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05 de diciembre de 2011 |
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Manuel Urbano |
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La cultura "Jaenesa" en la transición |
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Tras visitar Jaén, la tierra de sus mayores, el novelista Darío Fernández Flores, el de Lola espejo obscuro, escribe para ABC una crónica, La costra del progreso, en la que retrata a una ciudad sumida en el atraso y oscurantismo, donde una agorera banda de negras grajillas sobrevuela con sus desagradables graznidos las cúpulas de la catedral, y a la que llega un clamor enardecido desde el estadio de la Victoria -el nombre se debe no al impensable triunfo del Jaén sobre el Real Madrid, sí al del aplastante triunfo del general Franco sobre la España legalmente establecida- una otoñal tarde de domingo. Ni que decir tiene, José Chamorro desde Jaén, diario del Movimiento -que siempre denunciaba, como los voceros del régimen, al Jaén incomprendido-, contestaría con cajas destempladas al fugaz viajero que desconocía las glorias históricas y esencias espirituales de una ciudad y se agarraba por los pelos a la indignación que arranca del alma local la puñalada trapera que produce el injusto pitido de un fuera de juego. Y quién le había dicho que los piares enlutados y pardos anunciaban desdichas. Acaso olvidaba la tan esculpida frase del Caudillo. Jaén me quita el sueño.
El rótulo, en verdad, era duro; basta consultar el Diccionario. Pero mucho más contundente resulta si se conoce que la voz costra en el lenguaje jaenés, sinónima de la de tollo, designa a la gruesa capa de suciedad, ya endurecida, que pueda tener alguna persona; de aquí el registro lingüístico de costroso -con el que se significa al desaseado y sucio- recogido por el iliturgitano Antonio Alcalá Venceslada en su Vocabulario andaluz y el saladísimo ejemplo, como los más de los suyos, con el que lo ilustra: es tan costroso que se lleva las moscas detrás.
Bien pensada hoy, en tiempo de pelillos y hasta melenas enteras a la mar, la calificación no nos parece tan tremenda, sino, incluso, de cierta benevolencia, pues la situación real de la provincia era la de subdesarrollo, y quizás menos acusado al de la etapa de la transición, ya -y son todas cifras oficiales del régimen- con medio millón de habitantes definitivamente perdidos a causa de la emigración, ocupando el número 48 en el orden decreciente de las españolas en renta per cápita, y un índice de la importancia relativa en la renta nacional total que descendiera del 1´8, que mantuviera en 1960, al 1´1%. Algo, en suma, como para no envanecernos.
Y, ya se sabe lo que, en el orden cultural y en cualquier lugar del mundo, conlleva todo subdesarrollo: analfabetismo, bajo índice de escolarización, reducidas publicaciones, escasez de lecturas, censura ideológica y un largo etcétera de miseria espiritual en el que ofician repletos de bendiciones, junto al -por delegación- infaltable tío de la porra con sus acólitos de estómagos agradecidos, el cacique y los déspotas ilustrados o deslustrados. El resultado no es otro que un desierto donde, de muy vez en vez, se advierte un escuálido cactus infectado por esa funesta manía de pensar por cuenta propia.
Al respecto nada más elocuente que el balance que efectúa el diario provincial del Movimiento cuando ha transcurrido el primer año de la llamada transición democrática, tras el magnicidio-tiranicidio del almirante Carrero Blanco. Significan los redactores del periódico como grandes hitos al Premio Jaén de Piano, el Premio Alfredo Cazabán para investigaciones de carácter local del Instituto de Estudios Jiennenses y la labor poética del Grupo Literario el Olivo. Tampoco nada digno de mayor encomio ni siquiera en el país de los ciegos. Veámoslo.
El Premio Jaén de Piano, ya de larga singladura y con inequívoco prestigio nacional, el más antiguo de los españoles de su género, fue obra prácticamente exclusiva de la tenacidad y entrega de un represaliado político quien en todo momento manifestó su repudio de la dictadura, Pablo del Castillo García-Negrete, aunque se integraría en el Instituto de Estudios Giennenses, centro de estudios locales adscrito al Patronato José María Cuadrado del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, subvencionado por la Diputación de Jaén y creado por la misma cuando la presidencia de la corporación provincial la ostentaba José Antonio de Bonilla y Mir, un terrateniente dedicado al cuido de su hacienda y a la indagación genealógica que, cuando cesó en su cargo de Diputación, pasaría a ser director, digamos vitalicio, de la que se autointitulara docta Corporación. El Cazabán de Investigación, inicialmente sufragado por los descendientes de quien le diera nombre -figura que puede pasar como máximo exponente del clientelismo intelectual ante la oligarquía que mangoneó a la provincia desde el último tercio de la Restauración y hasta la dictadura primoriverista- también pasó a depender del exclusivo Instituto y de la corte digital que Bonilla regía con carácter de señor, por lo que no era rara la ocasión en que sus órganos rectores se sentaran en torno a la cálida mesa de camilla que él poseía en su casa palacio popularmente conocida como la de los Masones.
