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22 de noviembre de 2011 |
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José Carlos Rosales |
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Deslumbrante y oscura |
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Todavía me acuerdo de las reuniones clandestinas de la célula Antonio Gramsci: allí todo parecía más grande, casi todo podía ser posible, estaba al alcance de la mano. La luz del franquismo era una luz triste, pequeña. Y aquellas reuniones clandestinas giraban alrededor de una quimera deslumbrante, de un sueño que, en medio de la oscuridad de los años setenta, era lo que nos daba alas, lo que nos mantenía cerca, más o menos unidos, entregados a la labranza de un campo donde las libertades más honradas y plenas iban a germinar de un día para otro. Estábamos convencidos de que el franquismo era un tigre de papel cuarteado y reseco, siempre a punto de quebrarse. Sólo nosotros conocíamos el calendario secreto de su ruina inminente. Discutíamos declaraciones de principios, manifiestos, programas: materiales para una discusión como se llamaban entonces. Redactábamos cartas y recogíamos firmas, llevábamos las cartas al periódico, esperábamos a que se publicaran a la mañana siguiente y, cuando se publicaban a los cuatro o cinco días, celebrábamos nuestra pequeña victoria. Sabíamos que las libertades estaban a la vuelta de la esquina, ya las rozábamos con los dedos: en una asamblea de artistas e intelectuales, en la publicación de un puñado de poemas difundiendo la convocatoria de una huelga, en la distribución de un cartel apoyando un encierro de sindicalistas en el Palacio Episcopal, o en la venta de Mundo Obrero en la Puerta Real de Granada. Ésas eran nuestras armas y, como diría Rafael Alberti, hacía falta estar ciego para no ver la luz que saltaba en nuestros actos. Y con esas armas todo resultaba más grande, nosotros nos creíamos más poderosos de lo que éramos, teníamos soluciones para todo tipo de problemas, nadie lograba convencernos de nada. Cuando no hay luz ocurren esas cosas. Las sombras nos impiden conocer la dimensión exacta del mundo, sus límites se nos vuelven borrosos, y cualquier ruido puede ser una amenaza, el peligro definitivo, quizás un canto de sirena. La vida clandestina era deslumbrante y oscura. A veces me acuerdo de aquellas tardes antiguas en mi casa o en la casa de Juan Carlos Rodríguez o de Justo Navarro y añoro aquellas horas de penumbras y luces. Pero en seguida reacciono y escojo la luz de las tardes de hoy; pues aunque todavía no hayamos conquistado todas las libertades que entonces imaginábamos, ahora ya es posible estar juntos, reunirse o hablar sin temor a los ruidos. Además, y no hay que olvidarlo, la historia continúa. |
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