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22 de noviembre de 2011 |
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Pepe Godoy |
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Tocando la utopía |
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Ésa era la impresión entusiasta y, al mismo tiempo, desgarradora, que tenías cuando viajabas por los pueblos dando charlas en los más variados escenarios: hasta en la iglesia hubo que cobijarse cuando el gobernador prohibía cualquier otro local. Los comentarios de la gente, las preguntas, la avidez expectante, los rostros y las miradas confirmaban lo que ya había detectado el profesor José Acosta: La base popular tiende siempre a convertir en revolución social lo que empieza como movimiento político. El cambio de la dictadura a la democracia se vivió en la Andalucía profunda como una revolución social. Trabajaba yo entonces en cuerpo y alma desde la asociación cultural Solidaridad Andaluza. A través de hojas multicopiadas que volvían a multicopiarse en otros lugares y a través de montajes audiovisuales intentábamos acercar los problemas de Andalucía a los estratos más desfavorecidos y a los sectores más inquietos. La adscripción puramente cultural abría las puertas en los más variados entornos: asociaciones vecinales, culturales y hasta deportivas, sindicatos, comunidades cristianas, parroquias, partidos políticos, etc. Este abanico de situaciones y percepciones permitía tener una visión bastante amplia de las expectativas populares. El primer objetivo, emergiendo de la memoria colectiva, era recuperar la reforma agraria irredenta. Hubo pueblos donde se repartieron las tierras antes de las primeras elecciones y hasta algunos de los caciques huyeron a la ciudad ante la enorme aunque soterrada expectativa social que se estaba fraguando. Por fin las primeras elecciones democráticas en 1977, pero nada cambió y ésta fue la primera decepción popular. Había que dar un paso más. La autonomía andaluza se fue configurando en el imaginario colectivo como la gran palanca político-social para salir del subdesarrollo. De nuevo la utopía al alcance de la mano. Recuerdo el inmenso dramatismo de los rostros jornaleros durante aquellas fugaces charlas de diez o quince minutos en los tajos del empleo comunitario. Era una semi-clandestinidad. Un silbido y se juntaban diez o doce. En plena calle, en parques o en las afueras. Palabras que intentaban ser concisas y directas por mi parte... y enseguida a otro tajo. El estribillo era siempre el mismo que la gente interiorizaba desde su profunda indigencia: Andalucía no puede esperar, necesitamos la autonomía para poder comer. Y aquella penuria estremecedora de tantas familias: Yo quiero un libro de ésos, pero no lo puedo pagar porque necesito los 20 duros para comer. Se trataba de Andalucía a lo claro en su primera edición. Nunca vi tanta hambre de pan ni tanta hambre de cultura a la vez. Recuerdo la inmensa expectación que suscitó Antequera, como primera comarca de Reforma Agraria. Ya lo había dicho algún político: Hablar de Reforma Agraria da votos. Y cómo fue calando la decepción y el desaliento. De reparto de tierras, nada. Y de más empleo agrícola, nada. Y cuando explicabas las hectáreas que, en cualquier caso, quedarían en manos de sus actuales propietarios, los ojos desencajados de los jornaleros: Entonces no queda ná pa nosotros. El proceso era el mismo en los barrios de las ciudades, pero a la hora de concretar las utopías quedaban más borrosas. Imaginación no faltaba desde luego. Recuerdo la manifestación en un barrio de Almería en la que participé junto a un burro que llevaba un gran cartel pidiendo el sí a la autonomía. Decía el letrero Yo no puedo votar, pero tú SÍ. Siempre es posible volver sobre aquel trozo trepidante de la historia andaluza para preguntarnos con la perspectiva del tiempo: ¿Qué queda de aquella utopía movilizadora? ¿Qué se ha conseguido y qué nos queda por conseguir? |
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