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30 de enero de 2012 |
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Enrique Montiel |
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La Isla Monárquica |
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Algunas mañanas de domingo de primavera, algunas mañanas de sol y mucha gente por la calle, abría las puertas de los balcones del salón de recibir de su casa, en donde estaba el piano, y tocaba la Marcha Real. Era su modo de proclamar su lugar al sol en aquella España uniformada y encorseta de los años 50. La Marcha Real que salía por los balcones de su casa en la horita del paseo matutino y dominical.
Era un personaje. Licenciado en Derecho por la Universidad de Sevilla, hijo único de un ferretero adinerado y una señorita de la ciudad, cuya familia había venido a menos, o al menos eso se decía, había logrado no ejercer de abogado pero sí figurar en los escalafones de la Armada como oficial, con derecho al uniforme blanco y los dos galones de capitán. Era el monárquico par excellence, que gustaba decir. Y durante toda su vida en la ciudad se dedicó a catequizar de su credo a cuantos tuvo oportunidad. Especialmente a don Antonio, el peluquero; a Vicente y Rafael, de la tienda de Ultramarinos y Coloniales de la calle Rosario
Y así. Para tal cometido llegó a ir provisto de oportunas credenciales, como cartas de Su Majestad, que solía decir, Don Juan III.
La gente llegó a saber que era verdad que algunas veces había ido a Estoril y, andando el tiempo, cuando visitaron la ciudad los entonces Príncipes de España don Juan Carlos y doña Sofía, logró su foto en Diario de Cádiz con los futuros reyes de España. Fue su éxito mayor y la recompensa con tanto cachondeo como soportó en vida con estoicismo y displicencia. Este personaje de nombre Manuel G. de Sancha, cuya G. de González solía encriptar en la inicial por parecerle poco "monárquica", fue la encarnación del monarquismo en La Isla. Junto a otro personaje, ya más serio, quiero decir de peor genio, que trabajaba en Correos y Telégrafos. Y un médico extraordinariamente múltiple que en su longeva vida logró ejemplificar la Historia de España del siglo XX, quiero decir que participó en la Sanjurjada, luego fue republicano, por lo que llegó a pasar con un Consejo de Guerra, en la postguerra se hizo juanista y el los últimos años de su vida, ya con la democracia y los socialistas en el gobierno, llegó a añorar algunos "valores" del franquismo, como la "disciplina, el orden público y así".
Quizá estos tres ejemplos sean los únicos ejemplos dignos de mención de los monárquicos isleños que conocí. Más el de mi madre, que un día me confesó que lo era por la poderosa razón de "haber nacido con El Rey", o sea, por ese tiempo. Quiero decir que seguramente habría más, algunos más, pero que no tuve noticia de ellos. Los que vendrían después lo hicieron en virtud del exhorto del general Franco en su testamento político, la burguesía reconvertida en democrática.
Quizá sea, pues, una simplificación pero lo más llamativo de aquellos años, lo más sorprendente, curioso y surrealista fue el antimonarquismo de los franquistas -¿o debemos decir del franquismo?- y el franquismo de los monárquicos, con las excepciones de rigor en este último apartado. Y el antirrepublicanismo de la totalidad de este enorme espectro político, "los españoles". Por lo menos en mi pueblo, la vieja Real Isla de León, San Fernando, hasta donde abarca mi memoria. |
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