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29 de noviembre de 2011 |
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Carmen Murillo Casión |
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Mujeres marginadas |
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Carmen, aclara desde el principio que aunque nacida en Zaragoza, aterrizo después de un tiempo en Cataluña y Euskadi, en Jaén, con una vocación clara -maestra- y un compromiso con la sociedad no menos claro y decidido. Mi primer destino, haría desistir a cualquiera de su intento, pero enfilé el camino de Orcera, un pueblo de la Comarca de la Sierra de Segura, considerada en esos años (1974) una de las zonas más deprimidas y marginadas de la provincia, sin dejarme amilanar por las dificultades con que me encontré: una serie de pueblos aislados, sumidos en el subdesarrollo, con unas comunicaciones prácticamente inexistentes, con una tasa de analfabetismo por encima del 64%, falta de escuelas para niños y unas condiciones de vida extremadamente duras en las que los centros asistenciales de salud se encontraban a no menos de 100 km de distancia. La ocupación generalizada de los adultos era la agricultura, la ganadería y la repoblación forestal.
Recuerda Carmen que, a mediados de los 60, se publicó un estudio, el Plan Orcera que intentaba paliar en la medida de lo posible estas condiciones de vida. Empezó a ponerse en práctica en otro pueblo de la zona, Siles. Y en abril del 74 llegó un estudio de ETEA de Córdoba que nos permitió empezar a trabajar en serio para conseguir la inculturación de toda la comarca. Conocí a Esteban Ramírez, sacerdote, organizador del CEMAX (Centro Escuela de Maestras Auxiliares), un organismo dependiente y subvencionado por el Obispado y por las cuotas de los que formábamos parte de él. Las reuniones las teníamos en la sede de Cáritas. Ahí conocí a muchos compañeros y compañeras con las mismas inquietudes. En septiembre del 75 me afilié a CCOO y más tarde al PCE. La actividad del CEMAX era una experiencia absolutamente novedosa. Había escuelas rurales en Ávila pero se dedicaban exclusivamente a la enseñanza. El CEMAX se inicia desde el principio con una metodología de autogestión y de participación plena de las mujeres en todos los aspectos. Pretendíamos, siguiendo las ideas de Paulo Freire, proporcionar una formación integral a las mujeres que les sirviera para ayudar a cambiar la realidad. La novedad del plan era tan revolucionaria que llegaron a visitarnos grupos de universitarios de Madrid y estudiantes de Psicología de varias universidades para comprobar que la transformación de la realidad se consigue a través del desarrollo comunitario. Y aquello lo realizaron fundamentalmente personas de la zona con la ayuda inestimable y desinteresada del colectivo de maestros y algunos sacerdotes, entonces jesuitas, como Pope Godoy y García Mauriño. Eran conscientes de que la promoción implica directamente a los propios afectados y que sus conocimientos, sus personales vivencias y su aportación -verdaderamente sacrificada en algunos casos- dieron como resultado una transformación desde dentro, aunque lenta en el tiempo y en su manifestación social.
Hay que tener en cuenta que la mujer era, en esos años, un elemento pasivo social y políticamente. Nuestra acción iba encaminada a que las mujeres, que curiosamente participaban más en los actos y reuniones que manteníamos, tomaran conciencia de clase y participaran activamente en el cambio por el que luchábamos. Durante los años 74 al 76 los movimientos de mujeres tomaron impulso debido a dos causas; su incorporación lenta al mundo laboral en los sectores de enseñanza, sanidad, servicios, trabajo doméstico, etc.; y su contacto y pertenencia a una política de izquierdas. Nacieron los movimientos de vecinos, las asociaciones de amas de casa, las asociaciones de mujeres separadas, las asociaciones de jóvenes universitarias y otras asociaciones más radicales en sus planteamientos feministas que defendían el divorcio, el aborto, etc. Estos últimos grupos apenas tuvieron incidencia en Jaén. Estos movimientos o asociaciones fueron el punto de arranque de la creación del MDMA (Movimiento Democrático de Mujeres Andaluzas), ligado al PCE, que abrió sus puertas a mujeres de todo tipo y condición social, ideológica o política: comunistas, cristianas, socialista, o sin militancia ni creencia algunas. Estas mujeres iniciaron una serie de actividades sociales: visita a los presos políticos, denuncia de la carestía de la vida, lucha por la inserción laboral, inculturación de las mujeres rurales, regulación de salarios, etc.. La participación de la mujer era escasa en el terreno sindical, pero en mayor porcentaje que en el político, debido a que en los sectores de alimentación, sanidad, textil y enseñanza el colectivo de mujeres era mayoritario. Por esos años, por ejemplo, pertenecíamos a la Ejecutiva de la Unión Provincial de CCOO cuatro mujeres: Juani Fernández, Agustina Medina, Rosi Rico y yo misma, que detentaba el Secretariado, hecho altamente significativo en comparación con el resto de las otras Uniones Provinciales. Creo que lo que teníamos en aquel momento, para ser protagonistas de la transición era lo mismo que los hombres: las mismas capacidades, el mismo empeño y compromiso. Lo que nos faltaba era espacio y reconocimiento político, que se nos negaban por parte de una sociedad que era machista (hubo colectivos de mujeres que sí entraron en esa disputa o dinámica machista -Mujeres Feministas-. Por otro lado, las limitaciones de una vida familiar en la que se entendía que la mujer era la responsable única y última del hogar, nos restaban tiempo para la preparación y acción sindical o política. Entonces, más que metas de cargos políticos, que despertaban la reticencia de los hombres del partido, nos dedicábamos a reivindicar aspectos sociales y económicos para todas las mujeres: obreras del campo y de las fábricas, dependientas, sirvientas domésticas, universitarias, mujeres separadas, amas de casa, sanitarias, etc. Celebrábamos reuniones en casas particulares y en las sedes clandestinas del sindicato o en Cáritas. De ellas salíamos comprometidas a actuar abiertamente en grupos de autoconciencia, pidiendo igualdad real y total, no simbólica o demagógica políticamente, para cubrir cuotas de participación. Es verdad que muchas de estas mujeres se decantaron por un sindicalismo activo, sobre todo en CCOO, que en 19878 contaba con 20 Secretarías dedicadas exclusivamente a la mujer. Participamos en las I Jornadas de Mujeres y en las Jornadas de Mujeres en Cataluña (fuimos dos desde Jaén) y luchábamos abiertamente por un mundo en el que hombres y mujeres tuviéramos idénticos derechos y obligaciones desechando un pasado, y un presente, netamente clasista. Hubo movimientos no sólo en Jaén sino en Úbeda, Linares, Baeza, Bailén, Torredonjimeno, Andújar. Pretendían formarse grupos autónomos pero las que estábamos siempre ahí éramos las mismas: Encarna Méndez, Balbelina Murillo, Pepi Murillo, Genoveva Rojo, Agustina Masoliva, Pilar Palazón... Por eso creo que, no sólo en Jaén, sino en toda Andalucía, las mujeres de izquierdas, quizá por su mentalidad menos conservadora, más luchadora y comprometida con los derechos de la clase trabajadora, ha tenido un papel fundamental en la transición democrática andaluza: por el número y por los ámbitos de influencia variados y múltiples a los que ha llegado. El hecho de que no haya ocupado puestos políticos clave hasta hace pocos años, se debe a lo que decía antes: la raigambre cultural propicia, en este sentido, más a los hombres que a las mujeres. |
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