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29 de noviembre de 2011 |
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Pilar Palazón |
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Rebelde para ser libre |
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Respiró, en la familia, el pensamiento de una derecha civilizada y liberal. Pero se hizo de izquierdas para conseguir más libertad. Andalucista convencida, mantuvo siempre una actitud nacionalista y reivindicativa. Hasta abandonarlo no le importó militar en el PSA, partido minoritario, recibiendo palos por todas partas y no ganando ningunas elecciones.
Nacida en Jaén, he vivido en Jaén toda mi vida y con esta ciudad tengo una relación de amor-odio. Amor porque amo a la tierra y a las gentes, aunque con ellas tengo también ese sentimiento de enemistad y odio porque mis conciudadanos son tan apáticos que nunca se han movido para nada. Es decir, viven con esa resignación a la que nos han acostumbrado y nos han inculcado en nuestra educación. Deberíamos ser más reivindicativos y si hubiéramos luchado más nuestra ciudad y nuestra tierra estarían mejor indudablemente.
Tuve una educación cristiana aunque siempre fui a colegios públicos. Mi padre era profesor de instituto, ferviente católico, de derechas, pero muy liberal en el sentido de que nunca me puso cortapisas en mi educación y me abrió las puertas a todo tipo de lecturas. Permitía que manifestara mis opiniones y mis tendencias; teníamos enfrentamientos pero los resolvíamos muy bien... ¡por carta!. Él era sordo y tras una conversación, le escribía una carta exponiéndole mis razones y luego me respondía él. Le agradezco poder tener una formación universitaria -estudié Historia en la facultad de Letras-, que me obligara a estudiar. Además era hija única y desde pequeña me enseñó a resolver por mí misma mis problemas.
Luchadora antifranquista.- La inquietud política no la recibí por mi padre. Era de derechas aunque se indignaba con algunas actuaciones de las cortes franquistas, de quienes decía que eran bustos parlantes; echaba de menos aquellas discusiones y debates de los grandes oradores de la República. Pero mi participación y mi sensibilidad política surgió a raíz de toda la problemática de mi profesión, la enseñanza. Fui elegida por todos mis compañeros Decana del Colegio de Doctores y Licenciados y, a partir de ahí, surgió la necesidad de entrar en política, a principios de los setenta. Conseguí comprar un piso en la calle Madre Soledad Torres Acosta para tener una sede y allí conocí a gente muy interesante que, en conjunto, fue una plataforma extraordinaria de lucha en defensa de las libertades democráticas y en contra de la dictadura franquista. Tras la reforma de la enseñanza de Villar Palasí, resultaban muy perjudicados los licenciados , al poder acceder los maestros a la enseñanza secundaria. Percibíamos dos cosas: la enseñanza iba a perder calidad, al desaparecer los especialistas en cada materia; por otra, con la desaparición de los cuatro primeros cursos iban a disminuir las posibilidades de acceso de licenciados a la enseñanza. Empezamos la lucha, en concreto, contra esta ley. Pero aquella llevaba emparejada una lucha política. En aquellos años, eliminaron la necesidad de colegiación, que sí tenían otros colegios profesionales, con lo que pretendían eliminar esa fuerza de unión y reivindicación común, colectiva. Hicimos una huelga, llegamos incluso a tomar el Ministerio hasta el salón Goya. Al salir, el Ministerio estaba rodeado de tanquetas aunque no pasó nada. Sí conseguimos una unión nacional y entre nosotros nos comunicábamos la marcha de la huelga a través de lenguaje cifrado, por la censura: había entonces un torero muy famoso Juanito Parada y la contraseña era, por ejemplo, 80% de triunfo en toda la provincia de Juanito Parada, enviada por telegrama al Colegio de Madrid.
Ahí empezó la inquietud política y social. Pensaba, quizá también por mi formación histórica, que la derecha no ofrecía alternativas a la problemática española y sólo defendía intereses de su clase. De ahí la iniciativa de unirme a personas de partidos políticos de izquierdas para reivindicar una mayor apertura y libertad en todos los sentidos.
Militancia andalucista.- Mi primera afiliación política fue a Asamblea Socialista Andaluza. Después la Asamblea se constituyó en partido político y milité en él, con bastantes dificultades, primero por ser un partido de izquierdas y luego por ser un partido minoritario, recibiendo palos por todas partes y no ganando ningunas elecciones. En esa época era muy nacionalista y reivindicativa, comparando lo que se conseguía para otras comunidades como Cataluña o Euzkadi.
