origen estallará a ordo de grupos como "Smash", "Triana", "Alameda", "Medina Azahara", "Storm", "Simun", "Cai", "Tabletón", "Goma", "Imán" y muchos otros, a cuyas filas se afiliarán músicos posteriormente solitarios y estupendos como Chano Domínguez. En el aldabonazo musical del que gozó aquel periodo de la historia andaluza, tuvo que ver mucho la labor de productores como Ricardo Pachón y, sobre todo, Gonzalo García Pelayo, en su serie "Gong" de Movieplay. Las gramolas asisten a mestizajes inesperados como el tránsito del cante a a la copla de Rocío Jurado y Antonio Cortés "Chiquetete", la consagración de Isabel Pantoja y una paulatina tendencia a la fusión, que enarbolan, sobre todo, Kiko Veneno y, luego, los Pata Negra. Mientras Turronero canta la Andalucía de Paco Cepero, Chekara llega con la orquesta de Tánger, para traer desde Marruecos la música clásica de Al Andalus, que se incorporó al espectáculo Macama Jonda, de Heredia Maya, y el repertorio de Juan Peña 'El Lebrijano'.
Cine-clubes, centros culturales, librerías, pubs, asociaciones diversas, zarandean, ya para siempre, al oficialismo de la cultura franquista. El Congreso de Cultura Andaluza, proclamado por la voz de Antonio Gala, intentó poner pies en pared sobre todo este patrimonio que levantaba alegremente la tapa de la cripta en la que el franquismo pretendió enterrarlo. La cultura de transición asumía, de pronto, el hispanismo de Gerald Brenan y de Ian Gibson, pero revisaba rigurosamente la historia de la mano de Antonio Domínguez Ortiz, Sánchez Mantero o una serie de cronistas que restaurarán aspectos epecialmente oscuros del pasado reciente: bien desde un plano político, como José Acosta -"Andalucía, reconstrucción de una identidad y la lucha contra el centralismo"- aproximaciones biográficas a la figura de Blas Infante, como las que lleva a cabo Ortiz de Lanzagorta, epopeyas colectivas -"Sevilla la roja", de José M. Macarro- y aspectos más genéricos y académicos, como los que irán firmando Manuel Ruiz Lagos, Juan Díaz del Moral, Juan Antonio Lacomba, Antonio María Calero, entre otros muchos. La creación de los nuevos distritos universitarios consolidaría una estructura docente para la investigación y el pensamiento, donde cupieron desde los interesantes estudios de antropología, auspiciados por profesores como Isidoro Moreno, a las reflexiones psiquiátricas de Carlos Castilla del Pino o José Aumente, así como Luis Rojas Marcos, trasterrado en Nueva York. La transición permitió una mayor difusión de la obra de pensadores andaluces como María Zambrado o Adolfo Sánchez Vázquez. En vida no pudo ocurrir otro tanto con Pablo Picasso, que sigue exiliado en París cuando fallece en 1973. La memoria plástica andaluza rescata a Manuel Ángeles Ortiz y abre un amplio abanico de tendencias, desde el riesgo de Francisco Peinado y Vicente Vela, al realismo poético de Carmen Laffón o Joaquín Sáenz y el gusto por el retrato de Hernán Cortés. La iconografía de la transición se reparten, en dosis similares, entre los grabados jornaleros de Cuadrado y el toro de Osborne que ya había levantado Manolo Prieto por las carreteras de todo el país. Cuando Juana de Aizpuru abre su primera galería en Sevilla, estaba anunciando la puesta de largo de una nueva actitud ante la pintura, que habrían de testimoniar creadores como Guillermo Pérez Villalta, Chema Cobo, Curro González, Juan Vida, Lorenzo Saval y una interminable relación de imprescindibles.
El entusiasmo llegaba, incluso, a fronteras paradójicamente inexploradas desde Andalucía, como el cine, con documentalistas como Miguel Alcobendas, Pilar Távora o Manuel Carlos Fernádnez, en un contexto donde, con mayor o mejor suerte, prosperaban festivales cinematográficos como el de Huelva, Sevilla, Benalmádena o el de Alcances, en la capital gaditana. Pero la geografía andaluza también era una gacetetilla del nuevo peridoismo -El Correo de Andalucía, Informaciones, Torneo, Tierras del Sur, Diario 16 Andalucía o míticos programas radiofónicos como 'El loco de la colina', de Jesús Quintero, pero también una larga y remozada viñeta, desde Equipo Andaluz de Tebeos, de Granada, a McClure, el primer fanzine regional de este género que aparece en Cádiz, en 1978. Claro que la figura primordial del comic nuestro de aquel tiempo fue Nazario, el creador de Anarcoma, quien desembarcó como estudiante en Sevilla, procedente de Castilleja del Campo. El mismo fue uno de los signos andaluces de aquello que se dio en llamar 'La movida madrileña'. Que no siempre fue movida ni tuvo su único escenario en Madrid.
Otros de los protagonistas de aque nuevo mundo que se abría en la España de las libertades, murieron pronto como un síntoma de que, poco a poco, Andalucía y el país también se irían normalizando, cuando los colores de la pasión se volvieran grises y convencionales, sin demasiado tiempo ni motivo para el entusiasmo. Fue el caso de los Costus, a los que se llevó el sida y el mal de amores. O aquel Ocaña que cantaba las coplas en los cementarios y pintaba en Las Ramblas, que murió en su pueblo, Cantillana. Era carnaval y él iba vestido de sol. Su disfraz ardió como los sueños de buena parte de su generación: "¡Ay de quien no sienta la cabeza / y entre nubes de sueños se pierde! / ¡Dios le salve de la clase media!", le cantaría Carlos Cano. |
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