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29 de noviembre de 2011 |
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Juan José Téllez |
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La cultura en Jaén: del ruiseñor al unicornio |
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Joselito iba dejando de ser el pequeño ruiseñor, para convertirse en un pálido reflejo de sí mismo, en el espejo cóncavo de la España que representaba como precoz estrella del cine y de la canción. Durante los años 60, peligrosamente yeyés, en la memoria colectiva del país, iba a irrumpir Raphael -ídolo de multitudes, chaqueta al hombro, cara de ángel- triunfaba ante doña Carmen Polo en las galas benéficas de Navidad, retransmitidas por la televisión española en blanco y negro. Sus admiradores y sus detractores se multiplicaban, filtrado por la técnica discográfica de Rafael Trabuchelli y por el repertorio de Manuel Alejandro: mientras sus hagiógrafos sostenían que era superior al gabacho Johnny Hallyday y tampoco faltaba quien le comparase con Frank Sinatra, él era quien de noche persiguió a media legión de españolitas, mientras el machismo ibérico dudaba de su identidad sexual y la progresía le crucificaba.
Raphael -escribe Angel Casas en 1972-, con todo el apoyo oficial tras de su nombre, constituye la reacción frente al pujante sonido que toma forma en España. Raphael es la pandereta y la castañuela debidamente modernizadas y sofisticadas.
Giras mundiales, películas a las órdenes de Rafael Gil, villancicos tamborileros, la boda célebre con Natalia Figueroa, su estampa torpemente alzada desde la caverna como alternativa a la creciente carrera artística del rojo Joan Manuel Serrat. Casas llega a calificar su estilo con una curiosa expresión: Retrogradismo musical sublimizado. Y le retrataba así como una mezcla explosiva y rentable de Antonio Amaya, Sara Montiel, Lucho Gatica y Olga Guillot.
Y como su arte era arte y no política y como su actitud ha sido en todo momento constructiva y colaboradora, y como ha ido siempre dejando bien alto el paballón español, Televisión España estuvo siempre a su lado recogiendo sus éxitos, sus tiernas miradas, sus sonrisas un poco locas. Fue el primer cantante español que conoció la promoción desbordante previa a su participación por dos veces consecutivas -años sesenta y seis y sesenta y siete- en el Festival de Eurovisión -premio oficial máximo para un intérprete del país- y que tuvo anualmente su show especial de una hora ante las pantallas.
Cuando a Raphael le preguntaron si se consideraba un cantante yeyé, respondió: Creo que no, pero si digo creo es porque no sé exactamente lo que es ser yeyé. Lo que no me gustan son las melenas ni la minifalda. No la considero elegante. Me gusta verlas, pero no me gustaría que las llevara mi novia.
Así que resulta curioso que la reina yeyé por antonomasia fuera paisana suya: Jaén entero se entregó a las magníficas cualidades de su graciosa artista de ojos verdes y cabello rubio, reseña Jesús Ordovás. Maribel movía los labios en Escala en Hifi y protagonizó una película musical bajo la batuta de Fernando de la Vega, todo ello antes de la aparición de su primer vinilo: Y cuando salió el disco -comenta Ordovás-, España entera ya quería a Karina. El movimiento yeyé empezaba a surgir y ella imperaba la acción. Sudamérica fue la primera etapa. Karina despertó el interés no sólo en España y en aquellos países tropicales, sino en Francia, donde ya ha lanzado su primer disco, con gran aceptación. Y también Portugal se ha rendido a su encanto. Y dentro de poco cantará en japonés.
A Jesús Torbado, sin embargo, no le gustaba un pelo: Karina es una extraña mezcla de cursilería y coquetería provinciana, de perpetuo infantilismo y completa anulación de la personalidad en el altar del comercio, que pasa por la novia ideal, y hace las delicias de los cotilleos femeninos de peluquería... Redicha, blandengue hasta la exasperación, despersonalizada... ha cantado todas las variantes del amor adolescentes (...); no es atractiva, pese a sus inmensas pelucas, ni guapa siquiera; carece totalmente de sexy (incluso cuando ha decidido fotografiarse con escasa ropa y gesto de diva ninfómana); en los escenarios se mueve con brusquedad y hasta chabacanería, un poco al estilo de las folklóricas, pero acomodado a la sociedad de consumo.