Por cuanto hace a la composición de los miembros de esta envanecida academia -que nunca lo fue-, hay que subrayar que jamás en la historia y en tierra alguna se dieron cita tantas fuerzas vivas como plumas muertas. Toda una distinción social conllevaba la condición de consejero: en su nómina figuran todos aquellos individuos que eran algo y no sólo en el ámbito del estudio y la investigación -aunque estos muy cuidados y seleccionados-, destacando los clérigos, altos cargos de la administración y hombres del Movimiento. Ni una sola inteligencia contaminada y ni un solo heterodoxo político o religioso en estas filas de mayoritarios ilustres deslustrados; aunque, eso sí, todos eran gentes de orden; por ello jamás alcanzó la condición de consejero, ni se les admitían colaboraciones, a los sacerdotes secularizados -a la par en peligrosidad que los rojos-, algo por otra parte comprensible en quienes eran irreprochables figuras del sistema y se sabían portadores de valores eternos.
Junto a lo expuesto, la justicia reclama que se le reconozca a esta institución cultural la realización de varias obras de mérito, algunas de las cuales han tenido gran influencia posterior, tales como la creación del Museo Arqueológico Provincial y propiciar la del Colegio Uni-versitario Santo Reino -1971-, pie de inicio de la actual Universidad de Jaén. Por igual, en la práctica, la totalidad editorial quedaba en sus manos, si bien la misma, casi circunscrita en exclusiva a estudios históricos, primaba a los más antiguos y despreciaba a todos aquellos que se aproximaran a los siglos XIX y XX, donde podrían aparecer los demonios familiares. Y, ni que decir tiene, nada de creación literaria, salvo un par de poemas dedicados a la Virgen de la Capilla, patrona de la capital del Santo Reino, y otros tantos juegos florales. Los literatos siempre fueron gentes peligrosas y muy dados a moderneces. Pocos años antes, en Paisaje -revista adscrita al Instituto-, el que fuera su jefe del Seminario de literatura y cronista oficial de la provincia ponía como chupa de dómine a la caterva de Dámaso Alonso, Gerardo Diego, Tomás Morales...; desde los modernistas había que poner en un muy seria cuarentena a todos aquellos que escribían. Por cuanto hace al Grupo Literario El Olivo, un conjunto de poetas autosuficiente, editor de algunos pequeños pliegos y convocante de un certamen anual, parte de una ideología de neta militancia falangista:
Siempre al amparo de la poesía que construye, frente a la que nos pueda hundir. Somos los mismos. Salimos de nuevo con definido matiz intelectual y español. Queremos acusar la presencia de nuestro Jaén, incomprendido, ante toda la geografía española [...] Como hace tiempo lo venimos sintiendo, ahora, unimos nuestra medular idea a la inmortal frase joseantoniana de la poesía que construye frente a la negativa y demoledora de nuestros valores eternos.
De aquí nada de extraño tendría que, tras su fundación -1969-, surgiesen las deserciones y hasta los debates públicos en prensa -algo tan insólito como insospechado por estos avareados predios de olivar-; si bien el grupo se mantenía renovado en candelero local y prestando su colaboración con el régimen y sus gentes. Así, pongamos por caso, en 1975 conceden El Olivo de Oro, su máximo galardón, a Domingo Solís Ruiz, hermano de José, el ministro que fuera conocido como la sonrisa del régimen, infaltable procurador en Cortes, quien detentara el máximo poder agrícola y, ante todo, oleícola -con el 75% de su producción- a través de su presidencia de la Unión de Coo-perativas del Campo -UTECO- y de la Caja Rural.
Tiempo, en verdad, de auténtica penuria intelectual, sin un solo ayuntamiento de la provincia que poseyese una partida de su presupuesto para gastos culturales, los que, aunque ocasionales y de escasa entidad, eran atendidos desde la abierta para festejos. Y jamás en nuestra historia fue menos lúdico el fenómeno cultural. Pero algo, quisiéralo o no el Movimiento, se movía. Y datos podemos ofrecer a manojos, como el elocuentísimo de la tribuna creada por la Delegación de Cultura del Movimiento y en la que actúan no pocos oradores contrastados de ortodoxia, pero curiosa y contradictoriamente presentados las más de las veces por personas de inequívoca militancia democrática y antifranquista.
