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30 de enero de 2012 |
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Rafael Fenoy |
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De la CNT la CGT: Crónica de un viaje personal |
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Tenía aquel jovenzuelo, bien fornido y bastante disconforme, la edad de 20 años cuando a principios de los setenta, se asienta en la ciudad de Cádiz. Tras varios años de estudios fuera de la casa paterna. Su relación, desde los 14 años, con movimientos cristianos de base, únicas plataformas con capacidad para analizar autónomamente la realidad a partir de la década de los sesenta, le habían permitido ir conociendo una parte del discurso marxista al uso en esos momentos. ¡Cuántos ratos de compañerismo, camaradería en torno a los clandestinos cuadernos de Marta Haneker, o Altusser! Su trayectoria de estudiante igualmente le permitió recoger una parte de la euforia del Mayo del 68 francés, y participar en las revueltas estudiantiles que barruntaban ya un cambio irreversible en los amaestrados comportamientos vividos desde la postguerra. Cádiz aporta a este personaje una nueva visión de la historia oficial y oficiosa del movimiento obrero que transita por tertulias políticas y encuentros clandestinos. En esa ciudad y en torno a una comunidad cristiana de base que tenía como punto de referencia un chalé de la Laguna, donde vivían tres curas obreros, conoce a viejos del lugar y a no tan viejos que le descubren el otro lado, hasta ahora velado, del anarquismo. Muy rápidamente va asumiendo la lógica casi inevitable de una manera de concebir la transformación social mediante un colosal empuje colectivo. Entiende, como otros, que es posible hermanar la herramienta de análisis de la realidad que supone el materialismo histórico, con la emergencia de una conciencia de la capacidad transformadora que en sí misma tiene toda autogestión. Si a ello unimos una buena parte del humanismo personalista de Mounier y la certeza de que cada persona o es sujeto de la transformación o nunca se transforma nada, tenemos servidos los componentes de la ideología que soportó una buena parte del nacimiento del anarcosindicalismo en la España de los años setenta. A mediados de 1974 o 1975, en la primavera, antes sin duda de la muerte del dictador, se celebra un Pleno de la CNT en Sanlucar de Barrameda. A este Pleno asiste este muchacho y observa la presencia de un buen número de personas de "edad", venidas desde distintas partes de la provincia y un nutrido grupo de jóvenes trabajadores de astilleros de Cádiz. Se celebra en un barracón de una de las viñas a cierta distancia del casco urbano. Propuesto por los compañeros del metal es elegido por la asamblea presidente de mesa. Es difícil narrar los sentimientos vividos por un neófito que recibe, sin quererlo, el encargo de una tarea que suponía destinada a la experiencia. Con este detalle pretendo ilustrar como los viejos en general, al menos así se percibió, estaban deseosos de apoyar un cambio generacional que había sido truncado por la terrible crueldad de la guerra civil. Se recomponía la estructura de los comités locales, provinciales y regionales. Comenzaba a latir de nuevo con cierta cadencia, no con excesiva fuerza, el anarcosindicalismo. Fluía el pensamiento y propuestas de acción a través de la prensa confederal y los encuentros orgánicos se multiplicaban. Llegaban cada vez más afiliados a los sindicatos incipientes y con ellos nuevas formas de ver la realidad. Nuevos ojos que pretendían sustituir a los ya cansados por el uso, el sufrimiento y velados hasta cierto punto por el paso del tiempo. Pero, ¡casi siempre en toda obra humana hay un pero!, la historia de la CNT en la guerra civil no se había cerrado con la derrota. Existían facciones y en algunos sitios, lo que es peor, odios personales infranqueables entre los viejos del lugar. Este aprendiz de militante se encontró de pronto que la guerra en esa parte del mundo parecía no haber acabado. Las controversias entre Guerra y Revolución estaban aún funcionando y un odio manifiesto hacia el comunismo lo impregnaba todo. La sombra del recuerdo de hechos vividos por los protagonistas siempre estaba presente en cada encuentro de forma que se hacía difícil proyectarse en el futuro. Máxime cuando se trataba para muchos de los trabajadores y trabajadoras (las menos en esos momentos) en construir un sindicato, para hacer un sindicalismo diferente al que las incipientes CC OO, (UGT aún no tenía capacidad de acción) realizaban desde la estructura del único sindicato oficial existente, el Sindicato Vertical creado por Franco. Tanta, y tan concentrada, ideología no era posible ser asumida en un contexto tan diferente al que la originó. El salto fue al vacío y con ello se perdió de nuevo una oportunidad difícil de repetir en este país. Miles de trabajadores se acercaron a una incipiente CNT que no se encontraba ni ideológica, ni menos aún organizativamente, preparada para encauzar tal empuje. Por otra parte, la vivencia directa de todas las maniobras posibles, legales o ilegales (el caso Scala de Barcelona en un botón de muestra) a las que recurrieron los poderes fácticos permiten concluir que desde el inicio de la llamada transición española ya se había determinado que la CNT fuese un proyecto inviable. Han pasado casi más de 25 años desde los momentos en que se inicia este relato. La CNT sufrió desde finales de los setenta hasta mediados de los ochenta una profunda crisis que se resolvió con la perdida de las siglas en los tribunales burgueses, precisamente por iniciativa de quienes en estos momentos y de forma testimonial las detentan. Las nuevas siglas CGT (previstas ya en el congreso de la Comedia en la Barcelona de 1910) sustentan el actual anarcosindicalismo activo en este país y son referente claro en la Europa de la Unión. Es la única Confederación de Sindicatos, al margen del sindicalismo oficial bicéfalo, con implantación en todo el territorio del Estado Español. Su crecimiento lento pero constante y una organización cada vez más estructurada permiten predicar en el presente y lanzar al futuro las ansias libertarias. Salud y Libertad. |
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