Luego, vendrían nuevas películas -El último sábado, con Los Sirex-, pero lejos estaba de imaginar, todavía, que terminaría sacando pasaporte a Dublin, en la edición del Festival de Eurovisión celebrada el 3 de abril de 1971, en el Gaiety Theatre de la capital irlandesa. La cantante de Martos lograría el segundo puesto, con la canción En un mundo nuevo y a la zaga de Severine, la representante de Mónaco: La canción fue escrita, la música por Tony Luz, la letra por el inevitable Rafael Trabuchelli, el arreglo musical fue del gran músico y arreglista Waldo de los Ríos y me encantó -recuerda ella-. Me encantó porque tiene una letra preciosa, una letra esperanzadora, y a mí como me encanta siempre cantarle a la esperanza... tuve el honor de representar a Televisión Española en el festival. Pero todavía quedaba un largo trecho para que España fuera un mundo nuevo y feliz, ante el que se desnudaría María José Cantudo, una actriz de variedades, también jiennense, que se convirtió en uno de los mayores símbolos del destape que acompañaría a la transición democrática. Si el Barcelona fue algo más que un club, ella también era mucho más que una vedette: el signo de que algo empezaba a cambiar definitivamente en un país donde la libertad empezaba a colarse por las rendijas de la vida cotidiana. El cine, la televisión y, sobre todo, los póster desplegables de las revistas atrevidas de aquel momento -Interviú fue la cabecera emblemática, pero hubo más- acrisolaron su condición de mito, aunque -sic transit gloria mundi- relativo en el tiempo como toda posmodernidad.
Mucho antes de que Irma Soriano triunfase en la pequeña pantalla, a todo color, la noche escondía las emisiones de Radio Pirenaica, con aquel himno que le había compuesto a los olivos Miguel Hernández y que sonaba como un martillo en la voz de Paco Ibáñez: Andaluces de Jaeeen, aceituneros altivos..... Más allá de aquella distante cordillera del norte, el olvido, sin embargo, se llamaba Manuel Angeles Ortíz, aquel pintor de la generación del 27 que había nacido en Jaén en 1895, en cuya calle Espartería permaneció hasta los cinco años; aunque sus pasos le llevaron después a Granada -suyo fue el cartel del concurso de cante jondo del 22-, donde frecuentó a Falla y a García Lorca, o a la capital francesa, donde se amigó con Pablo Picasso, correligionario de muchos frentes: En Jaén se conservan algunas obras suyas, se apunta en una página electrónica de jienjiennenses ilustres, muchos años después de que en 1984 muriese todavía en el país del destierro.
Granada, siempre próxima y remota. Hasta que Jaén no contó con Universidad propia, Granada era el destino de numerosos estudiantes: como aquellos jóvenes de Linares, el poeta Domingo F. Faílde y la escritora Fanny Rubio, quienes compartieron un mismo universo literario y un largo compromiso político, que no siempre les deparó buenas noticias: ambos, en aquella época, incurren en una poesía a caballo del intimismo y de la épica moral. También puso tierra de por medio la catedrática y folklorista Virtudes Atero, de Úbeda. Y su noviete de adolescencia, aquel otro juntaletras llamado Joaquín R. Martínez Sabina, alias Joaquín Sabina, hijo de un inspector de policía de dicha ciudad: Es declarado el estado de excepción del 68 -relata Maurilio de Miguel- y el inspector don Jerónimo recibe la orden de detener a su hijo Joaquín. No hay apelación posible. Claro, por eso el chaval había venido antes de lo previsto a celebrar las Navidades a casa. Es que ya había visto las orejas al lobo. Debe personarse en Granada para ser interrogado y él mismo le acompaña desde Úbeda.
Sobre la anécdota de su primera detención -añade, algún periodista ha debido fantasear. En alguna parte se ha comentado que antes de dejarse conducir a la comisaría, Joaquín pidió a su padre venia para proveerse de tabaco en el estanco, y que don Jerónimo no volvió a saber de él hasta que no recibió carta desde Londres... No es cierto. Aún permanecería casi dos años más en Granada, conspirando en encierros y acciones de protesta en la órbita del PCE.
Desde allí, pondrá pies en polvorosa hasta Gran Bretaña, acompañando a su novia inglesa Lesley, en 1970 y a partir de que participase en la colocación de un cóctel molotov en una sucursal del Banco de Bilbao, como protesta por el proceso de Burgos: La acción es perpetrada al descubierto y sin ninguna profesionalidad -refiere de Miguel-. Son habas contadas y más idealistas que estrategas quienes conspiran con Joaquín, y la redada no se hace esperar. Casi todos los miembros del comando caen detenidos, y Joaquín sabe que escondiéndose no va a hacer otra cosa que dar tiempo a que se le sumen más sabuesos a su captura, porque en cuestión de un mes debe incorporarse a filas para hacer la mili.
