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22 de noviembre de 2011 |
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Carlos Cano |
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A duras penas |
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Aquella noche estábamos frente al televisor, mi madre, mi abuela y yo cuando dieron la noticia. No sabíamos cómo reaccionar ni lo que podía pasar porque mi abuela estaba siempre con la obsesión de que los de Franco habían fusilado a mi abuelo. Estábamos en silencio, cuando soltó uno de sus prontos con su gracia granaína: Míralo el joío; se pensaba que iba a durar toda la vida. ¡Hale!, a tomar por culillo. Era su forma de expresarse, con ironía y mucha retranca. La verdad es que notamos que se abrían las compuertas de la libertad como una tormenta. Agua fresca que nos arrastró a todos para hacer posibles nuestros sueños de libertad. Me sentí con mi guitarra como un trovador medieval dando la buena nueva; quitando penas, quitando hambres, que me decía mi amigo Diamantino que la cantaban los niños de Los Corrales en el autobús que los transportaba al colegio. Ese año apareció mi primer disco, A duras penas. Le puse ese título porque así era como íbamos levantando cabeza; así iba yo también encontrando personalmente mi camino. En ese disco cantaba La murga de los currelantes. Alguien me dijo que esa canción era como la mejor tesis que resumía lo que nos había pasado, lo que nos estaba pasando en ese momento. En realidad, yo me había figurado a mis vecinicas del Zaidín cascando entre ellas, comentando sus penas, sus transbordos de vivienda en vivienda, la mala vida, contada con tanta gracia, que hay que ver la que armaron, la que liaron, con la salía... Esos años fueron esenciales para adquirir un conocimiento más profundo de Andalucía, con Aumente, con Diego y José María de los Santos, con Antonio Burgos, con Pope Godoy, viajando en el Dyane 6 de Antonio Ramos, buscando papel para editar las obras de Blas Infante; con la Cuca y Antonio Lozano, qué hermosura de gitanos del Polígono de Cartuja. Antonio era un faraón que había cambiado la faca por una bandera. Cuando murió lo enterramos envuelto en la verdiblanca. Y con otra mucha gente de tendencias diversas y experiencias tan extraordinarias como las que me contaba Eduardo Saborido. Mi acercamiento al andalucismo tenía un sentido político de reivindicación, que se tratara a nuestro pueblo con dignidad, de igual a igual, sin el desprecio que estábamos sufriendo. El andalucismo no tiene nada que ver con los nacionalismos excluyentes que conocemos. Y es porque en Andalucía contamos con un componente anarquista y unos valores éticos más universales, los que nos ha transmitido la sabiduría popular de nuestros mayores; la de mi abuela sin ir más lejos. |
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