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29 de noviembre de 2011 |
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Román Orozco |
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Fuera de los límites |
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Tengo la fortuna de haber nacido en un pueblo que debe su nombre a los árabes que lo habitaron: Hisn al Turáb, del que viene el actual Iznatoraf. Durante años se ha traducido como castillo de los límites, aunque hoy los estudiosos afirman que su significado real es castillo del polvo.
Prefiero la primera acepción: castillo de los límites. Unos límites que traspasé forzosamente al poco de nacer. Eran los duros años cuarenta, cuando el hambre arreciaba en aquellas lomas plagadas de olivos. Y solo olivos. Y mucha necesidad. Mis padres, como tantos otros, se vieron forzados a emigrar. Formaron parte de aquella primera oleada de miles de jiennenses que cruzaron Sierra Morena y se instalaron en las llanas tierras de La Mancha. La década siguiente, la ola migratoria llevó a mis paisanos a Madrid, Bilbao, Barcelona. Nacieron los barrios periféricos habitados por la nostalgia. Luego, los límites del hambre empujaron a nuestra gente a Francia, Alemania, Suiza. Se desangró Jaén. Los olivos no daban para tantas bocas. Guardo en la retina aún aquellas tristísimas imágenes de hombres calados por una raída gorrilla cargando una maleta de cartón cruzada con cuatro cuerdas. Aquellos trenes atestados de gentes en busca de pan y libertad. Algunos la encontraron. Pero la gran mayoría nutrió las filas del desarraigo.
¡Qué desgracia emigrar cuando lo que te obliga a irte de tu tierra es la miseria! Hoy, la sangría parece haberse frenado, aunque Iznatoraf, y otros muchos pueblos de Jaén, ya no son lo que eran. Pero pueden volver a serlo. Crezcan escuelas y hospitales. Demos al campesino, al jornalero, lo que en justicia se merecen: ese pan y esa libertad que sus padres buscaron en remotos y a veces inhóspitos lugares. Que los jóvenes de hoy, hombres del mañana, se queden si así lo desean en la tierra que los vio nacer. Que nunca más tengan que salir huyendo de la miseria. |
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