Difícil era poner puertas al campo, aunque no cejaran en su empeño quienes, desde los más distintos ámbitos, oficiaban de firmes censores, caso -y no es más que un ejemplo- del periódico Jaén, del que podemos entresacar una chinita -piedras suficientes tiene como para empedrar una era- ante algo que trasciende lo meramente anecdótico, como lo fuera la conferencia pronunciada en 1975 y en el Instituto Masculino por el novelista republicano Ángel María de Lera, muy conocido por su libro Las últimas banderas, y la que concluyó en un amplio diálogo con el reconocimiento a la españolidad de los vencidos en nuestra última guerra fratricida. Conocedor de ello, el director del periódico mandó suprimir la reseña del acto y remató su decisión ante la redacción en pleno con una frase a la que no cabe mayor elocuencia: Angel María de Lera no ha estado en Jaén. Las presencias, como tantas otras cosas, se suprimían de un plumazo.
Pero una cosa era la, digamos, cultura oficial -la que se apresura a construir un monumento a Franco- y otra bien distinta la que discurría entre el corazón de las gentes. Así, en la feria del libro de Jaén, también de 1975, inaugurada a bombo y platillo por nuestro flamante ministro de Información y Turismo, León Herrera y Esteban, junto a manifestaciones políticas del más rancio corte franquista, figuran dentro de la relación de libros más vendidos y ocupando los primeros puestos obras de Ramón Tamames, García Márquez, Miguel Hernández y, lo que son las cosas, hasta de Felipe Alcaraz.
El golpe de Chile y las muertes de Allende y Neruda, junto a la portuguesa revolución de los claveles, tanto en Jaén, y no podía ser por menos, como en el resto de España, conllevó toda una revolución cultural y un grito acompasado de rebeldía y esperanza. Aunque no existen en la capital librerías dignas de ese honroso título, el libro de contenido político y obras de los escritores de izquierdas abundan y no sólo en las manos de gentes comprometidas y los llamados progres. El arte comienza a tomar otros derroteros merecedores de su nombre desde una galería particular, la Sala del Castillo, lugar de cita de bastantes gentes de la oposición antifranquista y desde el que, con evidente retraso histórico, se promociona la pintura socialrealista y de compromiso político de izquierdas e, incluso, andalucista, pues el compromiso regionalista arraiga con fuerza en un bien conjuntado haz de intelectuales y artistas jaeneses. Jarcha canta Andaluces de Jaén en el auditorio de la Alameda, cuando dos jóvenes del público saltan al escenario y ondean sendas banderas andaluzas -por vez primera en la ciudad- entre la sorpresa y los aplausos de los presentes; nadie fue detenido. Poco a poco y en una sociedad que se politiza por días, el fenómeno cultural nace en libertad y se desmelenará, en ocasiones, desafiante. Un grupo de pintores realiza un mural para un centro del polígono del Valle; pero, a su vez, junto con otras personas y algunos vecinos, organiza entre los chavales del barrio un concurso de caza de ratas -había que presentar como trofeos o recibos talonarios los rabos de las mismas-, para denunciar las deficiencias higiénicas del lugar. Por igual, los contados escritores que residen en nuestros lares y publican en editoriales nacionales obras que atienden a ese momento histórico crucial, obtienen en estos pagos un reconocimiento y audiencia que jamás se superará. El compromiso de los intelectuales -tan contados como auténticos- es una realidad.
Y, cómo no, después surgirán los centros culturales con afán de difusión política, como lo sería el Colegio de Licenciados y Doctores; pero, ante todo, la Asociación Cultural Aznaitín, de Úbeda, un amplísimo y muy democrático foro, abierto a toda idea y, por ello, a toda ideología. En su reducido ámbito local no le quedaría a la zaga al, por entonces, prestigioso circulo cordobés de Juan XXIII. La cultura en esta época y como no podía ser por menos, siempre desde manos de una minoría, fue, parafraseando a Celaya, un arma cargada de futuro. De la propiciada por la oficialidad, en franca decadencia y descomposición, se desprendían hedores que no soportaban ni quienes la oficiaban; los muertos -y ahora es el verso de Otero- enterraban a sus muertos. Por el contrario, la democrática estaba cargada de ilusión, redoblada de vida; nada le era indiferente, por ello estaba preñada de ideología partidista en apuesta de futuro. Al respecto, nada más elocuente que el siguiente cruces de palabras entre un profesor y un alumno en clase de literatura del Colegio Universitario. El primero le increpa al docente:
- Ya está bien de tanta política; por favor, vamos a hablar de literatura.
El profesor, aunque no nacido en estas tierras, se había contagiado de nuestro lenguaje más castizo; por lo que le replicó en los siguientes términos:
- Pá literatura ni pollas que está la cosa.
Los tiempos, el atleta torrecampeño Manolo Pancorbo, pero eso forma ya parte de otra historia. |
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