Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  22 de noviembre de 2011
  Juan Carlos Rodríguez
  Luchar juntos
  Analizar la historia supone establecer una serie de puntos básicos para el conocimiento de nuestra vida. Para pensar nuestro ayer y nuestro hoy. Y lo que pienso desde hoy es que para hablar de la Transición es preciso hablar de su genealogía auténtica. Más o menos en el siguiente sentido:

1. Nos equivocamos al creer que había existido realmente un fascismo en España como clave hegemónica. Sí existió un fascismo intelectual y literario. Los nombres son obvios: Laín, Tovar, Ridruejo, Sánchez Mazas o la tríada poética de Rosales, Panero y Vivanco, una lista a la que se podrían añadir muchos más nombres. Indudablemente la Universidad era un nido de fascistas. Y existió un aparato de prensa y propaganda, dirigido por el granadino Juan Aparicio, que fue decisivo. Hasta aquí lo que admito. No admito, sin embargo, que los sindicatos verticales, la Seguridad Social o las instituciones de enseñanza media fueran fascistas “per se”. Incluso las ciudades estaban regidas por un patrimonialismo burgués mucho más que por una sistemática fascista. El caso de los sindicatos era de un populismo amarillo que podía semejarse a todos los populismos capitalistas, desde Chicago al peronismo argentino. Tras la derrota nazi en la Segunda Guerra mundial y desde la visita de Eisenhower a finales de los cincuenta para abrazar al caudillo, el fascismo en España fue un esperpento. Sólo quedó esa imagen del caudillismo paternalista que por otra parte era bastante lógica en un país que adoraba al padre y a los santos en cada esquina de la casa o de las calles.

2. Lo que existió, pues, fue el franquismo. Casi todo el mundo era franquista de modo más o menos larvado. Había miedo y había convicción. Y me explico: el franquismo fue la culminación de la revolución burguesa en España. Tras todas las intentonas liberales del XIX se procuró establecer un orden burgués y laico para el capitalismo español en la Segunda República de 1931. No olvidemos que el capitalismo mundial estaba atravesando una quiebra enorme desde el 29. No olvidemos que los capitalismos alemán e italiano se vieron aterrorizados por esa quiebra y por la amenaza de la revolución roja -y luego de los frentes populares- en todos sus poros. El nazismo y el fascismo no fueron, como hoy se dice de manera cruel e idiota, una invención pasajera o una moda. Fueron algo pagado y manejado por un capital al borde de la quiebra y con terror a las masas obreras. Sin duda el nazismo y el fascismo fueron también movimientos nacionalistas y pequeñoburgueses que, frente a los revolucionarios de verdad, hablaban de la revolución nacional. Frente a las camisas rojas surgieron las camisas pardas o negras; frente a la bandera roja de los trabajadores, la bandera mítica de los supuestos ancestros nacionales (Alemania e Italia acababan de unificarse  como naciones, y Alemania acababa de perder una guerra devastadora). Quiero decir, frente a la hoz y el martillo había que presentar la cruz gamada o los haces de la Roma Imperial. Frente al puño cerrado de las izquierdas, ellos extendían la mano como distintivo no menos amenazador. Era un espejo grotesco, puesto que, por mucho que hoy se hable de totalitarismos, por un lado se trataba de defender a los explotados y por otro lado de defender a los explotadores. Y creo que este matiz es básico. En el fondo los nazis o los fascistas eran unos asesinos al servicio del capital (o del capital/nación: la cuestión es muy compleja). Las burguesías españolas se encontraron con el mismo problema: construir un mercado y un desarrollo interior competitivo y a la vez evitar la amenaza roja. El triunfo del Frente Popular en las elecciones de 1936 fue el detonante obvio para que se impusiera otro tipo de revolución burguesa: la guerra contra los de abajo. Había tres aparatos sociales básicos: el ejército profesional de África (derrotado en Cuba y derrotado en África); la Iglesia  que odiaba el leve laicismo republicano y su pérdida de poder en la enseñanza; y sobre todo el gran aparato social, la verdadera urdimbre de las burguesías y los capitalismos hispánicos, la CEDA (confederación española de derechas autónomas –autónomas de la República– y dirigidas por Gil Robles).
Pero el problema de una guerra –y del sistema social que establecen luego los vencedores– es quién la paga. Se ha hablado mucho de banqueros como March que pagó el viaje de Franco a la Península, o, posteriormente, de las grandes empresas como Cementos Portland o Dragados y Construcciones que se aprovecharon del trabajo casi gratis de los republicanos vencidos para enriquecerse. Pero no se trata de casos aislados. Fueron todos los capitalismos y todas las burguesías hispánicas las que pagaron, mantuvieron y se enriquecieron con el franquismo. El capital no entiende de nacionalismos periféricos. Mucho menos en momentos de miedo auténtico frente a su propia quiebra y frente a los rojos. Si no hablamos de esto no podemos entender nada del llamado capitalismo democrático de la Transición. Lamento mucho que los historiadores actuales ignoren la explotación de clases al estudiar esta época y la nuestra.

