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22 de noviembre de 2011 |
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Miguel Martín Romero |
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La sorpresa de los pactos |
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El 19 de abril de 1979 Arturo González Arcas se acostó pensando en el discurso que iba a pronunciar al día siguiente al tomar posesión como primer alcalde democrático de Granada después de cuarenta años. Desconocía en ese momento que la madrugada venía con aires de traición y en Sevilla Rojas Marcos había decidido cambiar las alcaldías de Granada y Huelva por la de Sevilla. Los pactos de izquierda le habían gastado una mala pasada a González Arcas, y los andalucistas vieron frustrada su aspiración a gobernar Granada por culpa de un pacto firmado con nocturnidad y alevosía en Sevilla. La decisión tuvo grandes consecuencias al cabo del tiempo. Desde ese momento el voto andalucista no ha levantado cabeza en Granada. El pueblo granadino ha castigado de forma reiterada y sin compasión a los nacionalistas y ha reducido a una opción marginal a este partido. El precio fue muy alto y el andalucismo vive desde entonces como un enfermo terminal, sin capacidad de recuperación. Las elecciones municipales de 1979 se celebraron el 3 de abril. Eran las primeras de la democracia y los partidos hicieron la campaña en un estado de agotamiento ya que sólo un mes antes se habían celebrado elecciones generales. La expresión más clara del esfuerzo desarrollado por los militantes tuvo su reflejo en el entonces secretario general de Comisiones Obreras, Marcelino Camacho, que en el mitin final de campaña se quedó totalmente afónico, sin poder acabar su intervención al quedarse mudo. Las cuerdas vocales se habían agotado y tenía rota la garganta. Tuvo que salir el candidato comunista Damián Pretel a echarle una mano y disculpar al viejo luchador. Los comicios los había ganado el centro-derecha. José Sánchez Faba, un magistrado de sólida formación, distante y frío en lo personal, había ganado las elecciones para UCD. Sus posibilidades de gobernar se desvanecieron la misma noche electoral. Antes, como ahora, si la derecha no saca mayoría absoluta, se queda sin el poder. En aquel entonces el PSA era más socialista que andalucista, más de izquierdas que nacionalista, y no cabía duda de que se sumaría a la coalición de izquierdas que preparaban PSOE y PCE. Los resultados de aquella noche volvieron a dejar a los andalucistas con la llave para formar mayorías de izquierda en seis capitales andaluzas. El problema estuvo en la negociación. Rojas Marcos valoró más la capital sevillana, su ciudad, que el resto de las capitales. Y en la madrugada del 19 de abril, pactó con Rodríguez de la Borbolla (PSOE) y Fernando Soto (PCE)la fórmula del dos por uno, cambió las alcaldías de Granada y Huelva por la de Sevilla. Antonio Camacho, un hombre bueno, sin preparación política, definido como el alcalde-gerente, se encontró con la alcaldía por sorpresa y en el último minuto. Un regalo inesperado fruto de los pactos. Los acontecimientos le superaban en todo momento, no sabía dar respuesta a los problemas y los plenos se convirtieron para él en un auténtico calvario. En su grupo de ediles socialistas pronto comenzó a destacar Antonio Jara, que fue de número seis en la lista y que antes de un año se convirtió en el alcalde de Granada. La etapa de Camacho fue penosa y tuvo que dejarlo al no poder soportar la presión que se produjo por un contencioso urbanístico de calado, la construcción ilegal de un hipermercado en terrenos de la Vega, un problema que se le atragantó y no supo resolver. Jara pasó entonces a un primer plano, y desde la alcaldía trabajó para dotar de infraestructuras a la ciudad y hacer realidad lo que todos habían escrito en sus programas electorales. Con el tiempo se convertiría en el mejor representante público de la ciudad, y veinte años después ningún otro político ha tenido su altura, autoridad y proyección. El partido ganador de aquellas elecciones fue la UCD, que obtuvo once concejalías. No logró el gobierno local por el pacto de izquierdas, por lo que a su candidato se le dio la salida de la presidencia de la Diputación Provincial. Sánchez Faba fue presidente de la Diputación con una mayoría holgada de 16 diputados de los 27 que componen la corporación. La verdad es que los primeros cuatro años de nuevos ayuntamientos democráticos no frustraron las expectativas. Tanto en esta legislatura como en la siguiente los Ayuntamientos fueron el eje de la vida política y los alcaldes se esforzaron por dotar de parques, jardines, saneamientos y grandes obras a las ciudades. Desde entonces las arcas municipales quedaron endeudadas y la capacidad de gestión de las siguientes corporaciones se ha visto más reducida. Pero también es cierto que los políticos municipales de la primera etapa democrática tenían más altura, capacidad e ilusión que los que les han sucedido. Brillaban más porque eran mejores, pero es que además estaba todo por hacer por lo que los alcaldes se distinguieron por su gran imaginación, capacidad de gestión y puesta en marcha de numerosas obras. De aquel primer Ayuntamiento democrático destacaron Fermina Puerta, trabajadora incansable, siempre al lado de los débiles, entregada en todo momento a la mejora de los servicios sociales municipales. Brilló con luz propia la capacidad dialéctica de Arturo González Arcas, la carga ideológica de Miguel Medina Fernández-Aceytuno, la profundidad política de Juan Mata, y la buena crianza de Castillo Higueras, que le sirvió para elevar el rango del protocolo y destacar en la defensa de la historia y la cultura local. Un lujo de corporación, cuyos principales elementos repitieron cuatro años después en el Ayuntamiento. |
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