Mas tarde dejé el PSA por problemas personales, por divergencias con Rojas Marcos, pero también porque pensaba que los andaluces eran unos ingratos que no votaban al PSA que estaba luchando por sus intereses. Eran momentos en los que pensaba que íbamos a salvar a Andalucía, pero, con el tiempo, te das cuenta de que nadie salva a nadie, que todos nos tenemos que unir y que, además, al pueblo andaluz no había que echarle en cara que no fuera nacionalista ya que, al haber pasado por nuestra tierra tantos pueblos y tantas culturas, es lógico que sea un pueblo internacionalista, multiculturalista, universalista, que no quiera fronteras ni cercados. Es decir, que el problema de la mayoría de los andaluces es precisamente la falta de apertura mental que tenemos. El mestizaje es lo que enriquece a los pueblos. Hay otra cuestión y es que en el manifiesto fundacional, se dice que ASA es un partido que nace con la dictadura y morirá con ella. Efectivamente, ASA fue después PSA y terminó siendo PA. Esa evolución ideológica no impidió que siguiera siendo un partido de izquierdas, de la clase obrera, de lucha reivindicativa por la tierra. Cuando en el año 79 empecé a percibir ese cambio ideológico que el fundador, José Aumente, junto con José Mª de los Santos, manifestó (él ya decía que el cometido de los partidos de izquierdas no era solamente la reivindicación de tipo social sino que había otras reivindicaciones, la ecológica, la cultural...) mi relación con el PSA se fue enfriando. Además, personalmente me encontraba demasiado encorsetada y hay un momento en que la persona se opone a someterse a mandatos del aparato del partido, de los máximos representantes, cuando se entiende que es una metedura de pata hacer lo que te dicen que tienes que hacer o que tienes que votar, y como no pretendía hacer carrera política, abandoné el partido. Pero esa ruptura se redujo sólo a la militancia en el partido; de hecho he seguido actuando en política, a nivel general, siempre desde una postura de izquierdas, en el terreno cultural y de defensa de los derechos humanos.
En el año 74 empecé a formar parte del gobierno municipal de una manera indirecta, podríamos decir. Yo tenía abierto un expediente por mi implicación política desde que era Decana del Colegio de Licenciados. La policía vino en varias ocasiones a mi casa, a preguntarle a mi madre con quién me reunía o trataba en la clandestinidad y el Gobernador Civil debió pensar que me callarían nombrándome concejal del ayuntamiento por el tercio de entidades culturales.
Cuando murió Franco, me alegré mucho porque pensé que ese sería el primer eslabón desencadenante de las libertades políticas, sociales, económicas y culturales de nuestro país. En el Ayuntamiento me asignaron la Concejalía de Educación y Cultura, con un presupuesto de 160.000 ptas. para ambos cometidos, lo cual me daba poco margen de actuación, si añadimos a lo anterior que también debía ocuparme del mantenimiento y cuidado de los monumentos. No había ninguna preocupación por el patrimonio histórico provincial y además había mas de 3.000 niños por escolarizar aunque ese problema ni se llegaba a plantear por carencia de medios. Las dos únicas actuaciones que el presupuesto permitía eran el mantenimiento de la Banda Municipal, llamada a desaparecer, y el mantenimiento del Conservatorio de Música, gobernado por un Patronato mixto Ayuntamiento-Diputación, en condiciones pésimas. Oficialmente no se podía hacer más y me dediqué personalmente a salir a la calle pidiendo fondos a las personas que me encontraba para no cerrar el Conservatorio.
La mejor c orporación.- En las primeras elecciones me presenté por el PSA al Senado, aunque no estoy de acuerdo con el sistema de listas cerradas para el mejor desarrollo de la democracia ya que pienso que cada persona debe sentirse implicado con sus votantes, pero éstos no votan a personas sino a partidos, pero no conseguí votos suficientes. Si fue importante que las personas de izquierdas hicimos un pacto para presentar una candidatura común al Senado de tres personas: Esteban Ramírez, Alcaraz y yo, pero el obispado no permitió la presencia de Esteban Ramírez y no se consiguió nada. Encabecé, después, la candidatura del PSA en las primeras elecciones municipales. Con anterioridad a su celebración habíamos hecho un pacto de izquierdas y aunque salió como más votada la candidatura de UCD con Luís Miguel Payá, los tres partidos de izquierdas, PSOE, PCE y PSA elegimos como alcalde a Emilio Arroyo. Siempre he pensado que fue la mejor corporación que ha tenido al Ayuntamiento porque Emilio supo dar juego a cada uno, incluso a los concejales de UCD y al único de AP, Felipe Oya. Dio a cada uno su responsabilidad y se trabajó mucho y muy bien por Jaén, que había mucho que hacer.
Realmente no había diferencia entre el socialismo del PSA y el del PSOE. Durante esos años tampoco había muchos socialistas en Jaén: que yo recuerde, Cándido Méndez, padre e hijo; Diego Vadillos, padre e hijo, Julián Rodríguez y Julio Artillo. En las reuniones de izquierdas, pocos más. Lógicamente, el peso histórico del PSOE no lo tenía el PSA, pero ideológicamente no diferían mucho. Es más tampoco estaban claras las diferencias entre socialistas y hombres del PCE como Alcaraz, Anguita Peragón, Javier Sádaba.
Con los años las cosas cambiaron mucho. En las elecciones del 83, por eso del voto útil y por lo enfadada que estaba con mi partido voté al PSOE.
Creía que iba a tener el arrojo suficiente para hacer una verdadera reforma de la administración del Estado y de los Ayuntamientos. Pero no tuvo el valor de hacerlo a su debido tiempo y después con todos los problemas internos que ha tenido ya no ha podido hacerlo.
De todas maneras, creo que tras este periodo de transición, que aún no ha terminado del todo -pienso yo-, Jaén, aunque sigue en un atascadero, ha cambiado fundamentalmente en un aspecto: ya no nos creemos ni nos conformamos con lo que diga la mayoría, ni siquiera los políticos. |
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