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04 de octubre de 2011 |
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Eduardo Castro |
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José Sánchez Faba: Un magistrado en Bibataubín |
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Parecía raro que un magistrado, y en Granada, se acercara a la política, incluso más por la orilla de la izquierda que por la derecha. Por allí andaba haciendo sus equilibrios de conciencia este cartagenero, que procedía de los movimientos cristianos y que buscaba llevar sus inquietudes sociales más allá de las instituciones de la Iglesia. Su fichaje por la UCD tenía como finalidad conquistar la Alcaldía de Granada. Los pactos de la izquierda lo desplazaron a la Diputación Provincial. Cumplió con su mandato, volvió a ponerse la toga y siguió por el mismo compromiso cristiano, que le llevó a participar en la primera fila de la transición granadina. Hoy es presidente nacional de Cáritas de España.
La travesía vital de José Sánchez Faba (Cartagena,1924) tiene una larga parada, o definitiva, como a él le gusta decir, en Granada. Se detuvo nada menos que en tres señeros edificios: la Audiencia, donde ejerció de magistrado de la sala de lo Contencioso Administrativo; la Universidad, donde impartió clases en la Facul-tad de Derecho, y finalmente, el Palacio de Bibataubín, la sede de la Diputación Provincial. También era un asiduo de la Curia por su cargo de presidente de la Junta Diocesana de Apostolado Seglar, designado por el arzobispo monseñor Méndez Asensio. En el último año de la transición, el magistrado con acento murciano y gesto serio, propio de su carácter y de su condición de juez, no quiso permanecer al margen. Se había movido en los ambientes cristianos de Cursillos de Cristiandad y en los aledaños de Cáritas. Hemos de imaginar aquellos equilibrios interiores del magistrado: hizo primero coqueteos con la izquierda moderada, la derecha de Alianza Popular no le gustaba y acabó fichando por la UCD de Adolfo Suárez porque vio que ese partido representaba su propia sensibilidad socialcristiana.
Cristianos en política. Porque en aquellos momentos de zozobra, el magistrado buscaba cómo combinar los intereses divinos y humanos. Su conferencia en el Club Larra sobre el papel de los cristianos en la política dejaba marcada su opción: Yo no había pensado nunca entrar en política. Pero en los momentos iniciales de la Monarquía participaba, como la inmensa mayoría del pueblo español, del deseo de que España caminara con paso firme hacia la adopción de un sistema político auténticamente democrático, homologable con los de los países desarrollados.
Militante de peso, le llegó su hora cuando en 1979 el malogrado médico Tomás Sánchez Mariscal, dirigente provincial de UCD, le propone encabezar la lista del partido a la Alcaldía de la capital. El magistrado rechaza en primera instancia, pero tras una reunión con el Comité, que presidía mi buen amigo Antonio Jiménez Blanco, acabé aceptando, con el compromiso del partido de que si no se conseguía la Alcaldía de la capital se me elegiría presidente de la Diputación Provincial de Granada, cargo cuya obtención por UCD garantizaban todas las encuestas. Para presentarme hube de obtener la previa excedencia voluntaria, como exigía la legislación entonces vigente, con pérdida de la plaza servida hasta la fecha en la Carrera Judicial.
Mejor el segundo premio. El candidato Sánchez Faba gana las elecciones, con holgada mayoría, aunque no suficiente para gobernar. Obtiene once concejales frente a seis del PSA, seis del PSOE, tres del PCE y uno de Fernández Aceituno. Conforme a la Ley Electoral, la Alcaldía correspondía al candidato de la lista más votada -es decir, a mí mismo-, salvo que la mayoría absoluta de concejales votara a favor de un candidato alternativo. Esto último es lo que efectivamente ocurrió: los tres partidos de izquierda y el concejal independiente se pusieron de acuerdo en votar a favor de Antonio Camacho, candidato del PSOE, que fue elegido alcalde. Para llegar a este acuerdo, PSOE y PSA pactaron que la Alcaldía de Granada pasara al tercer partido en votos el PSOE en lugar del segundo PSA a cambio de que el PSA obtuviera la Alcaldía de Sevilla. Pero el pacto de la izquierda, no podía alcanzar al candidato a la presidencia de la Diputación. No cree que, en su caso, fuera ese un segundo plato. Muy al contrario: Antes de las elecciones, yo solía comentar con mis compañeros de partido, humorísticamente, que esos comicios eran la única lotería en la que el segundo premio Presidencia de la Diputación era mejor que el primero Alcaldía. Esto era así porque la situación del Ayun-tamiento de Granada era muy precaria; arrastraba enormes deudas y afrontaba muy difíciles problemas urbanísticos, presupuestarios y de personal. En cambio, la Diputación Provincial, gracias a una excelente gestión administrativa, contaba con un gasto moderado en personal, no tenía pasivo apreciable y las posibilidades de trabajar eficazmente en favor de la provincia y, en particular, en el desarrollo de los municipios más pequeños, era muy grande. Por otra parte, como presidente de la Diputación me correspondía el derecho a ser Consejero de la Junta preautonómica de Andalucía, en cuyo organismo fui elegido por mi partido portavoz de la oposición frente a la mayoría de izquierdas que dirigía el presidente de la Junta, Rafael Escuredo. Ello me permitió intervenir en los primeros pasos de formación de la autonomía andaluza. Pero, sobre todo, para mí fue una inmensa satisfacción el poder trabajar intensamente por Granada, todos cuyos municipios visité una o más veces en los cuatro años de mi mandato, para conocer sus necesidades y procurar atenderlas desde mi cargo provincial.
