| |
|
|
|
INICIO > PROVINCIAS > > ARTÍCULOS |
| |
22 de noviembre de 2011 |
| |
Arturo González Arcas |
| |
La transacción |
| |
En la reciente historia de España, hubo un prestigioso proceso de ingeniería política, que hemos dado en llamar La Transición, de duración imprecisa, no tanto porque no tenga como todo proceso histórico un principio y un final, sino porque queriendo todos haber participado de él, lo estiran hacia atrás y hacia delante, hasta conseguir entrar, aunque sea tangencialmente, de puro refilón, en sus gloriosas páginas. En puridad, yo debiera saberlo, y no hablar de ello como de algo que me hubiesen contado. Debería tener, como cualquier otro español de mi generación, una particular experiencia de La Transición, pues cualquiera que fuese su duración y su naturaleza, yo estuve allí y viví aquellos años modestamente implicado en la política activa del momento. Mas lo cierto es que mi experiencia mas vívida, la que recuerdo con más intensidad después de veinticinco años, es la de haber participado activamente en otro proceso, distinto y paralelo, al que, en rigor, le deberíamos llamar La Transacción. El Diccionario informa que la transacción es la acción y el efecto de transigir; el contrato mediante el cual, las partes, haciéndose mutuas concesiones, evitan la provocación de un litigio o ponen fin al ya comenzado. Y eso fue lo que hicimos muchos: una Transacción. En efecto, mientras unos organizaban la forma de transitar de la Dictadura a la Democracia, otros, que no teníamos la necesidad de realizar semejante tránsito, porque no estábamos con la Dictadura, sino contra ella, pero que estábamos interesados en que ellos transitaran, intentábamos organizar la manera de transigir, colectiva y dignamente, las condiciones de un tratado de paz que pusiese definitivamente fin a la guerra civil de 1936 a 1939, guerra que -como es sabido- no acabó con la firma de ninguna Paz, sino con la imposición de una Victoria. Transigimos, cuando haciendo caso omiso al llamamiento a la abstención que hicieron los dirigentes de la oposición democrática, fuimos a votar SI en el Referéndum para la Reforma Política. Transigimos, cuando planteada la Amnistía, aceptamos olvidar todos los crímenes de guerra y de posguerra, sin pedir tan siquiera que fueran juzgados y condenados previamente a decidir su olvido, a sabiendas de que con este proceder, unos olvidábamos más que otros. Transigimos, cuando elaborada la Constitución, ésta partió del supuesto de una segunda restauración de la monarquía, consagró la legitimidad de dudosos títulos de propiedad sobre tantos latifundios andaluces, instituyó el bipartidismo y marginó a Andalucía del proceso autonómico. Transigimos y llamamos y fuimos a votar bajo el lema A pesar de todo: SI al referéndum constitucional. Y transigimos, porque la transición de los otros, nos interesaba más que todo lo demás. Porque el hecho de que otros transigieran con sujetarse a las leyes del comportamiento democrático, lo considerábamos el requisito mínimo indispensable para firmar definitivamente la paz. Por eso, los que no fuimos ingenieros de la Transición, sino obreros de la Transacción, tuvimos claro en la mañana del 24 de febrero de 1981, cuando los últimos nostálgicos de la Victoria fueron detenidos y puestos a disposición de la justicia, que nuestra tarea había concluido. Y volvimos sin nostalgia a la sociedad civil abandonando la clase política, pero no a la política, en la que siempre hemos estado. Porque de una forma o de otra, todos aprendimos algo que yo tuve oportunidad de aprender en directo la misma noche del 23-F, cuando el Comité Provincial del PSOE se presentó en el Ayuntamiento de Granada con la pretensión de esconder a Antonio Jara y él se negó aduciendo que jamás lo cogerían corriendo de espaldas a las instituciones democráticas. En efecto, a quienes vivimos aquellos años como obreros de la transacción, podrán llamarnos a transigir en cualquier proceso de transición hacia delante. Pero que nadie cuente con nosotros para transitar hacia atrás. Que nadie cuente, ni siquiera con nuestra pasividad, para restringir derechos fundamentales ni a propios ni a extraños. Que nadie nos llame, so pretexto de combatir el delito, a transigir con la persecución de ideas políticas o religiosas, ni nos invite a nuevas reconquistas. Que nadie espere que miremos a otro lado cuando, so pretexto de necesarias reformas en el empleo, se programa la expulsión de los jornaleros del campo andaluz. Que nadie cuente con nosotros para eso, porque, aunque sabemos transigir, La Transacción ya acabó. Y los que la vivimos, recordamos la simple y sencilla explicación de Víctor Manuel a nuestro modesto esfuerzo: aquí cabemos todos, o no cabe ni dios. Siempre es posible volversobre aquel trozo trepidante de la Historia andaluza para preguntarnos con la perspectiva del tiempo: ¿Qué queda de aquella utoía movilizadora? ¿Qué se ha conseguido y qué nos queda por conseguir? |
| |
|
|
|
|