Quien hizo la mili como Dios manda fue un paisano suyo, el narrador Antonio Muñoz Molina, que dio sobrada cuenta del suceso en su libro Ardor guerrero. Durante el periodo de instrucción a los reclutas nos quitaban el nombre y lo sustituían por un sistema de matrículas parecido al de los coches primitivos. Yo me llamaba J-54, relata de aquella quinta suya de 1979 en San Sebastián, en un regimiento cuyos veteranos les habían recibido con un alentador mensaje: Conejos, váis a morir. Desde Beatus Ille a Plenilunio, el paisaje de Jaén, que al fin de cuenta es el de su memoria infantil y juvenil, late entre líneas de su obra: curas que se escribían con Althusser o Pasolini, estribaciones de Sierra Mágina, carteles atrasados de Semana Santa en la sala de profesores de un instituto, supermercados de barrio, ceniceros con la marca Cinzano.
Nadie echaba raíces entre los olivos, cuando medio mundo viajaba en sucios trenes que iban hacia el norte. Ni siquiera pudo quedarse allí Andrés Segovia, el maestro de la guitarra, un andaluz universal de Linares, cuyo padre hubiera querido que fuese abogado y que terminó declarando que había nacido para rescatar la guitarra de las tabernas. Volvió a Linares como hijo predilecto y, muchos años más tarde, en el 2002, como ilustre difunto del panteón local.
En 1983, desde las páginas de Diario 16, Segovia declaró una estúpida y despectiva guerra a Paco de Lucía, en la que no salió ganando el clásico, al menos ante los aparentes ojos de la historia reciente: Ese señor, Paco de Lucía, que porque tiene ligereza en los dedos para hacer alguna de esas cuartetas simples creen que es un portento... Cualquiera de los muchachos que ascienden ahora en los concursos de guitarra a los que asisto tiene una técnica fabulosa, pero eso de tiriririrí, eso no es técnica. Es una lástima, porque ha destruido por completo el flamenco.
Le disculpamos, don Andrés, por el respeto que le debemos a su edad y por las muchas horas de emoción que, desde su guitarra, se han quedado a vivir en nuestro corazón. Pero déjenos confiarle un suceso que será para usted inesperado: con la extraordinaria técnica de Paco de Lucía, que está puesta al servicio de la música flamenca más honda, misteriosa, delicada, viril y emocionante que jamás inventara la guitarra española, muchos de nosotros lloramos. Lloramos, don Andrés. Y con las mismas lágrimas con que solemos celebrar las sobrecogedoras interpretaciones que salen de las manos de usted desde las partituras de los grandes maestros. ¿Significa esto acaso que nosotros estamos sordos? ¿Estará sordo nuestro corazón? ¿Estarán sordas nuestras lágrimas? ¿Cómo es esto posible, si también nos conmueve la genialidad de don Andrés Segovia? Sosiéguese, maestro, que sigue usted siendo el primero. Pero comprenda usted que nos apenen sus precipitaciones sobre el arte flamenco en general y, en particular, en contra de Paco de Lucía: que es también el primero. Salvo la cantaora Chari López, pocos hijos flamencos de Jaén se quedaron a probar suerte en su tierra, donde publicaciones como Candil y El Olivo siguen dando cuenta de una larga tradición jonda. En sus filas, se ganó un puesto a bocados Carmen Linares, que desde muy niña empezó a pelear por conseguir el sitio que su garganta merecía: desde aquella niña que empezó a actuar en los tablaos del sur de Francia a la impecable artista que ha rendido homenaje a las mujeres del cante, media una vida de humildad y compromiso, con más serenidad que aspavientos. Su veterano y legendario colega Rafael Romero El Gallina tuvo que trabajar hasta de mecánico y conductor, sin saber manejar un autómovil. De ahí que se sintiera plenamente autorizado a proclamar: Quien tenga un paquete de rubio y mil duros en el bolsillo, no puede cantar por seguiriyas.
A juicio de Manuel Villarejo, la trascendencia cantaora de este gitano de Andújar prueba algo: No se trata de reproducir la eterna cuestión, que nunca se resolverá, de arte gitano o no gitano. Solamente quiero constatar el hecho de que la condición étnica de Rafael y su procedencia de la provincia de Jaén, alejada del considerado tradicionalmente centro de irradiación del flamenco, hace que una cosa no sea ajena a la otra. No es el único caso.
Aquel país no era cosa de chiste. Lo sabían los exiliados españoles en Tánger, ante quienes Juanito Valderrama, aquel excombatiente del batallón Fermín Salvochea de la CNT, interpretó por vez primera su copla El emigrante. Y lo sabía, desde luego, Antonio Lara Gavilán, Tono, aquel humorista de Jaén que con cuatro años había emigrado a Valencia y que iba a morir en Madrid, con la Constitución española. Escritor, guionistas, columnista y, sobre todo, dibujante para El Guante Blanco y La Traca, antes de fundar La Codorniz.
