Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  22 de noviembre de 2011
  Antonio Carvajal
  Por peteneras
  “Siendo lo transitorio intransitable”, como dejó escrito Juan José Domenchina, no puedo levantar en mi memoria recuerdos excesivamente precisos de la España que me tocó vivir y me vivió hace veinticinco años. Tengo una profunda sensación de desagrado, pero sería injusto achacarle exclusivamente al guiso los regüeldos agrios de una mala digestión. Repaso mi libro de entonces, Siesta en el mirador, publicado en 1979, y el desagrado se convierte en malestar. Militaba, sin creérmelo, en el Partido del Trabajo; teníamos una víctima inocente, Javier Verdejo, y muchos militantes ilusionados u ofuscados, con tanta ilusión y ofuscación que, según sus cuentas, se obtendrían en Granada al menos dos diputados que, con los cuatros carrillistas y un socialista, completarían un cuadro tan mágico que llevó a un dirigente que nos visitaba a preguntar si en Granada había derecha. ¡Si había derecha en Granada! Había derechas: había una derecha franquista, cuatro o cinco derechas ultras y facinerosas (y alguna hasta pintoresca y pluscuanfranquista), una antifranquista y verdaderamente democrática, conveniente y sensata, y la camaleónica que nutrió las filas liberalizadas del PCE, del PSP, del PSOE, del PSA, y que incluso se comprometió dando la cara en aquel batiburillo milagrero que se aglutinó bajo las siglas de UCD, en poco dispar de un PSOE al que le brotaron los militantes como las setas tras las lluvias, con gran asombro de quienes sólo teníamos contabilizados siete hasta el 20 de noviembre de 1975. ¡Que si había derecha! Como apoderado del PTE asistí al recuento de votos en un colegio electoral del Albaicín: socialistas y comunistas consiguieron que se anularan papeletas del AP con ligeras diferencias tipográficas respecto a las oficiales y, gracias a ello, el PCE quedó tercero en un colegio donde el PTE no obtuvo un solo voto.

Recuerdo el escándalo que se armó cuando, durante un mitin en Loja, mi buen amigo Miguel Olmedo Moreno, abogado del Estado, candidato al Senado por UCD y hombre tan moderado en su conducta como apasionado por la filosofía kantiana, dijo que, si queríamos que la sangre volviera a correr por las calles de España, votáramos a Fraga. Como vivíamos una transacción y no una transición, las vestiduras rasgadas dieron lugar a tantos zurcidos y remiendos que aquellas palabras se condenaron, pero destacados plañideros del 20 de noviembre todavía se permiten decirnos qué es democracia y cómo se es demócrata.

La transacción española ( me gusta más la palabra vulgar: transación), fue milagrera en demasía. Tan parecía que se iba a producir una revolución pacífica y culta que, cuando llegó la democracia formal con las elecciones municipales de 1979, que ya son otro cantar, hubo alcaldes que lo primero que dispusieron fue derribar el muro del corralillo del cementerio y edificar la casa de la cultura: no sospechaban que se avecinaba el desencanto, esto es, la vuelta de la derecha camuflada y vergonzante a sus posiciones habituales. Mientras todos estaban encantados, en aquella campaña electoral de 1979 y por boca de un analfabeto de la Vega recibí dos de las mejores lecciones de poética que me han dado, gratis, en la vida: Mitin del PTE en Pinos Puente; tras hablar dos candidatos al Congreso, una profesora universitaria y un obrero metalúrgico, me dice mi acompañante, aparcero de un secano: “Yo a esta gente no la voto”. - “Que pasa, ¿no le gusta lo que dicen?” - “No, lo que dicen está muy bien, pero hablan lo mismo que yo y a mí esta gente no me sirve para defenderme”. Y, después del mitin, en casa del mismo analfabeto consciente que el dominio de la lengua es la herramienta básica en la lucha de clases, tras muchas copas y mucha conversación, celebrando la noche primaveral, el candidato al Senado, Carlos Villareal, dice los versos iniciales de la Soledad primera de Góngora, y mi veguero comenta: “Para que haya poesía las palabras tienen que volar”. Dos lecciones y, como dije, gratis.

Gentes como este Paco Mercado (pues mi veguero, como todo hombre de bien, tiene nombre propio) son las que me enseñaron a mantener la exigencia de máxima calidad en mi trabajo, son las que mantienen viva mi fe en ciertos sectores del pueblo español no tan desencantados ni tan contaminados de pensamiento único y corrección política como la pequeña burguesía transfranquista que nos gobierna bajo cualesquiera siglas, dichosa gozadora de una trasación política cuyos mejores frutos ha sido la sucesiva degollación de los Suárez, Carrillo, González y cuantos más fe que conocimiento real de la sociedad que habría de devorarlos han hecho posible esta cómoda, olvidadiza y “apacible y triste España”.
   
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