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22 de noviembre de 2011 |
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José Luis García Rúa |
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Algo sobre la transición |
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En el año 1997 se publicaron dos libros míos con el título de Reflexiones para la acción. Una lectura libertaria de la Transición (I y II). Mi juicio sobre ese período histórico sigue siendo el mismo, y, por ello, voy aquí a remitirme literalmente a ellos. En el orden político y por lo que hace a la implantación de la democracia en España, hay un macroperíodo que, en vaivenes de mayor o menor oscilación, abarca desde la revolución de 1868, con sus cortas etapas amadeina y republicana, hasta el período que en la actualidad llamamos transición, después de haber agotado las etapas de la Restauración, la liquidación alfonsina, la II República, la Guerra Civil y el régimen franquista. Un largo período de casi siglo y medio de dolorosas experiencias populares en el que los impulsos hacia la libertad se han venido viendo frenados de dos maneras: en los períodos reactivos, por una represión física de inimaginable brutalidad; en los interludios liberales, en cambio, por una machacona y repetitiva retórica engañosa destinada a disfrazar la vigencia de lo pretendidamente superado [...] En la consideración del período posfranquista, es de gran importancia el arco de acontecimientos que van desde la huelga general del campesinado andaluz de la primavera de 1980 hasta el año-frontera de 1992, año de los grandes Fastos, de la huelga general del 28-M y, del visible declinar de la estrella socialista, comprendiendo entremedias, por ejemplo, los correspondientes al 60 aniversario de la Guerra Civil, a la implantación de las elecciones sindicales y del sindicalismo oficial, al cambio de orientación del movimiento obrero hispano con la radicalización de la protesta activa en los Astilleros de Puerto Real, a la semana negra de Wall Street, al juicio contra los asesinos carcelarios de Agustín Rueda, a la huelga general del 14-D, a la firma del Acta Única Europea, a la disolución formal de la URSS, a la génesis y consecuencias de la Guerra del Golfo, a la consolidación del Nuevo Orden Internacional [...], con un diseño novedoso del talante del imperialismo que, investido ahora, casi en exclusiva, de barras y estrellas, impone su ley de forma ya descarada y sin tapujo alguno [...]. Los acontecimientos que siguieron fueron de la mayor importancia, pues, dibujándose desde 1993 el declive del PSOE y el menoscabo progresivo de su capacidad de gobierno...constituye el conjunto un panorama excepcionalmente aleccionador no sólo para poner de manifiesto fallos concretos y responsabilidades específicas en la conculcación de las formalidades democráticas, sino también para exhibir de forma elocuente las carencias y violencias de fondo del propio régimen democrático burgués, así como del concepto mismo del Estado [...]. En el orden nacional y dentro del campo de la política, abarca ese período todo el arco en el que la corrupción política, amparada y/o promovida desde el poder, y los crímenes de Estado, manifiestos y patentizados como tales crímenes en sustancia y autoría, alcanzaron cotas que emularon algunas de las etapas más negras de la historia española. [...] Resultan acentuados los argumentos sobre la transición, perfectamente desarrollables y claros, que hablan en favor de que se trata de un continuismo político, y que ponen de relieve el factor externo determinante del papel que España habría de jugar en el concierto de las naciones, camino de una homologación universal de regímenes políticos y económicos. [...] Queda también perfectamente clara la vigilancia armada del proceso y la calculada dosificación del ruido de sables como factor de control de inconvenientes movimientos obreros, y también como elemento de afirmación del principio de autoridad. Desde ese punto de vista,...el 23-F no fue un puro y descarado movimiento involutivo hacia un franquismo descarnado, sino un movimiento controlado desde la alta autoridad militar destinado a no perder el dominio de su evolución de los acontecimientos, y a poner de manifiesto que, frente a cualquier vacío de poder, había una autoridad incontestable. Se derivaba de ello que el modelo primorriverista del año 23 era el que había ocupado fundamentalmente la mente de los altos promotores. Tal lectura del hecho cuestiona, por supuesto, la versión oficial de la posición de las autoridades militares y del propio Rey en tal proceso [...] En la revista EL SIGLO DE EUROPA (3-3-97), JJ Fernández da ya una versión, no del todo exhaustiva y clara,...pero sí ya muy distante de la versión oficial procedente de las actas de Campamento. Se contiene allí, entre otras cosas, las relaciones ad hoc del general Armada, cabeza visible del golpe, con los socialistas y sus conversaciones con el general Sabino Fernández Campos (entonces primer consejero político de la Casa Real), el oscuro cometido del CESID en el poceso, el papel ambiguo del Rey... En la primavera del año 2001, se tuvo a bien dar por cerrado, por prescripción temporal, el tema del 23-F, a la vista de que las indagaciones podrían husmear ya el elefante blanco, cúspide de la trama. La serie de contradicciones internas de la Constitución, votada a fines de 1978 y cuya intermitente y bufonesca intrumentalización actual convierte a la política en un esperpento de dramáticas hipocresías, sigue dando fuerza a nuestra tesis de que la no-ruptura con el régimen anterior encubrió un cambio de forma en un continuismo fundamental, cosas que, por lo demás, se habían venido ya constatando durante el propio desarrollo de la dictadura, y, con especial énfasis en el tardofranquismo. Desgraciadamente, con alguna variante, la historia se sigue repitiendo. |
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