De su trabajo en la transición de la Diputación del régimen a la Diputación democrática se siente satisfecho porque se trabajó muy duramente para mejorar las condiciones de la provincia en todos los aspectos propios de la competencia del organismo provincial.
Todo esto fue posible añade por la conjunción de varios factores: el entusiasmo y buen hacer de los equipos de la Diputación, desde los diputados responsables de los distintos servicios a todos los trabajadores, la administración rigurosa y eficaz de los recursos económicos y, sobre todo, que, desde el principio, los diputados de los tres partidos presentes en la Diputación: UCD, PSOE y PC, supieron entender su misión como un quehacer fundamentalmente de gestión y se sintieron granadinos al servicio de la provincia de Granada antes que miembros de uno u otro partido. Así, por ejemplo, a la hora de resolver sobre las obras a realizar en uno y otro pueblo jamás se discriminó a ninguno en razón del grupo político que regía el Ayuntamiento. Incluso en la Comisión de Gobierno, el Partido Comunista, al que no le correspondía legalmente participar por no haber obtenido el número necesario de diputados, fue invitado a asistir con voz y sin voto porque no me parecía democrático dejar de oír en dicho órgano la opinión de un grupo político que había reunido muchos miles de votos aunque la dispersión de los mismos no le hubiera dado derecho legal a estar representado en la Comisión.
Como demostración de que lo anteriormente expuesto no es una mera opinión mía, más o menos discutible, vaya el hecho irrefutable de que en cuatro años de reuniones mensuales del Pleno, en cada una de las cuales se abordaban decenas de asuntos, sólo se votó en contadísimas ocasiones, como acreditan las actas de la Diputación. La inmensa mayoría de los asuntos se aprobaban en el Pleno por asentimiento. Porque cuando un asunto llegaba a Pleno había sido discutido en Comisión informativa y en Comisión de gobierno y adoptada, por consenso, la decisión que a todos nos parecía más acorde con el interés general de la provincia.
Granada para siempre. En el otoño de 1982 se hizo inevitable el hundimiento del partido Unión de Centro Democrático, dinamitado desde dentro por las rivalidades entre las diferentes tendencias que lo componían. No quise seguir en la política en ninguna formación distinta a la que había abrazado y decidí, como tantos otros, regresar a mi carrera profesional, dice de aquellos momentos de la despedida del Palacio de Bibataubín. Una etapa que recuerda con satisfacción y sin nostalgia porque me sentí útil a mis conciudadanos, conocí a muchos y buenos amigos que lo siguen siendo hoy y aporté mi pequeño grano de arena a la Tran-sición democrática. Tuvo durante ese tiempo, contemplado ahora desde la perspectiva histórica, sus momentos dulces y amargos. En lo que respecta a lo político, el momento más emocionante fue cuando me dirigí por primera vez en Estrasburgo al Pleno de la Conferencia de Poderes Locales del Consejo de Europa en mi calidad de presidente elegido por el voto unánime de mis compañeros de todos los partidos de la primera Delegación de Poderes Locales de España, admitida, por su carácter democrático, a formar parte del Consejo de Europa. En lo personal, el momento más emocionante fue cuando, con ocasión del aniversario de la toma de posesión de la nueva Corporación, recibí como regalo un bastón de mando sufragado por todos los diputados de los tres partidos representados en la Diputación. Su momento más doloroso fue la pérdida de Tomás Sánchez Mariscal, su vicepresidente, mi más fiel y eficaz colaborador cuando un infarto le arrebató la vida.
En esta etapa de su travesía, Sánchez Faba, don José, vive en Madrid, es presidente nacional de Cáritas de España y le gusta recalcar que su paso por Granada no fue un alto en el camino para seguir adelante: Yo llegué a Granada hace treinta y cinco años, me enamoré de la ciudad, me identifiqué con sus gentes y me quedé unido espiritualmente a Granada para siempre, aunque a veces no resida físicamente en ella. |
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