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29 de noviembre de 2011 |
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Antonio Avendaño |
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España cazadora |
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El franquismo fue una montería de cuarenta años en la que siempre cazaban los mismos y en la que, naturalmente, siempre hacían de ciervo los mismos. En los primeros veinte años de régimen, la cacería fue brutal: los republicanos que hacían de ciervos eran abatidos como conejos por las ominosas escopetas del régimen. Durante los últimos veinte años, la abundancia de piezas rojas en los cotos de la España parda era ya mucho menor y además empezaba a estar mal visto disparar contra todo lo que se moviera, incluso aunque fuera de color rojo.
Tras los acuerdos con Washington en los años cincuenta se podía seguir matando, cómo no, pero había que ir haciéndolo con tiento y moderación para que las finas democracias aliadas no se sintieran incómodas por haber dado su vergonzante respaldo al régimen cinegético de Francisco Franco.
En el Jaén de la transición tardía que este cronista conoció, las monterías ya no eran lo que habían sido. De hecho, nunca volverían a ser lo que habían sido. En aquellos años avanzados del siglo, agonizaban bajo el peso de una decadencia que había devorado tanto las monterías políticas del régimen como las monterías propiamente cinegéticas que se celebraban en las dehesas y barrancas de Sierra Morena. Cazar ciervos llegó a estar en aquellos años casi tan mal visto como lo había estado cazar republicanos durante la última etapa del franquismo. Ya por aquel entonces en la provincia de Jaén votaban a la izquierda hasta las liebres, de manera que los partidarios de la caza mayor de hombres y otros animales estaban en franca retirada.
Es cierto que las monterías como tales ni son ni dejan de ser franquistas. Lo que sucede es que en el imaginario colectivo de los jiennenses las grandes y costosas partidas de caza en la serranía de Andújar estarán ya para siempre irremediablemente ligadas a los años de la dictadura, a la vieja España cazadora de hombres y de ideas.
Hasta tal punto habían sido estigmatizadas las monterías que, pese a lo avanzado de la transición, en aquellos años ochenta era sumamente improbable que los protagonistas de una cacería se dejaran fotografiar para un reportaje periodístico. Social y políticamente, las partidas de caza mayor eran poco menos que clandestinas.
Aquellas viriles incursiones estaban mal vistas y de algún modo siguen estándolo. Y no creo que fuera ni sea por prejuicios ecologistas o meramente ternuristas. Las grandes cacerías colectivas arrastran, quiéranlo o no, el eco sanguinario y castizo de nuestro peor pasado, de aquel en que unos españoles -siempre los mismos- hacían de ciervos huyendo de otros -siempre los mismos- armados de pólvora y rencor hasta los dientes.
Tienen razón, en todo caso, quienes se lamentan de que esta España fondona de hoy en día es mucho menos épica, y muchísimo más aburrida por tanto, que aquella España cazadora de antaño, pero es que lo que este país necesitaba desde hace siglos era precisamente eso: aburrirse. Aburrirse cuanto más mejor. Y en eso estamos. Y en eso espero que sigamos estando durante muchos años. El aburrimiento no es un destino heroico, es verdad, pero al menos tiene de bueno que, al contrario que los ciervos, vives para contarlo. |
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