Mientras el grupo teatral Barbecho intentaba transformar la escena local, el grupo folk Andaraje surgía en 1972 para intentar preservar el folklore de la tierra, una labor que se prolongará durante treinta años, con diversas grabaciones discográfica y una larga relación de premios, a partir del primero que obtuvieron, el del Certamen de Actividades Musicales de Granada, en 1973.
La resistencia literaria local aparecía personificada en Manuel Urbano, poeta y antólogo, que en 1978 describía la situación cultural de Jaén como un panorama global anodino para una provincia en dramáticas circunstancias. Consciente de que el nivel de analfabetismo oscilaba en torno al 20% de la población de la provincia, Urbano aseguraba que dadas las circunstancias socioeconómicas que pesan sobre la provincia, la cultura anda a niveles muy bajos. Emigran tanto jornaleros como gente con estudios medios y universitarios, porque aquí no hay campo para nadie. En los 50, habían subsistido las revistas Aljaba y Advinge. Y, en 1977, aparece el grupo literario El Olivo, que confiesa sus propósitos a Javier Villán y Félix Población, en las páginas del suplemento cultural del diario Arriba: Trabajar en pos de los valores artísticos y poéticos de la provincia de Jaén; ser fieles a la época en que se vive, haciendo una poesía para el hombre, no en exclusividad para los poetas. En sus filas, militarán Miguel Calvo, Rafael Lizcano, Carmen Bermúdez, Manuel Urbano, Manuel Anguita, Rafael Palomino, Juan de Dios de la Torre, Diego Sánchez del Real, o algunos de entre los autores ya citados. Desde La Carolina, Guillermo Sena Medina dirigía la colección La Peñuela, que editó varios libros de versos durante aquella convulsa época. En torno al Colegio Universitario, se crea un núcleo intelectual al que se incorporan profesores como Felipe Alcaraz, un granadino residente en Jaén durante una larga etapa como profesor. Publicó, durante la transición, dos novelas que alcanzaron cierta notoriedad, Sobre la autodestrucción y sus efectos, Informe de una toma de partido en literatura , aunque su actividad más conocida fuera la política, al asumir la secretaría general del Partido Comunista de Andalucía. Su primera novela versaba sobre la crisis de la juventud universitaria, la pequeñoburguesía universitaria en proceso de desclasamiento.
Yo hablaba allí de un proceso esquizofrénico de los intelectuales -aseguraba en 1978. Es decir, a nivel consciente intentaban ser revolucionarios, pero a nivel incnsciente no sabían salir de las categorías recibidas en su educación burguesa. Este desequilibrio conduce a veces al intelectual al suicidio.
sEntre los pintores de Jaén, al margen del distanciado Manuel Angeles Ortíz, la transición empieza a conocer la obra joven de Carmelo Palomino Kayser y Miguel Viribay, por ejemplo, en una horquilla cronológica que lleva desde el llamado Grupo Jaén, en cuyas filas militó José Cortés Bailén, a una serie de artistas que irán sumándose poco a poco a la paleta provincial, como son los casos de Fausto Olivares, Antonio Hervás, Inca Quesada, Manuel Jódar, Luis Berges, Alliete Vallés, Isabel Ramos, David Padilla, Jacinto Higueras, Pedro Merino, José Arjondilla, Ricardo Ruiz Nicas, Ramón Figueroa, Victor Cebrián y muchos otros. Sin embargo, tardará lo suyo en alumbrar una concepción plástica más afín a la ruptura que a la tradición, en una línea de avanzada como la que hoy puede representar Ángeles Agrela, de Úbeda, pero que, entonces, todavía permanecía inexorablemente anclada en una añeja concepción del realismo. Pero, de vez en cuando, tambiém parecían percibirse bocanadas de aire fresco. Buena parte de los jiennenses que apostaban por el cambio, vinieron a respaldar al escritor Fernando Quiñones, cuando transplantó a Jaén la semana cultural y cinematográfica de "Avance", una réplica de "alcances", que él mismo dirigía en la capital gaditana. A a quellas alturas de película, Juan Eslava Galán -nacido en Arjona y buena parte de cuyas novelas transcurren en tierras de Jaén-, tenía claro que el mejor horizonte era el de la utopía. por eso, tal vez, se dio a conocer muchs años más tarde con el Premio Planeta, por una novela titulada En busca del unicornio. Pero existen indicios de que fuera 'el mismo que se le terminó eperdiendo a Silvio Rodríguez. |
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