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22 de noviembre de 2011 |
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Juan Bustos |
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¡Tararí! ¡Tararí! |
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Mi generación creció al compás del ¡Tararí! ¡Tararí! que tocaba un vibrante cornetín al terminar el Diario hablado de Radio Nacional de España, el famoso parte que se radiaba habitualmente dos veces cada día: a las dos y media de la tarde y a las nueve y media de la noche. Extinguidos los ecos del ¡Tararí! ¡Tararí!, una voz grandilocuente decía: ¡Caídos por Dios y por España, presentes. ¡Viva Franco! ¡Arriba España! y sonaba el himno nacional. Fue así durante cuarenta años justos, desde 1937 en que Radio Nacional empezó a transmitir. Creo recordar, desde Salamanca, a través de unos equipos que había regalado Hitler hasta 1977, dos años después de la muerte de Franco, en que un Real Decreto acordado en un gobierno de UCD aprobó la libertad de información en la Radio y las emisoras privadas ya no tuvieron obligación de conectar con Radio Nacional para retransmitir el aburrido y somnífero parte.
Ya en mis años profesionales como locutor primero en Radio Sevilla, luego en Radio Granada, ambas emisoras de la SER, la conexión rutinaria y obligatoria con RNE era una excelente oportunidad para escapar del laboratorio y disponer de treinta minutos de descanso, ideal para las copas del mediodía o de la noche. Le llamaban a uno por teléfono al bar cercano: ¡Bustos, que está terminando el parte! y llegábamos a tiempo del tararí y de reemprender el servicio.
Ninguna emisora privada de entonces soñaba con la posibilidad de confeccionar información propia. ¡Faltaría más! Aunque supiera toda España que el coche de Carrero Blanco había saltado por los aires, con Carrero Blanco dentro. Aunque todo el mundo estuviera ya enterado de que un avión militar posteriormente había caído enfrente de Palomares con bombas atómicas en su interior. Aunque alguna emisora norteamericana hubiera transmitido ya desde Madrid la muerte de Franco. Había que esperar a que lo dijera Radio Nacional de España, cinco, ocho horas después, las que fueran. El Régimen sólo toleraba una radio informativa y ésa era Radio Nacional de España. Las demás, privadas, se dedicaban a los programas de entretenimiento, a los seriales radiofónicos y al fútbol, para sobrevivir, y, curiosamente, con tan escasos y limitados mimbres, se habían ganado el aprecio y la simpatía del país.
La SER, pese a su espíritu liberal bien probado durante la II República, pudo capear el temporal interminable de la Dictadura. Mucho tuvo que ver en ello Antonio Fontán de la Orden, capitán del ejército en situación de retiro y propietario de Radio Sevilla, que puso la emisora al servicio de Queipo de Llano, ayudándole a dominar Sevilla la roja. Semejante credencial garantizó la supervivencia de la SER, principal baluarte de la radio privada en la España Franquista. Ya a finales de los años 60, vaticinándose tiempos de cambio, empezaron en las emisoras de la cadena programas de entrevistas, que fueron curtiendo a sus gentes en una parcela muy cercana a la información. Otro paso, decisivo, al frente, en ésta cuestión, fue la formidable idea de Antonio Calderón la cabeza más clara de la historia de la SER al concebir Hora 25, que comenzó a transmitirse el lunes 31 de enero de 1972, con Manuel Martín Ferrand, como director, y José María García, como comentarista deportivo. En Granada, donde yo estaba entonces, Hora 25, con sus entrevistas y comentarios sobre personajes de actualidad, sirvió para poner a prueba nuestras posibilidades de hacer emisiones informativas, simultáneamente, su director, Adolfo Machado de la Quintana, hizo una Matinal Radio Granada, en conexión con emisoras de Jaén, Almería y, creo también recordar, Málaga. Fue otra experiencia que nos fue preparando para generar a la radio pública cuando llegara el momento. Y el momento llegó aquel 1977, el año de la legalización del PCE, de las primeras elecciones democráticas, del regreso de la Pasionaria, de la matanza de Atocha, del Nobel de Literatura a Vicente Aleixandre. El año, bendito sea Dios, que dejamos de oír dos veces al día el crispante tararí - tararí del cornetín de Radio Nacional de España. Ya no hubo necesidad de exprimir el ingenio para introducir la información cotidiana disfrazada de mil maneras. Era el fin definitivo del viejo Régimen. |
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