3. El hambre y la autarquía económica y cultural de los años 40 y principios de los 50 fueron quizá los mejores momentos para el fascismo en la España de Franco. Pero seamos serios: ¿de qué fascismo se podía hablar si el Movimiento unificaba a los falangistas, a los democratacristianos, a los monárquicos de D. Juan, a los monárquicos carlistas, a los sindicalistas brutales de las JONS convertidos ahora en miserables burócratas de corbata? Aparte de su prensa y de su podredumbre universitaria ¿qué era la Falange sino unos fantasmas que nos enseñaban en el bachillerato las dos “marías”, la Formación del Espíritu Nacional y un deporte ridículo? La religión siguió mandando como siempre y como siempre, y sobre todo, siguió mandando la mesa camilla familiar, ese reducto pequeñoburgués, esa oscuridad del orden y la moral, ese nido de ratas donde estuvo siempre guardándose la caja de la gusanera del franquismo, y no precisamente unos gusanos de seda.

4. Como digo la Guerra Fría fue decisiva en España como en el resto del mundo. Por un lado la Segunda Guerra había servido para relanzar al gran capital en USA y muy pronto en Europa. Occidente estaba al fin constituido (y la URSS era sólo un capitalismo estatal de segunda fila, salvo en el aspecto militar). Pero como el enemigo seguía siendo el fantasma del comunismo, los USA decidieron seguir apoyando a un franquismo cuyo lema había sido siempre el anticomunismo directo. De ahí el tratado político-militar con los USA y la petición del capital español de que por favor se le admitiera en el Mercado Común Europeo. El turismo, el dinero de los emigrantes y los planes de estabilización hechos por los tecnócratas que pertenecían al Opus fueron un martillazo decisivo, al menos a medio plazo, para los residuos de fascismo que aún pudieran existir. Claro que la gente tenía miedo porque el franquismo aniquilaba y encarcelaba y asesinaba judicialmente (el asco hacia Fraga proviene tanto del asesinato legal de Grimau como de los muertos de la plaza de toros de Vitoria), pero las cartas estaban ya echadas sobre la mesa. En la Guerra Fría estaba claro que los diversos monopolios capitalistas habían dejado de competir entre sí, al menos radicalmente, para unificarse en el mercado-mundo global. Con la OTAN y el resto del Ejército americano como cobertura. Y sobre todo la cobertura económica: la victoria heroica en Vietnam fue asfixiada luego por el ahogo económico y así en todas partes: Cuba, Angola, Chile, etc. El mundo estaba ya plenamente diseñado, su orden plenamente constituido y, nosotros, como los Sioux, seguíamos luchando contra un inútil símbolo pálido que se debatía entre las manos del equipo médico habitual. No es que fuéramos imbéciles, es que necesitábamos llegar a la meta de algún modo. Y obviamente nos engañábamos pensando que la meta era Franco en vez de intentar la lucha imposible contra el capitalismo. Así nos dividimos en progres y rojos, y los progres se convirtieron en un enjambre y los rojos nos redujimos a nada. La Transición fue de hecho un retorno a la república con rey, con un capitalismo plenamente establecido y unas libertades democráticas bastante aceptables. Ahora ya no había miedo a las libertades porque la izquierda había sido destrozada y se había destrozado a sí misma. Lo mismo que las derechas hispánicas se habían unificado bajo el Movimiento, los capitalismos hispánicos se unificaron luego bajo el nombre de la Transición. Era inevitable y no hay por qué darle más vueltas de hoja al asunto.

Durante años fui miembro del PC, de Comisiones y de la Célula Gramsci. Y recuerdo a mis amigos: Justo Navarro, José Carlos Rosales, Eduardo Castro, Javier Egea, Juan Vida... Cuando me marché, cuando llegaron los espías que surgieron del frío, simplemente dije, como Robert Graves, adiós a todo eso, a todos vosotros, cretinos burócratas stalinistas. Y así les ha ido y les va. Pero mi homenaje al PC del interior de entonces será siempre imperecedero. Y no mitifico nada. Allí conocí a las mejores y a veces a las peores personas que he tratado en mi vida. Y no siempre los peores estaban sentados en el sillón de mando. Hoy está claro que la izquierda tiene que ofrecer o alcanzar otro tipo de organizaciones, pero aunque hace años que yo no milite en ninguna, eso no obsta para que siga siendo marxista y siga luchando por el sueño de la libertad sin explotación. Ni para que me siga acompañando la sombra de los viejos y los jóvenes luchadores de los pueblos que me recibían en la oscuridad del amanecer: Salud, camarada. Ellos, los viejos y los jóvenes, las mujeres y los hombres que se habían tragado todos los sapos del mundo. Yo, casi un crío todavía, que llegaba con  mi coche para llevarlos a no sé dónde. Lo importante era el aquí y ahora. Lo importante era –y es– que luchábamos juntos.
   
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