Warning: pg_result() expects parameter 2 to be long, string given in /var/www/webs/transicion/web/admin/F_bd.php on line 33 La transición de Andalucía
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  22 de noviembre de 2011
  Rafael Guerrero
  Tajos y destajos calientes
  Lo más parecido en España al Mayo del 68 parisino se vivió en Granada dos años después con el conflicto de la Construcción en aquel enfrentamiento en Calvo Sotelo –hoy Constitución– donde volaron adoquines y los disparos de la Policía Armada, aquellos grises, acabaron con la vida de tres albañiles cuya memoria se honra desde hace poco con una estatua. Valga el precedente para entender que muerto Franco y llegada la Transición en la segunda mitad de los 70, el ambiente laboral venía imbuido de una inercia especialmente caldeada.

Al igual que en la política, la salida del túnel en el terreno sindical se plasmó en una variopinta sopa de letras de organizaciones que, salvo la CNT de García Rúa y la titubeante USO, respondían claramente al esquema marxista de correa de transmisión de los partidos. De centro izquierda a extrema izquierda pugnaban por ganarse el calor de la clase obrera la UGT de los Maldonado-Pezzi-Cuenca, las CC OO de los Cid de la Rosa-Gálvez-Hueso y la CSUT-SAT de los Bullejos-Navarrete. Todos ellos y muchos más negociaban con dureza convenios con subidas salariales astronómicas en torno al 20 por ciento –en línea con la fuerte inflación y con los Pactos de la Moncloa suarista– frente a la patronal de los Pérez Pire que no acababa de organizarse. Y si no había acuerdo, pues huelga y a la calle que ya es hora.

La lucha sindical tenía amplio reflejo en Ideal y Patria, que daban cuenta de la actualidad laboral con profusión de datos en secciones específicas: convenios, conflictos, elecciones sindicales, asambleas de sectores y de empresas. De hecho, ríos de tinta corrieron por los largos conflictos de Megrasa, Azulejera Granadina o Celulosa de Motril. Frente al ciberperiodismo actual, a los jóvenes periodistas de entonces nos gustaba meternos en los charcos y reportajear la parte humana de los conflictos. Algunos concebíamos el periodismo como un difícil equilibrio entre la objetividad aséptica aprendida en las facultades y el compromiso social pegado al terreno. Hasta nos proponían para mediar en la negociación colectiva. La influencia sindical en los medios era muy fuerte, mucho más que la empresarial, y eso se notaba no sólo en la cantidad de información, sino en su orientación. En otras palabras, la patronal –el término suena peyorativo– tenía mala prensa, lo que no sucede ahora en los tiempos globalizadores que corren.

En paralelo al look del pelo largo, las barbas y la pana, también estaban de moda –y tenían su tirón– los discursos de corte revolucionario. En determinados ambientes sindicales estaba feo hablar de pacto y de negociación. Era de cobardes y revisionistas. Ciertos sindicalistas comulgaban con la máxima marxista de tensar la cuerda para agudizar las contradicciones del sistema y hacerlo tambalear, pero poco a poco hasta los más extremistas comprobaban que pese a los gritos en las frecuentes manifas a su paso por Puerta Real –”Fascistas, burgueses, os quedan pocos meses”–, esa democracia coronada –”Juan Carlos, Sofía, la olla está vacía”– era un instrumento aceptable y constataban que no había tantos obreros dispuestos a jugarse el tipo –el suyo y el de sus familias– por el incierto logro de un punto más en el convenio y/o la dictadura del proletariado.

Mientras unos pocos soñaban con hacer la revolución el día menos pensado, otros muchos granadinos –hasta 12.000 al año– cogían el tren cada septiembre rumbo a Francia no tanto para cargar de rebeldía las neuronas por los santuarios del Barrio Latino de París, como para ganarse el sustento como mano de obra en la vendimia. Salustianos, que diría Carlos Cano.
   
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