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30 de enero de 2012 |
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Alberto González Troyano |
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La izquierda crítica |
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Tras casi una década de ilusión y militancia política comunista, al iniciarse los setenta, algunos habíamos empezado a sentir que se resquebrajaban aquellas seguridades iniciales. Coincidieron a la vez las crisis internas del partido y la puesta en cuarentena de algunos de los principios que configuraban el ideario marxista, sobre todo tras el revulsivo desempeñado por los movimientos antiautoritarios de finales de los sesenta y las consecuentes teorías que los sustentaban. Sin embargo, a pesar de esa desconfianza previa en las organizaciones políticas, la muerte del dictador, en 1975, vino a provocar un cierto rebrote de las anteriores ilusiones. Se despertó así la necesidad de tantear fuerzas y convicciones propias y ajenas, porque tal vez la especial situación abierta exigía replantearse el distanciamiento crítico y el recelo adoptado ante cualquier postura política de militancia orgánica.
Curiosamente, en mi caso, a pesar de estar ya relativamente enraizado en la vida cultural de la Barcelona de entonces, mis ojos y mis intenciones se volvieron hacia Andalucía y hacia Algeciras como espacios en los que, en esos momentos, podía tener más sentido una nueva entrega. Puede que se tratase, en parte, de nostalgia, en parte, de mala conciencia, o quizás posibilidad de incidir en un proceso más en ciernes, menos estructurado que el de Barcelona, en donde la vida y los planteamientos políticos habían adquirido ya un aire muy previsible, encauzados por unas organizaciones cuyos estilos resultaban sobradamente conocidos para bien y para mal. Por otra parte, en Algeciras aunque de forma muy limitada la que permitía los periodos de vacaciones me había sentido entrañablemente abrigado en el círculo de amigos que fundamos ACA, un centro cultural que durante muchos años, creo, que fue casi el único reducto y refugio del antifranquismo en el pueblo. A pesar de las coacciones de las autoridades, la voluntad y el tesón de aquel reducido pero animoso grupo de demócratas había alimentado un foco que, tras la muerte de Franco, podía desplegar y hacer uso de la energía política y cultural atesorada durante los años negros de la dictadura. La ACA había sido sobre todo la apuesta moral de unos algecireños que, con sus palabras, sus poemas, sus gestos y sus reuniones, habían querido salvaguardar un pequeño espacio de libertad y de reflexión en la ciudad.
Por ello, resultó gratificante comprobar cómo en aquellos primeros meses de la Transición, la ACA se convertía gracias a los vínculos personales creados en los momentos difíciles, y a su trayectoria liberal y abierta en la plataforma idealmente mejor situada para que de allí surgiesen muchas de las personas, proyectos y actitudes que la nueva democracia demandaba para contrarrestar aquella inercia de poder franquista que urgía desplazar. Y, en efecto, recuerdo la efervescencia y el cálido clima, lleno de expectativas, de aquellas primeras reuniones algecireñas, tras la muerte del dictador, dedicadas a plantear y a tomar ese tipo de decisiones que tanto habíamos deseado tener en nuestras manos.
Para quien había vivido ya en Barcelona otra experiencia de militancia política de izquierdas, pero que, además, estaba inmerso, desde hacía unos años, en un clima intelectual sumamente crítico frente al funcionamiento de los partidos clásicos, no era fácil olvidar esos antecedentes descorazonadores y el escepticismo acumulado. No obstante, la nueva situación merecía nuevos intentos porque se partía, además, de una atmósfera y de unas personas menos viciadas por hábitos políticos anteriores y cargadas de la mejor voluntad. Un cierto contagio de ilusión se hizo posible y recuerdo como discutíamos las coordenadas ideológicas entre las que debían situarse nuestras decisiones: una izquierda socialista, democrática, y volcada primordialmente a trabajar en el territorio andaluz. Unos amigos fueron creando e integrándose en unas organizaciones a las que dieron vida y energía. En otros, entre los que me encontraba yo, a pesar del entusiasmo inicial, las resistencias a una militancia orgánica fueron imponiéndose. Se podía comprender la necesidad de esa entrega, hasta cabía envidiar su voluntad de apostar por la acción partidista diaria, incluso con el riesgo de equivocarse, porque las condiciones reclamaban una cierta premura para contrarrestar a los otros, a los de siempre. Sin embargo, aquellos en los que el espíritu crítico había hecho demasiada mella, no nos decidimos por un nuevo compromiso. ¿Escepticismo, lucidez, incapacidad? Por otra parte, lo que sí empezó pronto a presentirse fue la profesionalización que la nueva política demandaba y ante eso también se hacía preciso y legítimo, sin dejar de prestar apoyo, mantener una distancia que permitiera disentir cuando fuera necesario. |
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