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22 de noviembre de 2011 |
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Cándida Martínez López |
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La calle y la noche también son nuestras |
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Era el momento de empezar a ocupar los espacios durante tanto tiempo negados. Era cuestión de salir del ámbito de lo privado e irrumpir en la esfera pública dominada durante tanto tiempo y con tanto celo por los varones. Era el tiempo de romper los silencios ancestrales y tomar la palabra pública para expresar sentimientos, reflexiones, necesidades y aspiraciones. Era cuestión, simplemente, de hacer saber que las mujeres no sólo estaban participando en una transición política, sino impulsando un cambio en las relaciones y en las mentalidades que iba más allá del debate político que en esos momentos apasionaba y tensionaba a la sociedad española. Y en Granada, como en tantas otras ciudades españolas, las mujeres fuimos creando asociaciones propias, nos incorporamos activamente al movimiento ciudadano, participamos de la vida política y pretendimos llenar la ciudad de esa otra forma de ver el mundo que aporta la mirada y la perspectiva de mujer. Entre finales de 1974 y comienzos de 1975 mujeres de distintas organizaciones políticas clandestinas, de organizaciones antifranquistas o sin afiliación política comenzamos a reunirnos y a crear las primeras asociaciones propias de mujeres. Si la Asociación de Mujeres Profesionales o la Asociación Universitaria para el Estudio de los Problemas de la Mujer (AUPEPM) fueron las pioneras, la constitución de la Asamblea de Mujeres de Granada marcará el rumbo del feminismo granadino durante más de una década. A los debates concretos sobre el divorcio, el aborto, la familia, la maternidad, el derecho a una sexualidad propia, el acceso al trabajo, la importancia de participar en política o la conveniencia de la incorporación de las mujeres al ejército, se sumaban otros de naturaleza más teórica sobre el origen del patriarcado y la opresión femenina o la identidad del movimiento feminista. Son años en los que comenzaron a sacarse a la luz pública, mediante campañas radicales y transgresoras, temas que hasta entonces eran considerados totalmente privados, tabúes, ilegales y por tanto oscuros y hasta objeto de vergüenza. El conocimiento y control por parte de las mujeres de su propio cuerpo, los anticonceptivos, el derecho a una maternidad libre, el llamamiento a las mujeres para que denunciasen las violaciones y los malos tratos formaban parte de ese otro modo de hacer política, de incorporar otros derechos no considerados hasta entonces como tales, y que resumía aquella acertada frase de «lo privado es político». Su carácter radical, reivindicativo y pacífico llenó de violeta las calles y plazas granadinas en las celebraciones del día de la Mujer o en los mítines, manifestaciones y fiestas convocadas. Pilar Palomo, Hortensia Peñarrocha, Mercedes Belbel, María Angeles Pastor, Emilia Barrio o esta que escribe, entre muchas otras, formaron parte de ese innovador, subversivo y pacífico movimiento de liberación de las mujeres. Un movimiento joven, con poca experiencia pero cargado de ilusión, de fuerza y de la convicción de luchar por la causa más justa, había de tener un espacio propio donde encontrar nuevas ideas, donde fortalecer teóricamente sus argumentos, donde conocer las nuevas orientaciones y experiencias del feminismo nacional e internacional. Ese lugar fue la Libreria de Mujeres, lugar de encuentro, de debate intelectual, de palabra amiga. Y esa amiga Hortensia, que entre los libros de Simone de Beauvoir, la Escuela de Boston, Celia Amorós y tantas otras, supo crear un referente de valor excepcional en el mundo cultural granadino que pretendía abrir nuevos horizontes. Para finalizar la década, en diciembre de 1979 se celebraban en Granada las Jornadas Estatales de la Mujer con la asistencia de más de tres mil mujeres procedentes de toda España. El Auditorio Manuel de Falla se convirtió durante unos días en el espacio donde las voces de miles de mujeres ensayaron nuevas formas de interpretar el feminismo. El debate sobre igualdad y diferencia, que tanta tinta hizo rodar en las décadas siguientes, tuvo en Granada su primera confrontación y hasta el amargo sabor de la ruptura de un movimiento hasta entonces unitario. Pero aún resuenan en el Auditorio de la Facultad de Filosofía y Letras las voces de Marina Rosell, Elisa Serna, La Curra y Aurora Moreno, que ponían armonía en un movimiento a partir de entonces mucho más plural y más rico. |
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